Forse, Traviata

La ausencia de noticias precisas sobre la génesis de La traviata, uno de los pilares del repertorio operístico, se suele suplir con una rutinaria referencia a la discreta recepción que obtuvo su primera representación en el Teatro La Fenice de Venecia durante el Carnaval de 1853. Dejemos la palabra a France-Yvonne Bril, biógrafa de la vieja escuela: “Verdi, abandonando por un momento sus grandes héroes y su pompa dramática, ha querido descender a las profundidades del drama íntimo. Había asistido una vez a una representación de La dama de las camelias; el asunto le sedujo y sintió vibrar las cuerdas de la lira al ver debatirse entre la alegría, la vergüenza y el arrepentimiento a la heroína de la comedia. A su regreso a Busseto trazó el argumento de La traviata y en veinte días libreto y música estuvieron dispuestos para subir a escena”1.
Todo son conjeturas. Tal vez Verdi leyera la novela de Alejandro Dumas hijo La Dame aux Camélias, que en 1848 había catapultado a su joven autor a la fama; ni sus cartas ni sus papeles nos lo revelan. Sabemos que Verdi estuvo en París con Giuseppina Strepponi entre diciembre de 1851 y mayo de 1852, y que acaso asistiera a una de las primeras representaciones de la adaptación teatral que de la novela hizo el autor y que había sido estrenada en el Théâtre du Vaudeville el 2 de febrero del citado año 52. El género teatral de moda en aquellos días en los llamados Teatros de Boulevard era la comédie mêlée d’ariettes, y así subió La dama a escena, con música de Jean-Baptiste-Edouard Montaubry2. Asistiera o no a una de esas funciones, lo cierto es que en septiembre de 1852 Giuseppe Verdi escribe a su amigo el editor Léon Escudier y le pide que le envíe “subito subito” una copia del drama de Dumas. A mediados de octubre Francesco Maria Piave tiene ya esbozado el esquema del libreto, y el primer día del año 1853 Verdi escribe a su amigo napolitano Cesarino de Sanctis la célebre carta en la que dice que busca para sus óperas “asuntos nuevos, grandes, bellos, variados, atrevidos, y anuncia el estreno en Venecia de La Dame aux Camélias, que llevará por nombre ‘forse, Traviata’”3.
“La traviata ha fatto un fiascone —escribía Verdi a Angelo Mariani el 7 de marzo de 18534— y, lo que es peor, se han reído”. Exageraba. Se dieron nueve representaciones del título, y de La Fenice pasó al Teatro de San Benedetto en mayo de 1854, constituyendo un rotundo éxito.
Préstamos, donaciones, empeños
El argumento de la pieza es tan conocido que no necesitamos demorarnos mucho en él. La acción empieza una noche del mes de agosto de 1850 en un salón —de un piso, no de un hôtel particulier— de Violetta Valéry, perteneciente al ramo de las mujeres ‘entretenidas’ de París, mantenidas por uno o varios amantes. La protagonista está en escena con sus invitados cuando entran un marqués, un barón y un grupo de personajes que se ha demorado jugando en casa de Flora, otra cortesana que los acompaña. Galanteos, reproches, ditirambos, canciones, celos fingidos entre los amantes ocasionales, desafíos, despreocupación, alegría estridente… En ese salón, en esa fiesta, Violetta escucha de labios de Alfredo su sincera declaración de amor y resuelve dar portazo al pasado para emprender juntos una vida nueva.
El acto segundo transcurre en una casa de campo cerca de París. Estamos en invierno; han pasado tres lunas desde el primer encuentro. Alfredo describe su vida junto a Violetta —“io vivo quasi in ciel”— en tonos rosáceos. Pero su ensoñación es interrumpida por la irrupción de Annina, la criada de Violetta, que regresa de la ciudad. Comparecerán en escena a partir de este momento las exigencias del dinero, del honor y de la conveniencia social. Y tendremos noticia de dos desplazamientos patrimoniales: de una parte, la venta que de sus bienes hace Violetta para subvenir a las necesidades pecuniarias del ménage. De otra, la donación de todos sus bienes que el despechado Alfredo intenta hacer en su favor.
– Annina , ¿de dónde vienes?
– De París.
– ¿Quién te mandó?
– La señora.
– ¿Para qué?
– Para vender sus caballos, el coche y todo aquello que aún posee.
– ¿Qué estoy oyendo?
– Vivir aquí los dos solos cuesta muy caro.
Dumas necesita varios párrafos para exponer lo que a Piave resuelve en una sola línea: “Lo spendio è grande a vivir qui solinghi”. En el capítulo XIII de la novela, Prudence, una amiga de la protagonista, comenta al perplejo Armand (Alfredo, en la ópera): “Marguerite gasta más de cien mil francos al año; tiene muchas deudas. El duque le envía lo que le pide, pero no siempre se atreve a pedirle todo lo que precisa. Tampoco puede romper con el conde que le proporciona unos diez mil francos al año por lo menos (…) Con sus siete u ocho mil francos de renta usted no puede mantener el lujo de una mujer así; no bastarían ni para el cuidado de su coche (…) ¿Qué quiere que hagan las entretenidas de París para mantener el tren de vida que llevan, sin tener tres o cuatro amantes a la vez? No hay fortuna, por considerable que sea, capaz de sufragar por sí sola los gastos de Marguerite.”
Los dos negocios jurídicos que mencionábamos aparecen someramente mencionados. La venta de los bienes de Violetta en una frase de la doncella: “Per alienar cavalli, cocchi e quanto ancor possiede…”. La donación que Alfredo idea para salvar su vergüenza en aquello que Germont padre dirá a Violetta nada más conocerla: “Si, (il padre) dell’ incauto che a ruina corre ammaliato da voi”.
Los espectadores de La traviata suelen preguntarse cómo el padre, presente en escena para reprochar a Alfredo una vida escandalosa que compromete el matrimonio de su hija con el vástago de una familia bienpensante, ha podido conocer la resolución de su hijo, adoptada precipitadamente pocos minutos antes. La novela de Dumas y la pieza de teatro contienen la clave de esta elipsis.
9, Rue D’Antin
La novela de Dumas comienza con una visita que el anónimo narrador hace a un piso situado en el número 9 de la parisina Rue d’Antin, cuyo contenido va a ser enajenado en subasta. Allí habitaba Marguerite Gautier, dama de virtud fácil, a cuyo amante, Armand Duval, conocerá el autor y cuya peripecia nos relatará.
En el curso de la narración, encontraremos a Marguerite Gautier y a Armand Duval viviendo su amor en Bougival, lejos del mundo, en aparente sosiego. Pero Marguerite ha prestado a su amiga Prudence el coche de caballos, y Armand observa que el carruaje no vuelve. Lo mismo sucede con un chal de cachemire que la amiga se lleva puesto un día frío. Armand, que también ha visto a su amante escribir cartas con actitud nerviosa, revuelve los cajones de su escritorio y ve que faltan las joyas y los diamantes. Armand aborda a Prudence:
– Vamos a ver, le dije, donde están los caballos de Marguerite
– Vendidos.
– ¿El cachemire?
– Vendido.
– ¿Los diamantes?
– Empeñados.
– ¿Y quién los ha vendido y empeñado?
– Yo.
– ¿Por qué no me lo ha advertido?
– Porque Marguerite me lo prohibió.
– ¿Y por qué no me ha pedido usted dinero?
– Porque ella no quería.
– ¿A donde ha ido a parar ese dinero?
– A pagar deudas.
– ¿Entonces debe mucho?
– Unos 30.000 francos más o menos.
Y aclara que los acreedores de Marguerite, sabedores de que con su nueva vida ha cerrado la fuente de sus ingresos, han reclamado sus deudas y le apremian para que pague. “Marguerite ha querido vender todo, pero el tiempo era escaso y además yo me habría opuesto —dice Prudence—. Había que pagar, y para no pedirle dinero a usted ha vendido los caballos y los cachemires, y ha empeñado sus joyas” (…) ¡Qué razón tenía yo! ¿Cree que basta con amarse y vivir en el campo una existencia pastoril y vaporosa? No, amigo mío, al lado de la vida ideal está la vida material, y las resoluciones más castas están atadas a la tierra por hilos ridículos, pero de hierro, que no se rompen tan fácilmente”.

Viendo cómo se abre ante él un abismo de problemas, Armand decide pedir prestado dinero para devolvérselo a Marguerite y darle a Prudence el sobrante para que cubra las deudas pendientes. Cree que reduciendo gastos y ajustando sus medios podrán vivir una existencia apacible, campestre y conyugal, y que transfiriendo a Marguerite la renta que ha heredado de su madre podrá ella dejar atrás su vida anterior.
“En un segundo decidí sobre mi vida. Hice balance de mi fortuna y decidí dar a Marguerite la renta vitalicia que mi madre me había dejado y que me pareció insuficiente para compensar el sacrificio —la renuncia a su modo de vida anterior— que aceptaba. Me quedaban los cinco mil francos de renta que me pasaba mi padre, y ocurriera lo que ocurriera, tendría bastante para vivir con esta pensión anual.
No le conté a Marguerite lo que había decidido, convencido de que rechazaría esta donación. La renta procedía de una hipoteca de sesenta mil francos sobre una casa que yo ni siquiera había visto. Todo lo que sabía es que cada trimestre el notario de mi padre, viejo amigo de la familia, me entregaba 750 francos contra un simple recibo que le firmaba.
El día en que Marguerite y yo vinimos a París para buscar piso, fui al notario y le pregunté que de qué manera debía proceder para transferir esta renta a otra persona.
El buen hombre me creyó arruinado y me preguntó por la causa de esta decisión. Como tarde o temprano tenía que decirle a favor de quién hacía esta donación, preferí contarle de inmediato la verdad.
No me hizo ninguna de las objeciones que su posición de notario y de amigo le autorizaba, y me aseguró que se encargaría de arreglarlo todo de la mejor manera posible. Le encarecí la máxima discreción cara a mi padre, y fui a reunirme con Marguerite”.
Marguerite, por su cuenta, visita en París a un agente de negocios dispuesto a pagar sus deudas, darle los recibos correspondientes y entregarle 20.000 francos a cambio de todos sus muebles. Cumplidos estos trámites, la pareja regresa a Bougival libre, aparentemente, de problemas.
Unos días más tarde Armand recibe la noticia de que su padre ha llegado a la ciudad y quiere verle, lo que le llena de aprensión. El encuentro entre los Duval tiene lugar en el capítulo XX de la novela, en un piso de la parisina Rue de Provence.
– Tenemos que hablar de cosas serias. ¿Me prometes ser franco?
– Es mi costumbre.
– ¿Es cierto que vives con una mujer llamada Marguerite Gautier?
– Sí.
– ¿Sabes lo que era esta mujer?
– Una entretenida.
– ¿Y por ella has olvidado venir a vernos este año a tu hermana y a mí?
– Sí, padre, lo confieso.
– Entonces, ¿quieres mucho a esta mujer?
– Ya lo ve, padre, puesto que por ella he faltado a un deber sagrado, por lo que os pido humildemente perdón.
En el curso de la conversación, Duval padre reprocha a Armand su conducta escandalosa, cuyos ecos llegan hasta el pequeño rincón de la provincia en que habitan. Este responde: “Soy amante de la señorita Gautier, vivo con ella; es la cosa más sencilla del mundo. No le he dado el apellido que he recibido de usted, gasto en ella lo que mis medios me permiten, no tengo deudas y no me he visto en ninguna de esas situaciones que autorizan a un padre a decir a su hijo lo que acaba de decirme”.
Los reproches paternos no cesan y Armand se mantiene firme, intentando destacar la bondad y el desinterés de la muchacha: “Todo lo que hay de codicia en las otras es desinterés en ella”. Hasta el que el padre, cansado de elogios, zanja el inútil diálogo con una amenaza: “Lo cual no le impide aceptar toda tu fortuna, porque los 60.000 francos que has heredado de tu madre, y que ahora le estás dando, fíjate bien en lo que te digo, son toda tu fortuna”. Es el notario quien, traicionando la confianza de Armand, ha puesto a su padre al corriente de sus intenciones.
– Le juro, padre, que Marguerite ignoraba esta donación.
– Y ¿por qué la haces?
– Porque Marguerite, esa mujer a la que usted calumnia y a la que quiere que abandone, ha sacrificado todo lo que posee para vivir conmigo.
– Y ¿aceptas este sacrificio? ¿Qué clase de hombre eres para permitir que una señorita Marguerite cualquiera te sacrifique nada?
Armand cree que con su firmeza ha convencido a su padre, pero como los lectores de Dumas y los espectadores de Verdi saben, la pareja termina por romper y la reconciliación sólo llegará cuando la dama está a punto de expirar.
Pur tanto lusso
Decía Rodolfo Celletti que el libreto en la ópera italiana es soporte para la música escénica sin pretensiones de poesía ni de literatura5. Piave sabe encontrar en el drama de Dumas, no en la novela, los momentos de mayor efecto escénico musical. Así, la gran escena entre Marguerite y el padre de Armand, o el episodio de la fiesta en casa de Flora/Prudence, cuando Alfredo/Armand, con sus ganancias de juego, humilla a Violetta/Marguerite devolviéndole lo que ha gastado por él.
Analicemos cómo son tratados en el drama los aspectos patrimoniales de este melodrama doméstico. El momento en que Armand descubre las necesidades económicas que les apremian y la venta y empeño de los bienes de Marguerite (acto III) no precisa ser transcrito en su integridad ya que, salvo algún detalle sórdido adicional para enfatizar el estado calamitoso de las finanzas de la pareja (“los caballos se devuelven al tratante, que los toma a mitad de precio”), coincide sustancialmente con lo leído en el capítulo XVIII de la novela. Ese diálogo entre Armand y Prudence, la amiga de Marguerite, termina así:
– Sí, ¡pobre Marguerite! Demasiado buena, porque ¿quién sabe en qué parará esto? Sin contar que, no contenta con lo que ha hecho, quiere vender cuanto tiene para pagar todo lo que debe. Aquí traigo en el bolsillo un proyecto de venta que acaba de entregarme su agente de negocios.
– ¿Cuánto se necesita?
– 50.000 francos, por lo menos.
– Pues pida usted quince días a los acreedores y dentro de ese plazo lo pagaré yo todo.
– ¿Va usted a pedir prestado?
– Sí.
– ¡Qué buena idea! Pelearse con su padre, comprometer su futuro.
– Hace tiempo que temía que sucediera lo que está pasando; he escrito al notario para encargarle una transmisión de un bien heredado de mi madre, y acabo de recibir la respuesta. La escritura está extendida, y sólo queda completar algunas formalidades; hoy mismo debo ir a París a firmar (…)”

El encuentro entre Marguerite y Duval padre, momento central de la ópera verdiana, y narrado indirectamente en la novela, se encuentra en la escena cuarta del acto III. El lector familiarizado con la ópera podrá asignar a las líneas en prosa que siguen la música que Verdi compuso para el libreto.
– Mi hijo, señorita, se compromete y se arruina por usted.
– Se equivoca, señor. Gracias a Dios, nadie tiene que hablar de mí, y yo no admito nada de Armand.
– Quiere decir, porque su lujo y sus dispendios son bien notorios, que mi hijo es tan miserable como para ayudarle a gastar lo que usted acepta de otros…
– Perdone usted, señor; soy mujer y estoy en mi casa, dos razones que deberían abogar en mi favor ante vuestra cortesía. El tono con que usted me habla no es el que debía esperar de un hombre de mundo al que tengo el honor de ver por primera vez. Así…
– ¿Qué?
– Le suplico que me permita retirarme, más por usted que por mí.
– Al escucharle y ver su comportamiento me cuesta trabajo creer que sus palabras son prestadas y sus modales fingidos. Ya me habían dicho que era usted una persona peligrosa.
– Sí señor, peligrosa para mí, pero no para los demás.
– Peligrosa o no, señorita, lo cierto es, señorita, que Armand se arruina por usted.
– Repito a usted, señor, con todo el respeto que debo al padre de Armand, que está usted equivocado.
– Entonces ¿qué significa esta carta de mi notario en la que me advierte que Armand quiere poner a su nombre una renta?
– Le aseguro a usted, señor, que si Armand ha hecho tal cosa ha sido sin saberlo yo; pues sabe bien que lo que me ofreciera, lo rechazaría.
– Sin embargo, no siempre ha pensado usted de este modo.
– Es cierto, pero entonces yo no amaba.
– ¿Y ahora?
– Ahora es otra cosa. Ahora amo con toda la pureza que una mujer puede encontrar en su corazón cuando Dios se compadece de ella y le envía el arrepentimiento.
– ¡Gran frase!
-Escúcheme usted. Bien sé qué poco valen las palabras de las mujeres como yo, pero por lo que más quiero en el mundo, por mi amor por Armand le juro que ignoraba semejante donación.
– Sin embargo, señorita, usted vivirá de algo.
– Me obliga usted a decirle lo que hubiera querido callar, pero como lo que más deseo es la estima del padre de Armand, hablaré: desde que conozco a su hijo, para que mi amor no se parezca, ni por asomo, a lo que para mí significaba para mí esa palabra, he empeñado y vendido cachemires, diamantes, joyas, coches; cuando hace un momento me han dicho que alguien preguntaba por mí he pensado que se era mi agente de negocios a quien vendo mis muebles, los cuadros, las cortinas, lo que queda del lujo que usted me echa en cara. Y si usted no quiere creerlo, aquí está el documento, que no me parece que supondrá usted que he preparado para usted, puesto que no le esperaba. Lea usted [le da el contrato de venta].
– ¡Una venta de todos sus muebles, con la obligación de pagar todas sus deudas y entregarle el sobrante! ¡Dios mío! ¿Me habré engañado?
Y Duval padre sigue ahondando en el sufrimiento de Marguerite, con tiradas de frases sonoras y grandilocuentes de las que Piave y Verdi extraen uno de los dúos más célebres de la ópera romántica.
También resultará familiar al aficionado a la ópera la escena final del acto IV, con la humillación pública de Marguerite:
– ¿Ven esa mujer?
– ¿Marguerite Gautier?
– ¡Marguerite Gautier! ¿Saben lo que ha hecho? Ha vendido todo lo que tenía para vivir conmigo; con el hombre que amaba. Hermoso, ¿no? ¿Y saben lo que he hecho, yo? Me he comportado como un miserable; he aceptado su sacrificio sin darle nada a cambio. Pero no es tarde, me arrepiento y vengo a repararlo todo. Sean ustedes testigos de que he pagado a esta mujer, y que nada le debo [y le arroja billetes y monedas].
Dejando los paralelismos operísticos, nos detendremos por último en una pequeña escena del acto V en la que todavía es cuestión de dinero, de su anticipo, de la improbable devolución del préstamo, de la enajenación de bienes en nombre y por cuenta de otro. Es el día primero del año y Marguerite agoniza. Prudence le pide 200 francos para unos regalos con la promesa de devolverlos antes de fin de mes. Marguerite se los da (levantando los ojos al cielo: “Hasta fin de mes… He aquí una esperanza que me cuesta 200 francos”); y cuando la prestataria abandona la escena tiene lugar entre la agonizante y su doncella Naninne el siguiente diálogo:
– ¿Ha venido a pedirle dinero?
– Sí.
– ¿Y se lo ha dado?
– Es tan poca cosa el dinero, y tenía, me decía, tanta necesidad de él… Pero a nosotras también nos hace falta, hay que llevar los aguinaldos que te he encargado. Coge el brazalete que me han mandado, vete a venderlo y vuelve pronto (…) conoces el camino del marchante, me ha comprado bastantes cosas desde hace tres meses.
Traviata retrouvée
Este recorrido por los capítulos de la novela y las escenas del drama de Dumas nos ayudan a entender las correlativas de la ópera verdiana. La economía de medios con la que Piave condensa la acción es digna de admiración: Annina y Alfredo intercambian cuatro frases y tenemos antes nosotros las deudas de la pareja, la enajenación de los bienes de Violetta, y hasta un mandato que esta había dado a su doncella para la venta de sus bienes (y que, en los días del estreno, se habría regido en Venecia, al igual que los restantes negocios jurídicos que subyacen en el argumento, por las disposiciones del Código Civil austriaco de 1811, vigente en el reino Lombardo-Veneto, y análogas a las del Código Civil francés que gobernaba la vida de los personajes de Dumas).
Esa capacidad de compendiar párrafos enteros en una frase y de concentrar situaciones dramáticas es una de las bazas de la libretística italiana —escribe Celletti— que con su concisión da alas a los compositores6. Piave no tiene empacho en unir la enajenación de los coches, caballos y joyas con la futura entrega de sus bienes para pago de deudas; ni en hacer conocedor a Germont padre de la decisión precipitada de Alfredo de hacer una donación en favor de su amada cuando aún no ha habido tiempo de que su notario le delate. La traviata nace bajo el signo de la velocidad y de la urgencia, escribe Benedetta Craveri7. Piave, que ya había compuesto un libreto para el compromiso de Verdi con La Fenice con un argumento diferente, hace la adaptación de la obra de Dumas en dos semanas para que el maestro componga la música en cuarenta días. Por ello a ningún espectador le pueden importar estas mínimas incoherencias y discordancias cronológicas.
“Me gusta La traviata —escribió Marcel Proust—. Es una ópera que va directa al alma. Desde hace tiempo los esnobs la han colocado en el apartado de las obras menospreciables y puede que nunca se acuerden de ella. Buena cosa, ya que podrá gustarnos sin tener que explicarlo. Verdi ha dado a La dama de las camelias el estilo que le faltaba. No digo esto porque quiera hacer de menos al drama de Dumas hijo, sino porque cuando una obra dramática toca los sentimientos del pueblo, necesita música”.8
Joaquín Torrente García de la Mata es Registrador de la Propiedad y Mercantil de Gipuzcoa
Notas
1. France-Yvone Bril: Verdi. Classiques de la musique Hachette, París 1972. Traducción española de Felipe Ximénez de Sandoval, Espasa Calpe Madrid, 1975
2. Emilio Sala: Il valzer delle camelie. Echi di Parigi nella Traviata. Turín, 2008.
3. Giuseppe Verdi: Lettere. Mondadori, Milán 2000.
4. Ibid.
5. Rodolfo Celletti: Dei libretti d’opera e loro necessaria biechezza. Discoteca Hi Fi, Milán, junio 1980.
6. Rodolfo Celletti: Op. cit.
7. Benedetta Craveri: Un mondo a parte. La traviata. Teatro alla Scala, Milán, 2008.
8. Citado por B. Craveri: Un mondo a parte.
[Imagen superior: Grabado de Leopoldo Ratti para la portada de la primera edición vocal de La traviata, 1855. Harvard University Library]
(Artículo publicado como parte del dosier “Ópera y Derecho (VI)” en el nº 394 de SCHERZO, de abril de 2023)


