FESTIVAL BAL Y GAY / El caminante en el Camino

FESTIVAL BAL Y GAY / El caminante en el Camino

Vilanova de Lourenzá. Iglesia de San Salvador. 15-V-2021. Cuarteto Cosmos. Fernando Arias, violonchelo. Obras de Brahms y Schubert.Mondoñedo. Catedral. 16-V-2021. Christoph Prégardien, tenor. Daniel Heide, piano. Schubert, Winterreise.

Un fin de semana con Schubert como protagonista en lo más hermoso de la Marina lucense ha sido un lujo inesperado, un regalo del Festival Bal y Gay que ha querido anticipar su programación agosteña con tres recitales que, bien flanqueado por Beethoven y Brahms, tenían a Franz Schubert como protagonista. Un protagonismo que se quería ligar también, por mor del Xacobeo, con la figura del caminante, por más que el errabundo del Winterreise que cerró el triduo tenga poco, aun demorado en las fragas del norte de Galicia, de peregrino esperanzado hacia el Monte do Gozo. Los tres lugares elegidos eran ya una promesa. Abrió la pianista Judith Jáuregui, en sesión a la que no pudo asistir este crítico, en San Martiño de Mondoñedo y siguieron el Cuarteto Cosmos y Fernando Arias en San Salvador de Lourenzá para rematar la aventura Christoph Prégardien y Daniel Heide en la catedral de Mondoñedo.

Empecemos por el final, por la maravillosa versión de Viaje de invierno de Schubert que ofrecieron el domingo por la tarde Prégardien y Heide. Prégardien es no ya un schubertiano cumplido sino uno de los grandes de la interpretación de la canción de arte en nuestro tiempo. Y lo es por las razones que expuso en la vieja ciudad episcopal con la misma pertinencia con que lo hubiera hecho en Schwarzenberg, en Hohenems, en Vilabertran o en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela de Madrid. A sus sesenta y cinco años ejerce en plenitud el dominio de sus posibilidades, tiene muy pocos problemas de registro, resuelve agudos y graves —en Gefrorene Trämen, por ejemplo— con inteligencia y técnica sobradas y, además, ha sabido alcanzar ese grado de expresividad que sólo da la madurez, que permite ponerse en la piel de un personaje tan difícil como el protagonista de los poemas de Wilhelm Müller. Así, fue capaz de mostrarlo en esas canciones que recogen estados de ánimo cambiantes, presencia de guiños de la naturaleza, de pájaros, de vientos y tempestades: todo lo que el caminante siente, anhela y pierde, o va perdiendo por decirlo mejor. Hubo de ello por docenas, pero quizá valga como botón cuando en Der greise Kopf nuestro sesentón dijo con la plenitud no exenta de la melancolía que requiere, ese verso fundamental precisamente ahí: Dass mir’s vor meiner Jugend graut greise! (¡Mi juventud me hace temblar!). Y, naturalmente, en la conclusión, en esos dos versos que cierran un ciclo de canciones, casi una vida y un mundo, dejado todo al albur de la última música que escucha el caminante. Un final de una extraordinaria emoción que hacía innecesario, casi improcedente, un encore, aunque fuera ese Nacht und Träume que la generosidad de Pregardien y Haide regalaron al respetable con idéntica dedicación. Antes de comenzar el recital andaba por la plaza de la catedral el tenor alemán, feliz por la excelencia de la comida en Galicia y moderadamente satisfecho por la acústica del templo.  Al finalizar, la felicidad era la del que sabe que ha vuelto a ser fiel a lo que empezó siendo su vocación y ha sido su destino, su camino pues. Y no, no se nos olvida Daniel Heide, un extraordinario pianista, un sutil, delicado y técnicamente irreprochable acompañante que garantiza el relevo de los que le preceden por edad entre la nómina de los grandes.

El sábado nos convocaron en Vilanova de Lourenzá el Cuarteto Cosmos y el violonchelista Fernando Arias. Una vez más, el joven Cosmos demostró que entra con fuerza dispuesto a que, con el Casals y el Quiroga, hablemos pronto de la santísima trinidad de los cuartetos españoles, lo que, hoy por hoy, significa también estar en el mundo. Jóvenes, brillantes, concentradísimos, dueños de un concepto muy claro tanto en Brahms como en Schubert —y qué bien destacaron lo que de este podíamos hallar en aquel— su trabajo revela una indagación muy seria también, volcada en una expresividad superlativa. Sin técnica, sin ensayos, sin la búsqueda del empaste general y particular nada de eso es posible. Y es que estos jóvenes dan la sensación de que se preparan las cosas muy a conciencia. Un ejemplo: la forma de lidiar con la reverberación de la iglesia del antiguo monasterio de San Salvador. Parecía que habían tocado allí toda la vida. Luego supimos de las pruebas que habían hecho al respecto en el ensayo matutino. Y esa seriedad apareció, junto a la pasión, en sus versiones del Cuarteto op. 51 nº 1 de Brahms y del Quinteto D 956 de Schubert. En el primero mostrando unas credenciales que revelaban muy bien el entendimiento del universo de un músico que es piedra de toque en cualquier género para intérpretes y público. Y en el segundo echando el resto con una mezcla explosiva de control y exuberancia. Helena Satué estuvo simplemente maravillosa en el Andante, sin que la dificilísima línea flaqueara ni un momento y la presencia de Fernando Arias, un músico de muchos quilates, como segundo violonchelo, dio ese plus de hondura que pide obra tan gigantesca.  Cada vez menos una revelación este Cosmos y cada vez más una realidad bien feliz.

(Fotos: Maider Pumariño)