GRANADA / András Schiff: la lección del maestro

Granada. Palacio de Carlos V. 4-VII-2024. 73 Festival de Granada. András Schiff, piano. Obras de Bach, Haydn, Mozart y Beethoven.
Se podía intuir que el recital de András Schiff en el Festival de Granada no iba a ser convencional desde el momento en el que el programa no estaba especificado, solo se mencionaban los compositores: Bach, Haydn, Mozart y Beethoven. Además, el misterio no podía resolverse en el programa de mano, toda vez que este requiere de antelación por razones evidentes de imprenta y no cabe improvisarlo salvo encarte. Y, en efecto, al comienzo del concierto pudimos observar que, junto a la banqueta de Schiff, había otra con un micrófono, instrumento secundario que lo acompañó durante toda la noche en lo que resultó un memorable recital comentado, donde, con naturalidad y simpatía, el intérprete consiguió crear un clima de cámara e intimidad a pesar de lo imponente del escenario natural, el patio del Palacio de Carlos V, y de estar al aire libre.
Schiff no dio exactamente una masterclass. Fueron tan solo comentarios sencillos, amables, no exentos de humorismo, mezclando con naturalidad el inglés y el italiano, con alguna palabra clave en español, anunciando las obras, diciendo las partes en las que se dividían, si era el caso, y, a lo sumo, dando algún apunte interesante y clarificador, usando a veces el piano para ilustrar un pasaje, y sin renunciar a alguna digresión: digamos que, al igual que pareció construir el programa sobre la marcha, también él mismo llevó a cabo sus propias notas —con muy buen criterio e inteligencia, las notas verdaderas, elaboradas por Arturo Reverter, versaban sobre el propio pianista, explicando de hecho, entre otras cosas, su reciente costumbre por los recitales comentados sin programa cerrado—.
De este modo, comenzó Schiff sin decir una palabra con la celebérrima Aria de las Variaciones Goldberg BWV 988. Tras interpretarla, ya sí que habló de cómo comenzaba el día, incluso antes de desayunar, tocando a Bach para aclarar su mente y su espíritu. Siguió luego con el Capricho en si bemol mayor, BWV 992, programático, titulado sobre la marcha del querido hermano: indicó antes las partes y los temas fundamentales de cada una en su relación con la anécdota (lamento, caballos, postillón), con una mano, sin soltar el micrófono. Vinieron después la Suite francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816 y el Concierto italiano, BWV 971, en cuya presentación aprovechó Schiff para hacer una noble reivindicación del europeísmo (Bach, que no salió de Alemania, reúne en la suite danzas de toda Europa, y muestra en el concierto su fascinación por los maestros italianos) frente al creciente chauvinismo nacionalista. Uno se pregunta hasta qué punto el intérprete tenía exactamente pensado lo que iba a tocar o si realmente se dejaba llevar por el albur de la noche y el estado de ánimo y así, consumió con Bach lo que podría considerarse la mitad del programa (no hubo intermedio).
El Bach de Schiff al piano resultó muy interesante. Él mismo dijo antes de tocar el Concierto Italiano que éste debería interpretarse en un clave de doble registro y que, de algún modo, estaba tocando en un instrumento falso. Pero lo cierto es que las interpretaciones sonaron ligeras, aladas (qué delicadeza el Aria de las Goldberg), y, al mismo tiempo, no exentas de ortodoxia, por ejemplo sin marcar intensidades, en un ejercicio de elegantísimo control del sonido, con una nitidez sorprendente en el manejo polifónico de de las voces —impresionante por ejemplo la velocidad cristalina de las danzas rápidas de la Suite francesa— o la sobria melancolía del Andante del Concierto italiano. Ahora que el paradigma historicista se ha oxigenado, y hay incluso un boom de discos de versiones y arreglos de música antigua, y Víkingur Ólafsson nos ha acostumbrado (a mi juicio, para bien) a un Bach novísimo que casi parece minimalista, resultaba enriquecedor y fascinante este delicado equilibrio entre tradición y modernidad, contexto histórico y libertad interpretativa.

Con mucha inteligencia, Schiff enlazó a Bach con Mozart hablando de cómo éste había estudiado a aquél y mostrando cómo el tema regio de la Ofrenda musical BWV 1079 de Bach estaba citado de forma literal al comienzo de la obra que interpretó a continuación, la Fantasía en do menor K 475 de Mozart. Tanto esta como la pieza de Haydn que hizo después, las Variaciones en fa menor Hob. XVII:6, sonaron de nuevo delicadas, bellísimas —la fantasía, exquisitamente matizada en sus contrastes y mostrada como la obra maestra que es—, plenas de melancolía, y ofreciendo una faceta menos evidente de estos compositores. Finalmente, anunció que, para terminar, interpretaría la Sonata para piano nº 21 en do mayor, Op. 53, «Waldstein», de Beethoven.
Fue una versión antológica, monumental, impresionante, que queda para los registros del Festival. Precisa, apasionada, nítida en su estructura, de nuevo plenamente consciente de sí, resultó una experiencia sonora, donde el dominio y el equilibro entre ambas manos y la belleza de los registros graves (qué prodigio el magma sonoro que precede a la reexposición en el primer movimiento, o la dubitación triste y tensa del segundo), presentes en todo el concierto, alcanzaron su culminación. Uno casi pudo intuir, gracias además al recorrido histórico realizado, el estupor que debieron de sentir los primeros oyentes de la sonata, su inédito y desbordado despliegue de las posibilidades del piano en contraste con la música para teclado precedente.
La ovación fue apoteósica. Schiff se sentía claramente a gusto. Se sentó al piano y, sin mediar palabra (sobraban las presentaciones), hizo una versión del primer movimiento de la Sonata nº 16 en do mayor, K 545, «Facile», de Mozart, levísimo y pleno de elementos ad libitum y gráciles adornos. Después (indicada), hizo la Melodía húngara en si menor D 817 de Schubert, maravillosa, nuevo prodigio de delicadeza en los ornamentos, y finalmente, sin indicar, una serenísima versión del Intermezzo op. 117, nº 1 de Brahms. Por los aplausos, podría haber llegado de pieza en pieza hasta Alban Berg, pero finalmente realizó un último y significativo saludo de gratitud y despedida tras dos horas largas de concierto ininterrumpido. Un recital histórico que queda para el recuerdo.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


