GRANADA / ‘Blancanieves’: Brillante revindicación de la música de cine

Granada. Teatro Isabel la Católica. 18-I-2025. Alfonso de Vilallonga, ukelele, acordeón y piano. Katharina Micada, sierra musical. Juan Gómez «Chicuelo», guitarra. Anna Colom, voz. Diego Amaya e Isaac Vigueras, palmas. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Pablo Urbina. Música de Alfonso de Vilallonga para la película Blancanieves (Pablo Berger, 2012).
El Festival de Granada se ha sumado al hecho de que la trigésimo novena edición de los Premios Goya vaya a celebrarse la ciudad con una iniciativa tan interesante como bien traída: la proyección de la película Blancanieves (Pablo Berger, 2012) con la interpretación de la banda sonora en vivo, compuesta por Alfonso de Vilallonga, a cargo de un nutrido ensemble de la Orquesta Ciudad de Granada acompañados por un cuarteto flamenco y algunos instrumentos solistas, entre los que se contaron uno tan original como la sierra musical, y además el ukelele, el acordeón y el piano, estos últimos interpretados por el propio compositor de la banda sonora. Esta reivindicación de la importancia de la música en el cine, no por evidente menos necesaria, parece ser el eco de la proyección, ya durante el pasado Festival, del Nosferatu de Murnau (1922) igualmente con la interpretación de una banda sonora (compuesta en este caso ad hoc por José María Sánchez Verdú) en vivo también a cargo de la OCG, con lo que se intuye una línea de afinidad entre la antigua dirección del Festival y la nueva de Paolo Pinamonti.
La música de Vilallonga tiene la virtud de servir a la película desde su propia expresividad y de ser capaz de evocar con pinceladas y matices sutiles, rápidos, sin subrayados —una música que no llama la atención sobre sí misma—, la idea de una España pretérita indeterminada, entre atávica y mítica (sugerencias leves de acordes y quiebros característicos de la música nacionalista española; aparte queda la presencia explícita del flamenco), y también de la atmósfera de cuento de hadas no exenta de ingenuidad, sentimentalismo, tristeza y nostalgia.
La interpretación fue magnífica. Puede parecer paradójico, pero creo que la mejor manera de expresar su éxito fue que no parecía música en vivo, y que el espectador podía verdaderamente sumergirse en la película. Queremos decir con esto que había un claro control del volumen, del equilibro sonoro de las distintas familias de instrumentos (por ejemplo, los metales, nunca estridentes ni sobreponiéndose, las trompas sutiles e integradas) con un sonido nítido, terso y empastado, sin que la interpretación, como la propia música, llamara la atención sobre sí misma, y además en unas condiciones (un poco apretados bajo el proscenio, sin foso), nada fáciles, todo bajo la dirección de Pablo Urbina, de maneras muy precisas, sutiles, mínimas y no exentas de elegancia. Las intervenciones solistas (un fagot, un violonchelo, el acordeón, el piano) tenían su momento de brillo sin invalidar la sensación de conjunto; tan solo la curiosa sierra musical, con su característico timbre hipnótico y misterioso —que subrayaba el toque mágico, a veces maligno, de la trama—, sin romper el equilibro, hacía que la vista se desviase un poco de forma inevitable hacia la esforzada intérprete por unos instantes. Los momentos taurinos de la película, con la inclusión de una versión por parte del compositor del pasodoble La entrada como leitmotiv, fueron espectaculares e intensificaron la impresión de agonía y triunfo inherentes a la fiesta. También las transiciones a la música flamenca fueron suaves y naturales, integradas en el conjunto, muy bien ejecutadas, de nuevo sin afán de protagonismo, lo que de hecho subrayaba su calidad. Un último detalle, que podría parecer menor, pero que en este contexto importa: cuando en la película se veía un timbal, un clarín, o se agitaba una campanilla —quizá habría que recordar para algún lector despistado que se trata de una película muda—, todos estos elementos sonaban sincronizados y de forma precisa, contribuyendo a la ilusión cinematográfica. El resultado final fue un realce por la música en vivo de las virtudes de la película y el ejercicio de estilo que implica, lo cuidado de su dirección de arte y su planteamiento y apuesta estéticos en general; también de su indudable emoción.
En definitiva: una iniciativa muy de agradecer como correlato a los Goya, que coloca a la ciudad donde corresponde, y una apuesta por la cultura de veras para acompañar a una gala que, llevada a provincias, podría incurrir en el riesgo de que el brillo se vuelva relumbrón.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Fermín Rodríguez)


