GOTINGA / Un oscuro y bizarro ‘Tamerlano’ para inaugurar el Festival Haendel

Göttingen. 17-V- 2025. Göttinger Haendel-Festspiele. Georg Friedrich Haendel: Tamerlano. Lawrence Zazzo, Louise Kemény, Juan Sancho, Yuriy Mynenko, Dara Savinova, Sreten Manojlović, FestspielOrchester. Dirección musical: George Petrou. Dirección escénica: Rosetta Cucchi.
Partículas blancas de polvo bailan en polvorientos haces de luz proyectados hacia la orquesta. Hojas verdes de laurel caen sobre el escenario en negro lacado, amueblado con puertas de espejo. Este decorado de vitrina, concebido por el escenógrafo Tiziano Santi para el estreno de Tamerlano, la ópera que ha inaugurado el Festival Haendel de Göttingen de este año, se irá resquebrajando poco a poco a medida que avance la velada. Las emociones internas y las externas visibles y audibles -odio, deseo y juramentos- hasta la escena final de la muerte de Bajazet, el otomano capturado por el tártaro Tamerlano, parecen reflejadas y absorbidas por las paredes.
Haendel utilizó para su Tamerlano los versos de su brillante libretista -además de eximio violonchelista- Nicola Francesco Haym, quien a su vez se basó en los libretos Il Tamerlano (Venecia, 1711) y el revisado Il Bajazet del conde Agostino Piovene. La fuente literaria de estos textos era el drama francés Tamerlano ou La Mort de Bajazet (París, 1675) de Jacques Pradon. Las principales innovaciones de esta exitosa ópera de Haendel fueron, por una parte, que por primera vez un tenor asumía un papel principal, y por otra que se representaba un suicidio abiertamente en escena. La historia, centrada en los dos rivales Tamerlano y Bajazet, trata de la negativa de Bajazet a entregar a su hija Asteria al enemigo como novia, mientras ambos están cautivos en el palacio de Tamerlano. La retorcida trama de poder y amor se complica aún más por el amor de Asteria por Andrónico, confidente de Tamerlano, a quien éste quiere casar con su prometida Irene, porque el propio Tamerlano desea a Asteria.
El vestuario de Claudia Pernigotti muestra a los protagonistas como figuras históricas arquetípicas. Por ejemplo, Tamerlano, con su levita empolvada y su coleta, recuerda a Danton, el revolucionario y político francés (aunque también nos viene a la mente el diseñador Karl Lagerfeld). Se trata de figuras de poder, iconos y arquetipos de autoridad.
La directora de escena Rosetta Cucchi nos tiende un espejo con sus acertados e intensos estudios psicológicos de los personajes. Las potencias del amor, la omnipotencia de los celos y la sed de gloria mueven a todos los protagonistas. Cada personaje está inexorablemente atrapado en su propio mundo, un universo individual que, tal vez por limitaciones políticas y bélicas, convierte a cada uno de ellos en piezas de ajedrez, sin escapatoria ni elección. Lo que vemos es atmosféricamente oscuro, opresivo y profundamente patético, características que se ven reforzadas por la brillante interpretación de la orquesta del festival, dirigida con verdadera magia por George Petrou, quien extrae del foso una sonoridad resplandeciente, que a veces tiembla y a veces explota con furia cristalina en las arias de desesperación.
Louise Kemény y Yuriy Mynenko son los dos desdichados amantes, Asteria y Andronico. La dulce y firme voz de soprano de Kemény posee un toque ligeramente áspero, que encaja con su papel de hija muy apegada a su padre. Por su parte, el contratenor Mynenko, vestido a lo Star Wars, impresiona y conmueve con su lirismo y con su versátil presencia escénica. La mezzo Dara Savinova, en el papel de la despreciada princesa Irene, ofreció exuberancia física y vocal. Como Leone, confidente de Andronico, el bajo Sreten Manojlović irradió brillantez en su registro grave y a la vez una notable delicadeza de sonido.
Lawrence Zazzo, en el papel de Tamerlano, infundió a las exuberantes arias de coloratura del personaje toda la rabia, la furia y el frenesí que demandan, en un centelleante ejercicio de virtuosismo vocal, logrando un convincente retrato psicológico de un déspota que, en su camino hacia la humanización, acaba roto interiormente. Por su parte, el tenor Juan Sancho, como Bajazet, compuso un afinado retrato del personaje, presentado con harapos y cadenas; un gobernante profundamente humillado, movido por la rabia, la venganza y el castigo. Su escena de la muerte, poderosamente interpretada, y sus desbordantes arias de lamentación reflejaron a la perfección su propia extinción.
Una tierna melancolía envuelve los últimos suspiros de Tamerlano, en los que confiesa su derrota. Luego se arrastra bajo el cadáver de Bajazet, que yace expuesto en una plataforma de madera al fondo. Todos los protagonistas cantan -o mejor, susurran- primero al unísono, luego en voces divididas de lamento, sin acompañamiento instrumental, las notas finales, afligidas y melancólicas del negado lieto fine. En el suicidio de Bajazet, cada personaje ve un espejo de su propia disolución y desvanecimiento. Se les corta la respiración; musicalmente, se acaban en un silencio moribundo. ¡Un final potente! Una interpretación sorprendente y memorable del thriller más radical, negro y bizarro de Haendel. Ovaciones en pie, aplausos prolongados. Bravo.
Barbara Röder
Foto: Alciro Theodoro da Silva


