GRANADA / Audrey Saint Gil y la OCG: explosión de jovialidad

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 4-IV-2025. Orquesta Ciudad de Granada. Directora: Audrey Saint Gil. Obras de Auber, Messager, Satie y Bizet.
Con el sugestivo título de La intriga y el amor, el noveno concierto de abono de la OCG tuvo la particularidad de estar dedicado por entero a la música francesa, como francesa es la directora, Audrey Saint Gil. Pudimos escuchar, de Daniel-François-Esprit Auber, la obertura de su ópera cómica Lestocq, ou L’intrigue et l’amour —de ahí el título, claro—; de André Messager, la Sinfonía en La mayor; la Suite del ballet Mercure de Erik Satie; y, por último, la Sinfonía nº 1 en Do mayor de Geoges Bizet. Esto es: una curiosa y sugestiva combinación de autores poco (o nada) conocidos con otros más habituales en el repertorio, pero, incluso en este caso, con una obra poco interpretada como es ballet de Satie (y como colofón, esta sí, la conocida sinfonía de Bizet). El resultado fue un concierto alado, ligero y curioso en el sentido más elevado de ambos términos.
Se trataba, en efecto, de música, si por descubrir, curiosa y ligera, interpretada con indudable gracia por una directora de sonrisa casi permanente (sin duda parte deliberada de su propósito comunicativo con la orquesta) y un gesto enérgico, preciso y, sobre todo, siempre jovial, acorde por otra parte con el espíritu de la música que se estaba interpretando. En este sentido, el comienzo de la obertura de Auber fue explosivo en sus reiterados fuegos de artificio —si bien luego la cosa se fue desdibujando un poco en su encantadora inanidad—; estupendos el clarinete y el oboe solistas en sus respectivas melodías sentimentales, con un poso de emoción genuina.
Por lo que respecta a la sinfonía de Messager, una composición a tener más en cuenta —impecable en su academicismo un punto excesivamente correcto hasta en sus licencias—, con su tema inicial pegadizo y de reminiscencias schumanianas, destacaron en ella las cuerdas con una gran brillantez en el segundo tema de la exposición tras el naufragio de las trompas (poco acertadas en general en todo el concierto, con el rescate parcial de algún solo momentáneo o algún refuerzo armónico puntual), así como en el desarrollo. Al segundo movimiento, obviamente expresivo y sentimental, le faltó quizá algo de intención lírica y quedó un tanto tenso y frío. Muy bien contrastado el Presto que hacía las veces de scherzo y elegantísimo el sorprendente vals (por largo y por vals) del trio.
En la segunda parte —no sé si influyó en algo el mayor interés y valía de los compositores y de las obras—, se alcanzó el gran momento del concierto. Quizá lo mejor de este fue la interpretación del ballet de Satie: mínimo, humorístico, expresivo en su ironía e incluso un poco gamberro, con la combinación justa de encanto circense y sobriedad modernista, y una esforzada y acertada tuba punteando el contraste zumbón a las cuerdas. Todo funcionó muy bien, con la directora aún más jovial si cabe, comodísima e incluso apoyada en la baranda del podio —de nuevo un gesto cargado de intención— y dirigiendo con una sola mano. Una versión de referencia de una obra engañosamente fácil de la que hay muy pocos registros fonográficos.
La jovialidad explotó, no obstante, con una exaltante, efervescente y encantadora interpretación de la sinfonía de Bizet. Qué gran música para elevar el ánimo interpretada así, con las cuerdas de nuevo brillantísimas en el desarrollo del tema principal en el primer movimiento, en el Trio del tercer movimiento, con su inspirada melodía (y qué bien realizado por las graves ese bordón como imitando a la gaita), emotivas y nobles en el Adagio—extraordinarios los primeros violines punteados por el pizzicato, precioso y preciso el fugato…— El Adagio, en efecto, fue una verdadera maravilla a pesar de que las trompas malograron el soñador inicio (luego lo redimieron en parte en la repetición cíclica del final). El momento en el que, tras la bellísima ejecución del tema por el oboe solista, el oboe segundo tomó el relevo como si fueran un único instrumento resultó verdaderamente mágico en las dos ocasiones en que lo realizaron; el resto de las maderas los secundó. Un prodigio de invención melódica se iba sucediendo tras otro de forma hipnótica (¡un Bizet de apenas 17 años!). El Allegro Finale fue un alarde divertidísimo de velocidad y precisión que concluyó con un clímax espectacular. Un estupendo concierto para salir más felices de lo que entramos en él.
José Manuel Ruiz Martínez


