Francisco Lázaro: adiós a un tenor

España, se ha dicho muchas veces, es un país de tenores. Algo que no se puede negar. Lo que no quiere decir que aquí no hayan proliferado, y de qué manera, otras voces. Hoy decimos adiós a un cantante que no se prodigó demasiado en nuestra tierra, pero que tuvo fuera de ella una proyección internacional extraordinaria. Algo que podría aplicarse a otros cantantes de su cuerda, como Francisco Ortiz, desaparecido hace unos pocos años. Hablamos en este caso de Francisco Lázaro, que dejó este mundo el pasado 25 de enero a lo 93 años, sin que la noticia haya tenido especial eco, aunque haya sido recogida por alguna publicación como Ópera Actual.
Lázaro no tenía nada que ver, que sepamos, con otro tenor del mismo apellido y nacionalidad de nombre Hipólito, nacido en Barcelona en 1887 y desaparecido en 1974. Nuestro protagonista también era natural de Barcelona, donde la cigüeña lo depositó el 14 de marzo de 1932. Tras realizar sus estudios y dedicarse a distintas actividades mercantiles, no tenía en su horizonte el aterrizar en el mundo del canto pero, siguiendo consejos de distintas personas que apreciaban que en su garganta había una perla, se tituló en el Conservatorio del Liceu en 1960, donde le otorgaron la Medalla de Oro como el mejor de su promoción. Insatisfecho con su nivel técnico, asistió durante 4 años a clases privadas con la profesora Galli Markoff, que tanto provecho le hicieron también a Alfredo Kraus, tenor de características bien distintas.
Las enseñanzas le probaron y debutó en la temporada 1961-62, cuando andaba ya cerca de la treintena, cantando pequeños papeles como uno de los maestros de Meistersinger de Wagner, el Mensajero de Aida o el Gasparo de La favorita. Poco a poco fue ascendiendo y un año más tarde se metía en la piel de Cassio del Otello verdiano, con Carlo Guichandut en la parte del Moro. En muy poco tiempo empezó a ser considerado fuera de España e inició una carrera meteórica. Como pone de manifiesto el hecho de que en 1964 estuvo cantando en Salzburgo dirigido por Herbert von Karajan, que siempre lo acogió con cariño, lo que pone de manifiesto, conociendo las exigencias del director salzburgués, la categoría vocal de nuestro protagonista.
Al año siguiente lo teníamos en Madrid cantando, en la segunda temporadilla de primavera de los Amigos de la Ópera, nada menos que Canio de Payasos de Leoncavallo, un hueso duro de roer. Una representación en la que participaban, a las órdenes de Carlo Felice Cillario, los coros y orquesta del Gran Teatro del Liceo, conjuntos que no atravesaban por entonces sus mejores momentos, dos voces históricas como la de la soprano Clara Petrella y el barítono Aldo Protti y la más joven de otro tenor español, en la parte de Beppe, Juan Lloveras, desaparecido en 1998. La fogosidad y entrega de Lázaro causaron impresión. Pero no regresó al escenario madrileño. Sí al Liceo.
Y sobre todo a los grandes centros operísticos europeos: Múnich, Viena, Berlín… Con directores como Böhm, Sawallisch o Karajan, quien decía de la voz de nuestro protagonista que “era increíble”. Calificativo atesorado por gran parte de la crítica. Decía un periodista madrileño tras su Canio: “Tiene una preciosa voz, timbrada y fácil en el agudo”. ¿Podemos afirmar nosotros esto hoy en día? Hay muy escasas grabaciones. Pero en lo poco que podemos apreciar por alguna que otra toma en vivo y haciendo memoria de aquella ocasión madrileña, qué duda cabe que el instrumento era consistente, no siempre diáfano de emisión y pasajeramente entubado, en lo que estaba de acuerdo Joaquín Martín de Sagarmínaga en su Diccionario de cantantes españoles.
A veces en el agudo, en general fácil, el timbre se difuminaba un tanto. Le faltaba la pegada, la direccionalidad de otros tenores españoles más o menos contemporáneos, como Pedro Lavirgen o sobre todo el ya citado Francisco Ortiz, de mayor brillo y consistencia. No era tampoco un belcantista nato. En sus interpretaciones faltaban contrastes, sonidos bien apianados, filados, medias voces. Pero daba el callo, era honrado y caluroso.
Y supo transmitir desde su posición de enseñante, que ejerció durante muchos años tras su retirada, conocimientos, consejos didácticos y una técnica básica de emisión natural, sin artificios ni supercherías. Algunos de sus alumnos conocieron el triunfo y despeñaron su labor durante años con eficiencia. Uno de ellos, la soprano ligera o lírico-ligera, Milagros Poblador, que triunfó no pocas veces en escenarios como el de la Ópera de Viena y que cantó más de 100 veces las endiabladas arias de la Reina de la Noche de La flauta mágica de Mozart, le estarán siempre agradecidos. La soprano, tras la muerte del maestro, ha escrito estas bellas palabras: “Sin conocerme de nada, altruistamente, me ofreció su ayuda, creyó en mí y en mi talento, me permitió compartir sus vivencias y empaparme de su sabiduría, honestidad y vigorosa personalidad cuando él aún estaba en plenitud vocal y mental, me enseñó a respetar por encima de todo la música y el texto en mis interpretaciones, a vivir y a sobrevivir en el mundo lírico, a aceptar los éxitos y los fracasos… y a seguir adelante; lo que se denomina ser mi mentor”. Poco más se puede decir.
Arturo Reverter


