Glenn Gould y Alberto Guerrero: al maestro, cuchillada

Glenn Gould y Alberto Guerrero: al maestro, cuchillada

Glenn Gould fue un iconoclasta, pero no un autodidacta. Cultivó una imagen de pianista rebelde, al que sus profesores nada podían enseñar. Pero nunca reconoció la influencia determinante de Alberto Guerrero, con quien estudió piano, en Toronto, entre 1943 y 1952, y al que se refería sin mucho aprecio como “mi maestro”. Un músico chileno que pasó por el mundo como un artista humilde y un pedagogo sin afán de protagonismo. Lo demostró hasta el mismo día de su jubilación, en 1958, cuando se le pidió una breve semblanza biográfica, y respondió: “No tengo ninguna historia”.

Pero no era verdad. Y esa historia la han contado varios discípulos. Empezando por el compositor John Beckwith, que redactó su obituario, en 1959, y trató de contrarrestar los mitos autodidactas de Gould, en 1983, dentro del libro colectivo Glenn Gould by Himself and His Friends (Doubleday). Le siguieron, a partir de 1990, Raymond Dudley, con un artículo sobre sus métodos de enseñanza, en New Journal for Music, y William Aide, que comenta su contribución a la cultura musical torontoniana en el libro Starting from Porcupine (Oberon Press). Pero ha sido el propio Beckwith quien, en 2006, publicó una monografía completa sobre el pianista chileno, titulada In Search of Alberto Guerrero (Wilfrid Laurier University Press), donde ha revelado la importancia de este olvidado pianista y profesor.

Ya en Wondrous Strange: The Life and Art of Glenn Gould, la fundamental biografía de Kevin Bazzana, publicada en 2003, y disponible en español (Turner), Guerrero adquiere un merecido protagonismo. De hecho, su figura era muy apreciada en el mundo cultural de Toronto. Lo prueba su presencia dentro del retrato musical de la capital ontariana en los años cuarenta, que realizó Robertson Davies en su última novela: Un hombre astuto (Libros del Asteroide). Allí aparece convertido en el pianista Augusto DaChiesa, un chileno “que interpreta a Scarlatti como los ángeles”, que “está mal del estómago y parece que sólo se alimenta de leche y galletas”, y que “tiene un alumno que en pocos años será famoso y entusiasmará a todos”, en clara referencia a Gould.

Guerrero se instaló en Toronto con 32 años, a finales de 1918, para enseñar piano en el Conservatorio Hambourg. Era el único chileno en toda Canadá y ejerció durante sus primeras décadas allí como “cónsul honorífico”. Poco después fue nombrado profesor en el Conservatorio de Toronto, y se mantuvo en esa ciudad hasta su muerte, en 1959. En su caso, sí que es posible hablar de un músico autodidacta. Creció en un entorno culto y acomodado, en La Serena (Chile), junto a seis hermanos. Y tuvo a su madre Nicolasa, que lo había tenido con cuarenta años, y a su hermano mayor Daniel, diecinueve años mayor, como únicos profesores, ambos diletantes. Emprendió un intenso programa de autoeducación a través de tratados que le permitieron dominar el repertorio pianístico, ejercer la crítica musical y empezar a componer.

En 1912 se trasladó a Santiago con toda su familia. Y en los años siguientes contribuyó a dinamizar la cultura musical chilena. No sólo dio recitales, escribió tratados o compuso música, sino que además introdujo las obras modernas de Debussy, Ravel, Scriabin y Schönberg en Chile. Incluso fomentó el interés por la música antigua e impulsó junto a otro de sus hermanos, Eduardo, la Sociedad Bach de Santiago, en 1917, que influyó en el interés por Bach de la joven generación de pianistas chilenos, encabezada por Claudio Arrau.

Gould también disfrutó de una infancia acomodada en el provinciano Toronto de entreguerras. Creció como hijo único en una familia burguesa anglo-protestante de raíces puritanas con unos padres volcados en su formación. Florence, su madre, era diez años mayor que Bert, su padre, y ambos tenían conocimientos musicales que habían compartido cantando juntos en un coro donde se conocieron. Bert tenía un buen trabajo como responsable de una empresa peletera, aunque Florence era la personalidad más fuerte y dominante en el núcleo familiar. Había tenido a Glenn con cuarenta años, tras varios abortos, y creció como un niño muy querido, vigilado, mimado y consentido. Con doce años le confesó a un amigo que dormía a veces con su madre y su obsesión por abrigarlo en exceso derivó, según parece, en esa famosa y bien conocida excentricidad.

Como Guerrero, Gould inició el estudio del piano con su madre a los cuatro años. Fue su progenitora quien le inculcó la práctica de entonar todo lo que tocaba. Y ese hábito derivó en el característico canturreo que escuchamos en muchas de sus grabaciones. Pero, en 1940, Florence se convenció de que ya no podía enseñar nada más a su hijo. Y Gould ingresó en el Conservatorio de Toronto, donde recibió una formación musical completa. Se inició, poco después, en el órgano, un instrumento determinante en el desarrollo de su personalidad interpretativa. El manejo del pedalero incrementó su interés hacia el contrapunto. Y derivó en un mayor protagonismo de la mano izquierda que se unía a una lateralidad natural como zurdo. Su primer contacto con la música de Bach se produjo en las clases con su madre, aunque el estudio del órgano incrementó su pasión por el compositor alemán. En 1970 confesó, durante una entrevista, que con diez años comenzó a cambiar la normal inclinación homofónica de cualquier pianista por una mayor conciencia de lo contrapuntístico, del trenzado horizontal de las voces frente a su superposición vertical.

En ese proceso tuvo especial relevancia un episodio casual que narra Bazzana en su biografía. Ensayaba Gould la fuga del K. 394, de Mozart, mientras Elsie, su ama de llaves, pasaba la aspiradora cerca del piano. Al no poder oír la música, comenzó a concentrarse en sentirla bajo sus dedos y obtuvo una comprensión mucho más profunda de su configuración contrapuntística. Guerrero ayudó mucho a Gould a desarrollar ese potencial y siempre optó por enseñarle dando la impresión de que descubría por él mismo todo lo que aprendía. Lo convenció de que, en realidad, el piano se tocaba con la cabeza. E incluso le ayudó a diseñar un sistema para memorizar composiciones completas sin poner un dedo sobre el teclado.

Pero la influencia de Guerrero sobre Gould afectó también a su personalidad artística. El chileno no era el típico profesor de piano. Prodigaba unos intereses intelectuales que excedían, con mucho, las limitaciones del instrumento que enseñaba. No sólo hablaba y leía en varios idiomas, sino que tenía sólidos conocimientos de literatura, arte y filosofía. Prueba de ello es que, entre sus discípulos, haya más compositores, musicólogos y especialistas en música antigua o contemporánea que virtuosos. Y, a pesar de que dio recitales esporádicos casi toda su vida, no consideraba interesante la carrera de concertista, algo que pudo influir en la temprana retirada de los escenarios de Gould, en 1964.

Guerrero practicaba un repertorio más o menos habitual, aunque disponía de una importante biblioteca de obras orquestales. Mantuvo siempre un interés especial hacia la música antigua y contemporánea, los instrumentos de época y las últimas tendencias creativas. Si el núcleo del repertorio de Gould fueron las composiciones de Bach y Schönberg fue gracias a las enseñanzas de Guerrero. Con él estudio las composiciones de Bach que le hicieron legendario, como las Variaciones Goldberg, que el pianista chileno solía tocar en sus recitales. Beckwith documenta la primera interpretación completa de esa obra, en 1937, dentro de una serie de recitales que incluyeron obras de Stravinski, Schönberg o Les Six. De hecho, en la reuniones musicales eruditas, que Guerrero y su esposa solían celebrar en su domicilio, constan audiciones de la grabación de Wanda Landowska, de las Goldberg, ya en 1934, es decir, el mismo año de su publicación dentro de la Bach Society de HMV. Aunque Guerrero tocó la obra con antelación a la edición de Ralph Kirkpatrick, publicada por Schirmer, en 1938, en adelante siempre utilizó esta edición de la partitura, al igual que Glenn Gould en sus dos famosas grabaciones de la obra.

Bazzana relata, a través de un testimonio de Beckwith, cómo se produjo el descubrimiento de Gould de la música de Schönberg. Guerrero llevó a una clase, en 1948, las partituras de las Tres piezas, op. 11, junto a las Seis pequeñas piezas, op. 19, y la reacción de Gould no fue positiva en un primer momento. Poco después asimiló esta música hasta el punto de componer algunas piezas propias a modo de imitación. Al año siguiente, Guerrero regaló a Gould, por Navidad, el primer volumen de la Historical Anthology of Music, publicada por Archibald T. Davison y Willi Apel en Harvard University Press. Allí se incluía, junto a varias composiciones medievales y renacentistas, la Pavana y gallarda de Lord of Salisbury, de Orlando Gibbons, que Gould contaba entre sus obras predilectas. Claramente su profesor devino en una especie de guía o catalizador del genio de su discípulo. Y se preocupó perennemente de su formación. Lo recordaba su gran amigo Claudio Arrau, que le visitó en Toronto a finales de los años cuarenta: “Cuando tenía diecisiete o dieciocho años, Glenn Gould tocó para mí en casa de Guerrero. Su profesor no sabía qué hacer con este genio. Recuerdo con toda claridad la tremenda impresión que me causó. Su facilidad y habilidad musical eran notables para esa edad. Guerrero me preguntó qué camino debía seguir y le dije que lo dejara en paz”.

Aunque Gould nunca reconoció el alcance de la influencia musical de Guerrero, a nivel técnico resulta muy evidente. Muchos de los aspectos rituales de Gould, que terminaron siendo legendarios, derivan de su maestro. Por ejemplo, su hábito de sumergir los brazos en agua tibia antes de tocar formaba parte de los ejercicios y masajes que el pianista chileno promovía entre sus estudiantes. Incluso esa forma de sentarse, en una silla baja con los codos colgando, con el fin de mantener manos y brazos relajados, formaba también parte de su atelier, lo que le obligaba a tocar encorvado y a parecer un jorobado. Muchos detalles de su técnica pianística los había adaptado de los tratados de Otto Ortmann y Arnold Schultz, y tuvieron un efecto directo en la forma de tocar de Gould. Por ejemplo, uno de sus ejercicios más habituales era el llamado tapping o “golpeteo” que permitía precisar al máximo el movimiento de los dedos sobre el teclado y conseguir esa legendaria precisión en la articulación.

Apenas quedan registros documentales y sonoros que permitan demostrar con precisión esta influencia. Entre las primeras grabaciones de Gould, previas a su famoso registro de las Variaciones Goldberg, de 1955, el sello Turnabout publicó, en 1983, un LP (reeditado después en CD por Mastersound) con unos supuestos registros domésticos de Guerrero y Gould tocando a cuatro manos Mozart. Pero hoy sabemos que son espurios. Los pianistas que tocan en ellos son, en realidad, Myrtle Rose, la segunda esposa de Guerrero, y el poeta Robert Finch, en 1947.

No obstante, lo más interesante de ese lanzamiento es que incluye la única grabación conocida de Guerrero tocando Bach: un registro del Concerto italiano, de 1952, donde puede vislumbrarse, en la distancia, la fuente de la que bebió el pianista canadiense en su inconfundible forma de tocar Bach. Aquí pueden escucharlo (aunque en Youtube se indique el nombre de Gould, en realidad se trata de Guerrero):

Y aquí pueden escuchar la versión de esa misma obra que grabó Gould en 1959:

Pero Gould nunca fue una réplica de su maestro. Con los años marcó distancias en aquello que consideraba romántico en Guerrero. Y uno de los principales puntos de confrontación fue Mozart, donde el chileno no aceptaba los manierismos de Gould, ni tampoco las alteraciones sobre lo indicado en las partituras por el compositor salzburgués.

Guerrero jamás expresó objeción alguna ante la ingratitud de su alumno. Y siempre consideró un elogio que afirmase que no había aprendido nada de él. Bazzana recuerda, sin embargo, que la hija de Guerrero, Mélisande, no opinaba lo mismo, y solía recordar algo que le decía su padre de buen grado: “Al maestro, cuchillada”.