GRANADA / Alexei Volodin & Edith Peña, distintas visiones de Schubert

Granada. Hospital Real. 11-VII-2024. 73º Festival de Granada. Edith Peña, Alexei Volodin, piano. Obras de Schubert.
Por más que conformen una sólida pareja sentimental y artística, los temperamentos de la venezolana Edith Peña y el ruso Alexei Volodin son opuestos ante el piano. No se tirará aquí del tontorrón acuse geográfico para argüir como la primera es impetuosa ante las teclas y el segundo mucho más calmado y hasta ensimismado. Pero lo cierto es que sus maneras de hacer van en cierto sentido a la contra y, por lo mismo, la convergencia -y como esta se acaba dando- es tanto o más atractiva cuando se les escucha juntos ante el instrumento.
El saliente director del Festival de Granada, Antonio Moral, ya los había programado en su madrileño Círculo de Cámara y los traía ahora de nuevo, convencido del interés de una propuesta que presentaron anoche en el Hospital Real, bajo el cortejo de los vencejos y en el ocaso del día. Las aves constituyeron un frenético contrapunto a la madurez y lo trascendental de la Fantasía para piano a cuatro manos D 940 de Schubert en la que lo primero que demostraron ambos intérpretes fue su capacidad para sustentar silencios, apianar y, en definitiva, dar aire, respiración a una partitura que hicieron avanzar casi como una procesión, con solemnidad pero sin abigarramiento.
Si el propio Schubert consideraba el piano a cuatro manos “un diálogo afectivo”, Peña y Volodin lo entendieron así, solo de esa forma consiguieron dar con una voz común mantenida a lo largo de sus cuatro secciones. No hubo titubeos en el estilo, les importó marcar y remarcar el tema sin galantearlo, tampoco hinchándolo de pedal, acaso la acústica favoreció también un pulido de los graves y de los agudos del Yamaha. En los Cuatro Impromptus D 899, repartidos dos a dos, se pudo apreciar a las claras las intenciones e intereses expresivos de cada uno. Ni tenso ni agreste, pero sí solemne y soberbiamente planificado, así abordó Volodin el Allegro molto moderato, con un marcado fraseo de la melodía y un carácter salonesco, de costuras clásicas, que no necesariamente galantes. El tercer Impromptu –Andante mosso– fue entendido desde la naturalidad, sin gran ornamentación y con unas dinámicas medias que manifestaban diáfanamente que al ruso no le interesan ni los aspectos más oscuros ni tampoco los más puramente ornamentales. A Edith Peña se le escapó el segundo Impromptu –Allegro– por forzar una velocidad que la llevó a perderse entre las notas logrando enmendar el emborronamiento en la segunda exposición. El apasionado Allegretto fue mejor resuelto, de nuevo con un clima de precipitación y virtuosismo, lo que hizo la visión intermedia de Volodin más atractiva.
Las ambiciones orquestales del Allegro ‘Lebensstürme” D 947 fueron asimiladas con la ejecución más heroica y desinhibida de la noche; en ella Volodin y Peña azuzaron los contrastes, barnizaron bien de pedal y se enfrascaron en un vigor rítmico desacomplejado; conscientes tal vez de que el tono pirotécnico de la partitura asume bien un tipo de acercamiento muy de concurso, de fuegos artificiales.
Hubo cambio de ubicación ante el piano en el Divertissement à la hongroise D 818. Y desde el inicial Andante se advirtió la complicidad -y, en cierta medida, también el relajo- con el que ambos músicos iban a tomar la pieza. Hubo mucho consenso, mucho trabajo previo, en una interpretación en la que ambos se mimetizaron por vez primera en una sola voz, algo seguramente estimulado por el propio carácter de la composición, una deliciosa ocurrencia estival desde su creación. Volodin y Peña no trastabillaron en los cambios de tempi y las cascadas de notas fueron transparentes, sin asomo de enmarañamiento. Finalizaron con un prodigio de la contención, el Ave María en un arreglo a cuatro manos leído con una delectación y detención del tiempo que podría haberlo firmado el mismísimo Arvo Pärt.
Ismael G. Cabral
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


