Georges Prêtre, el voluptuoso

Georges Prêtre, el voluptuoso

Georges Prêtre alcanzó el reconocimiento mediático en edad tardía, cuando en 2008 dirigió por primera vez el Concierto de Año Nuevo en Viena con 83 años. Fue el director más longevo en hacerlo. Méritos no le faltaban. Director preferido de Maria Callas (que grabó con él Carmen y su segunda Tosca) y de Francis Poulenc (de quien estrenó La voix humaine), se había sentado en el foso de los principales teatros internacionales con resultados notables. Quizá, el excesivo encasillamiento (especialista del repertorio francés, especialista de ópera…) le hurtó ese reconocimiento unánime que consagra a los más grandes. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. El 1 de enero de 2008 hasta el melómano más despistado se percató de lo gran director que era Georges Prêtre. El mejor Concierto de Año Nuevo del siglo XXI, en opinión de quien esto escribe.

Prêtre dirigía tanto con la batuta como con las manos, pero no escogía las dos opciones de manera indiferente. La batuta la utilizaba cuando necesitaba precisión, sobre todo si la orquesta era numerosa y los músicos del fondo necesitaban una referencia clara. Pero en piezas como el “Intermezzo” de Cavalleria rusticana, utilizaba siempre y sólo las manos. Lo hacía cuando su objetivo primordial era frasear. Prêtre se había curtido en el ámbito de la ópera, así que interpretar, para él, era respirar. Lo que sus manos buscaban transmitir a la orquesta era una respiración. Las manos eran, en sus palabras, “la prolongación de mi deseo”. Se puede optar por una lectura neutra de la frase, pero el matiz erótico está ahí, y bien puesto.

Una de las piezas que Prêtre dirigía siempre con las manos era la “Barcarola” de los Cuentos de Hoffmann de Offenbach, cuyo arreglo para orquesta era un complemento habitual (a menudo en forma de propina) de sus programas sinfónicos. En este vídeo de 2009, uno ve cómo Prêtre, a la vez que dirige, entabla con la música una especie de baile sensual. Es como si tuviese en sus brazos a la mujer de sus sueños: la acaricia (2’14”), la abraza (2’53”), la besa (2’57”). Prêtre no era un defensor del ritmo uniforme y acostumbraba manejar con habilidad un generoso rubato, que en esta ocasión puede parecer hasta excesivo. Pero cualquier objeción cede ante el embrujo: en sus manos, la Barcarola de Offenbach se transforma en un himno a la voluptuosidad.

No es sólo aquí. Tengo la impresión de que Prêtre veía la música como un ente femenino que derrochaba encanto por los cuatro costados, y cada pieza musical era una mujer a la que el director amaba con un amor no precisamente platónico. Es difícil, por ejemplo, encontrar una lectura de La Valse de Ravel como la suya, en donde el elemento sensual se impone incluso en el apocalipsis final. También en los valses straussianos, Prêtre destapó –pudorosamente, eso sí, porque Viena no es París– la vertiente erótica de la danza. Su versión de Die Libelle no tiene el toque etéreo e impalpable de Carlos Kleiber, sino una consistencia tierna y rosada. Por no hablar de la coquetería que desprende la Bluette polka, o de la insinuante languidez con la que traduce los compases iniciales de El bello Danubio azul.

Tanto en Strauss como en Beethoven, en Berlioz o en Debussy, para Prêtre no había música sin seducción.