Gran integral sinfónica de Arvo Pärt

ARVO PÄRT
Las cuatro sinfonías. Orquesta Sinfónica de Islandia. Dir.: Eva Ollikainen. CHANDOS (1 CD)
Brahms escribió sus cuatro sinfonías manteniendo un mismo lenguaje, reconocibles todas ellas desde esa frase inicial que transmite una inmediata sensación de seguridad. El estonio Arvo Pärt recurrió a tres estilos diferentes, tal vez a cuatro. Durante la ocupación soviética compuso las dos primeras para sí mismo, desafiando las normas del régimen y poniendo en riesgo su empleo como ingeniero de sonido en la radio. Ninguna de ambas es demasiado larga.
La Primera, fechada en 1963, adopta el serialismo schoenbergiano, pero sin caer ni en el dogmatismo ni en la aridez expresiva. Su pariente más cercana es la música de «ruido negro» que Krzysztof Penderecki desarrollaba por aquellos mismos años. Pärt, sin embargo, a diferencia del compositor polaco, no pretende demostrar nada en concreto; expresa simplemente una disonancia general con el estado del mundo. Y precisamente porque sus ideas no están formuladas con excesiva precisión resultan aún más poderosas.
La Segunda, escrita tres años después, sigue siendo serial, aunque ahora con un punto juguetón, incluso insolente, en esos pizzicati que parecen burlarse de toda autoridad. Las influencias dominantes son dos húngaros, Bartók y Ligeti, con esas criaturas sombrías que titilan en mitad de la noche. En los compases finales se desliza furtivamente la Lulu de Alban Berg. Ambas sinfonías destilan el aroma inconfundible de una época, pero lo verdaderamente cautivador es su atmósfera y esa corriente de emociones que late bajo la superficie.
La Tercera Sinfonía (1971) nace del recién descubierto fervor religioso de Pärt. Su lenguaje tiende un puente entre la monodia medieval y el minimalismo californiano de la época. El resultado es, a un tiempo, meditativo y aspiracional: un anhelo de libertad espiritual. El discurso melódico llega por momentos a rozar el de Brahms, y no es casual que esta sea la sinfonía de Pärt que más se interpreta.
La Cuarta, encargada por la orquesta de Los Ángeles para su nuevo Walt Disney Hall, recurre a la misma dialéctica, pero con resultados muy inferiores, que rozan el tedio. La obra es un amplio manto de cuerdas que acaba diluyéndose en una indistinta papilla sonora de estética new age, salpicada de toques de marimba y campanas tubulares: un merengue sinfónico: demasiado dulce, hinchado y vacío por dentro. La Sinfónica de Islandia ofrece una interpretación imponente bajo la dirección de Eva Ollikainen, capaz de medirse de tú a tú con las grabaciones pioneras de Neeme Järvi e incluso de ponerlas en aprietos. Pero ni siquiera la estupenda prestación orquestal consigue salvar la última sinfonía de sus buenas intenciones. Escuchadas de un tirón, las cuatro apenas alcanzan los tres cuartos de hora.
Norman Lebrecht


