GRANADA / Aarón Zapico y la OCG: un ‘Mesías’ participativo lúdico y matizado

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 19-XII-2025. Pilar Alva-Martín, soprano. Lucía Caihuela, contralto. Pablo García-López, tenor. José Antonio López, bajo. Coros participativos (directora preparadora, Laia Santanach). Coro de la Orquesta Ciudad de Granda (director, Héctor Eliel Márquez). Orquesta Ciudad de Granada. Director: Aarón Zapico. Haendel: El Mesías.
Un año más, en la forma cíclica propia de lo festivo, se diría que la Navidad comienza en Granada con la celebración (casi tanto como la interpretación) de El Mesías participativo. No varían los intérpretes principales, la OCG y el coro de la OCG, así como buena parte de los coros que actúan desde el patio de butacas; lo hacen los solistas y el director, y es lo que le aporta novedad e interés a la iniciativa —algo así como, salvando todas las distancias, lo que le sucede al Concierto de Año Nuevo de Viena, igualmente cíclico y navideño—.
Este año, la responsabilidad ha corrido a cargo de Aarón Zapico, que repite en la tarea. El resultado ha sido un Mesías pensado y cuidado, que incluía pequeñas sorpresas, dentro de un paradigma interpretativo que busca recuperar los elementos originales de la música antigua pero mostrar también su carácter lúdico, posiblemente incluso (aunque pueda resultar paradójico) con la incorporación de pequeñas licencias. Esto es muy de agradecer en una partitura que el oyente puede dar por sabida e incluso un poco agotada en la escucha, de manera que ciertos detalles que afloraban de repente aquí y allá producían una grata desautomatización que recordaba y subrayada la belleza de lo escuchado: el pizzicato sutil en el Every valley…; o el uso del sul ponticello para subrayar la oscuridad en el aria For behold, darkness shall cover the earth. Y, en general, un (buen) gusto por el ornamento ad libitum (especialmente en los solistas) y una tendencia a extremar ciertas dinámicas, por regla general con gracia y sin sobresaltos (funcionaron muy bien en ese sentido las de los coros vinculados con la pasión y muerte de Cristo). No todas estas decisiones, empero, funcionaron quizá tan bien: hubo una tendencia de Zapico durante toda la interpretación a subrayar en exceso las pausas, lo que a veces sobrepasaba el dramatismo para entrar de lleno en la inquietud por si pasaba algo. También sucedió en algunas estridencias, creo que deliberadas, de las trompetas durante la Anunciación a los pastores; o la excesiva rusticidad del violín solista en las arias obligadas de la soprano —interpretadas por otra parte de modo impecable por la concertino—; es posible que se buscaran supuestas sonoridades barrocas, pero (y esto es una expresión de puro gusto personal que puede estar equivocada) no concitaban del todo el lirismo y la introspección emotiva de otras ocasiones.
Los solistas estuvieron muy bien en general. La soprano, Pilar Alva-Martín cantó con aplomo y belleza y estuvo muy segura y precisa en las habilidades, con algunos súbitos agudos en forte que le daban a la interpretación de sus números un toque casi operístico que no le sentaba mal a una pieza claramente dramática escrita por un gran compositor escénico. El contraste lo dio la contralto, Lucía Caihuela, también dramática pero de un modo más camerístico o religioso, quizá por la naturaleza sutil de su voz, que realizó algunas agilidades por la parte grave rotundas y emocionantes, y a la que solo le faltó un poco más de volumen. Muy seguro en lo escénico, con alguna dubitación vocal, el tenor Pablo García-López mostró la belleza de su timbre y la elegancia de su fraseo en especial en los momentos introspectivos (Behold and see…). El bajo, José Antonio López, también con una voz de bajo operística y estremecedora, redondeó este planteamiento dramático y expresivo en sus números, con algunas agilidades algo trabadas pero toda una culminación vocal e interpretativa en su gran aria, The trumpet shall sound, en la que también brilló el solista de trompeta con una magnífica ejecución de su solo, muy bien dialogado además con la orquesta, que estuvo en general muy bien y atenta a los matices y juegos propuestos por el director.
El Coro de la OCG estuvo bien, solvente como sabe serlo, aunque quizá algo más rutinario y menos brillante de lo habitual, algo alicaído en las habilidades, si bien con intervenciones notables, como la parte a capella del Since by man came Death… cuya introducción, otra de esas sorpresas agradables, la llevó a cabo el clave solista con una breve intervención ornamentada ad libitum. Por lo que respecta a los coros participativos, como es habitual, su esfuerzo resultó suficiente para una interpretación decorosa pero irregular, como en toda cadena con eslabones fuertes y débiles y donde unos sostienen a los otros. Zapico los condujo con habilidad y cuidó de ellos y de sus matices en los momentos clave, sin descuidar a la orquesta ni al coro de escenario, lo que dio lugar a momentos muy logrados, como un estremecedor y matizadísimo Surely… Pero también a uno de los Hallelujah! más destemplados de las últimas ediciones.
En definitiva, un Mesías participativo más, con el esfuerzo y la virtud plausible de querer aportar algo; y no obstante, es posible que justo aflore ahí un síntoma de que la fórmula esté comenzando a dar algunas muestras de agotamiento.
José Manuel Ruiz Martínez


