GRANADA / Apoteosis final con la ‘Aida’ del Maestranza en el Festival de Granada

Granada. Palacio de Carlos V. 12-VII-2026. Manuel Fuentes, bajo. Ketevan Kemoklidze, mezzosoprano. Olga Maslova, soprano. Francesco Meli, tenor. Inho Jeong, bajo. Fabián Veloz, barítono. Néstor Galván, tenor. Patricia Calvache, soprano. Coro Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director: Dominic Limburg. Verdi: Aida.
El concierto de clausura del Festival de Música y Danza de Granada fue la ópera Aida de Giuseppe Verdi. Como en ediciones anteriores, se trataba de contar con los intérpretes de una producción en curso para que hicieran una versión de concierto. Hasta ahora, con esta iniciativa habían venido dos propuestas desde el Teatro Real (Turandot y La Traviata); esta vez ha sido una de la temporada del Teatro de la Maestranza de Sevilla.
La representación fue todo un espectáculo de por sí, y a pesar de la ausencia de puesta en escena —salvo el uso habitual de la galería superior del palacio, en este caso para la invocación de la sacerdotisa del comienzo del segundo acto, para las últimas palabras de Amneris en la escena final, para las celebérrimas trompetas estereofónicas de la marcha triunfal, o para emboscar al coro y poder escucharlo acusmáticamente fuera de escena—, la versión supo poner de manifiesto el carácter eminentemente espectacular de esta ópera, su grandiosidad y cómo los elementos melodramáticos que, en un compositor menos experimentado y genial podrían haber resultado ridículos, cobran intensidad y altura psicológica, volviendo los conflictos que se plantean verosímiles, humanos, trágicos; la interpretación también supo balancear el equilibro magistral entre el aparato propio de la gran ópera y los momentos de intimismo lírico —y aun hipnótico en los pasajes coloristas, extrañísimos y casi impresionistas del tercer acto—. El resultado fue una interpretación entusiástica y energizante desde el comienzo tranquilo e interrogante de las cuerdas en piano que no deja todavía presagiar las apoteosis que están por llegar.

El reparto tuvo algunos cambios con relación al previsto, comenzando por la propia Aída, Olga Maslova, que si acusó el debut no se le notó, o bien integró su hipotética inquietud en la interpretación. Fue una Aída noble, majestuosa, más trágica que lírica (y quizá a veces se echó en falta justamente un poco más de lirismo en su canto), imbuida desde su entrada como de un presagio funesto, con unos impresionantes graves. Francesco Meli fue un Radamés seguro y solvente, dotado de un timbre cálido y netamente verdiano ya desde su célebre y comprometida aria inicial, Celeste Aida, tan temprana. Ketevan Kemoklidze compuso una Amneris sensacional; con un registro amplísimo, desde los sobrecogedores graves a los seguros agudos (quizá con punto de vibrato de más) y una musicalidad extraordinaria, supo dotar además a su papel de un dramatismo interpretativo extremado, melodramático sin complejos, que contribuyó al espectáculo que se pretendía y que le robó el protagonismo (como hacen los personajes malvados que se precien, si bien esta arrepentida al final) a la heroína homónima. El Ranfis de Inho Jeong (el otro cambio en el reparto) fue sobresaliente, un sacerdote magnífico, con una construcción del personaje hierática y solemne muy lograda y una impresionante voz (estremecía durante la escena del interrogatorio del último acto); el Amonasro de Fabián Veloz fue decoroso, con un momento arrebatado en el tercer acto («Su dunque! / Sorgete, egizie coorti!»). Las intervenciones secundarias estuvieron acordes: bonito y dulce timbre el de Manuel Fuentes como rey, y quiero destacar, sin menoscabo de los otros partiquinos, la intervención de Néstor Galván, que se desveló como un mensajero entusiasta y convincente, con una voz bonita y segura, y una interpretación de las que llaman la atención aun siendo tan breve. En suma, y en general, un reparto dotado, solvente, plausible y vibrante que ejecutó unos concertantes verdaderamente espectaculares.

La orquesta construyó su discurso muy bien, precisa, brillante, segura, contrastada. El coro, casi siempre escindido entre las voces graves y las agudas por razones dramáticas (qué inteligencia la de Verdi), estuvo igualmente estupendo: magníficas, por ejemplo, las intervenciones, en pianissimo y a capella de los hombres tanto en la invocación del segundo acto como en el juicio del cuarto, que se complementaron con las de las mujeres y su tan reconocible carácter orientalista.
Y, detrás de todos estos aciertos y de la interpretación en su conjunto, el director, Dominic Limburg. Con una dirección jovial, entusiasta, simpática, atenta a los detalles y muy pendiente y comprometida con el coro y los cantantes, fue el auténtico demiurgo de la propuesta. Un final de apoteosis para esta edición del Festival.
José Manuel Ruiz Martínez


