FERROL / Serenatas en la tempestad

FERROL / Serenatas en la tempestad

Ferrol. Auditorio. 20-XII-2019. Real Filharmonía de Galicia. Director: Jaime Martín. Obras de Mozart y Brahms.

La suma de lo lejos que el Auditorio de Ferrol queda del centro —y eso que la Sociedad Filarmónica Ferrolana, a cuya actividad pertenecía la cita, pone autobuses a sus socios— y la tempestad reinante ayer —día, además, de plenas compras navideñas— en la ciudad departamental dio como resultado una muy floja entrada en el que, sin embargo, habrá de ser seguramente uno de los mejores conciertos de la temporada gallega. Empezando por un programa de enorme atractivo que proponía dos maneras de concebir una forma tan engañosa —en las manos de sus autores— como la serenata a través de dos obras separadas por ochenta años y unas cuantas generaciones. Dos obras que, además, figuran en lugares señeros en los catálogos de sus creadores, nada menos que la Serenata “Posthorn” de Mozart y la Serenata nº 1 de Brahms.

En la Posthorn, y aún más que en la Haffner, aflora la evidencia de que nada es lo que parece aunque no deje de parecerlo: ese punto de partida de la celebración, seguramente al aire libre, probablemente académica, que la originara y, a la vez, la hondura aquí y allá, el detalle profundamente serio en este pasaje o en el otro, esa veta multívoca que hace tantos años nos enseñaran los Massin y fuimos aprendiendo de unos cuantos intérpretes excelsos. La versión de Martín y la orquesta compostelana —presente en su genética la huella mozartiana de Ros Marbá— estuvo dicha desde el equilibrio entre energía y elegancia —el Adagio-Allegro del principio fue toda una declaración de intenciones—, matizando lo galante cuando aparece pero sin llegar a dramatizar lo que no es tal. Laurent Blaiteau, Christina Dominik y Javier Simó fueron, respectivamente, lucidos solistas de flauta, oboe y posthorn.

En Brahms —Martín ha grabado las dos serenatas de hamburgués con su orquesta sueca, la Sinfónica de Gävle, para Ondine, firmando una referencia— quizá lo más interesante fuera, partiendo de la base de la gran respuesta orquestal, el modo de situarse en el lugar en el que se encontraba el compositor en aquel momento, en su horizonte pero sin olvidar el punto de partida, con ese carácter experimental, de pasos todavía temerosos a la hora de encarar una primera sinfonía que aún tardará. Y por eso también la suma de frescura y ambición, de intenciones y resultados, de pruebas y errores que culminan en una pieza de enorme atractivo desde ese prodigio de invención que es su Allegro molto de apertura. Para Martín triunfa sin duda el impulso sobre la precaución; se imponen, desde la lógica y lo sensible, la libertad y la luz.

El concierto fue estupendo. Desde el arranque hasta el final no bajó un punto la intensidad con la que la Real Filharmonía y Jaime Martín se tomaron su trabajo. Aquella está en un excelente momento de forma y este ha cuajado en un formidable maestro, claro y expresivo, expansivo en una gestualidad capaz, por ejemplo, de conducir una frase desde su origen a su conclusión, de una familia instrumental a otra con toda naturalidad, en un vuelo completo de la mano izquierda que recorre la orquesta e ilustra al espectador.

A tan buenos resultados ha de contribuir también el conocimiento del medio que Martín —gran flautista en su día en orquestas no menos grandes y al mando de nombres ilustrísimos— posee después de tantos años de atril. Fue en este sentido bien significativo verle, una vez concluido el concierto, salir a escena mientras el público abandonaba el auditorio para charlar animadamente con los músicos que quedaban en el escenario —maderas y metales. Y es que, como en todo, cuando hay buenas vibraciones se nota. También en este arte tan dado a la autoridad como rito y como tópico, ambos ridículos.