Vladimir Jurowski: “Sigo escuchando discos antiguos, principalmente vinilos, e incluso discos de pizarra”

En la categoría de Ópera en Vídeo, el jurado de los ICMA ha otorgado su galardón correspondiente a 2024 a una producción que suscitó intensos debates entre la crítica: Die Fledermaus, presentada en Múnich en diciembre de 2023 bajo la dirección escénica de Barrie Kosky, con Vladimir Jurowski en el foso y un elenco encabezado por Diana Damrau, Georg Nigl, Martin Winkler y Katharina Konradi. Anastassia Boutsko, del medio Deutsche Welle, conversa con Jurowski sobre este reciente reconocimiento.
¿Le agradó recibir el premio ICMA en la categoría Ópera en Vídeo?
Más que agradarme, me sorprendió mucho. No todas las críticas que ha recibido esta producción han sido positivas. Algunas apuntaban directamente al aspecto musical, especialmente las de los críticos de Múnich, que no parecieron nada entusiasmados con mi personal aproximación a la música de Johann Strauss. A veces tengo la sensación de que se aferran a recuerdos idealizados de épocas pasadas, sin tener muy claro cómo fueron realmente. Yo crecí escuchando la grabación que Carlos Kleiber realizó precisamente en Múnich, y de hecho estudié a fondo su tratamiento de la orquesta, que utilizamos como base. Conozco cada nota, sé exactamente lo que hizo y dónde lo hizo. Pero, naturalmente, yo también hago algunas cosas de forma diferente, aunque mi interpretación está claramente —y de forma muy consciente— inspirada en la suya.
¿Cuaés fueron las razones que le llevaron a decidirse -a usted y a Barrie Kosky- a montar esta opereta? ¿Tiene algo que ver con el aniversario de Strauss?
En realidad, ni siquiera había pensado en el aniversario; me enteré hace poco. Lo que ocurrió es que Barrie Kosky y yo queríamos abordar otra vaca sagrada aquí en Múnich, después del enorme éxito que tuvimos con El caballero de la rosa, que hicimos juntos en 2021. Por eso decidimos abordar Die Fledermaus, una obra que dirigí por primera vez a los 25 años en la Komische Oper de Berlín, en una producción de Harry Kupfer que posteriormente retomé. Los ensayos estaban a cargo de mi entonces jefe, Jakob Kreuzberg. Ya en 2003, lancé mi propia producción de Die Fledermaus en Glyndebourne. Más adelante, hicimos otra versión en la Opéra Bastille de París.
¿Qué tiene de especial Die Fledermaus para usted? ¿Por qué una sátira social escrita hace 150 años sigue resultando relevante hoy en día?
Porque se trata precismente de una de las sátiras más despiadadas que existen. No hay en ella personajes realmente simpáticos. Todos están corrompidos de alguna manera y se comportan mal, pero al mismo tiempo resultan increíblemente carismáticos y entrañables, quizá precisamente por sus imperfecciones humanas. Y más allá de esa capa satírica superficial, la música es realmente sublime. A ratos recuerda a Mozart y a Schubert, y también guarda mucha afinidad con Offenbach. Es como una respuesta vienesa a Offenbach: una comedia musical con auténtica profundidad, como solemos decir.
¿Y dónde ve usted esa profundidad?
La historia es lo que es: maliciosa, cínica, desprovista de amor, aunque saturada de deseo. Un deseo tan palpable que casi se puede oler. Toda la obra está impregnada de hormonas humanas, masculinas y femeninas. Pero la música posee al mismo tiempo una profundidad asombrosa. Y ese es el milagro de Johann Strauss: escribe cosas sarcásticas o frívolas, pero con una música tan hermosa que uno querría escucharla en el cielo, una vez llegado allí. Recuerdo que mi maestro solía decir: “Cuando muera y vaya al cielo, espero poder escuchar música de Johann Strauss todos los días”.
¿Qué es lo que, según usted, define a este compositor?
Por un lado, Johann Strauss hijo es una figura un tanto marginal en el firmamento actual de la música clásica. Pero, al mismo tiempo, fue una figura central en el siglo XIX. Sabemos que fue admirado —e incluso envidiado— por compositores ilustres y mundialmente reconocidos, no solo por su éxito, sino también por la calidad de su música. Entre ellos están Wagner, Brahms y Liszt.
¿Y cuál cree usted que es el secreto de su éxito?
Sin duda, la calidad de su música. Nadie fue tan brillante como Johann Strauss. Asimiló todos los desarrollos musicales de su época y logró crear piezas que incorporan influencias de Offenbach, Verdi e incluso Wagner. Y estaba al tanto de la música rusa, de Berlioz y de todos los demás, pero aun así siempre se mantuvo fiel a sí mismo. Para mí, es una figura comparable a George Gershwin en el siglo XX: alguien que sigue un camino personal muy claro, pero plenamente consciente de todo lo que ocurre a su alrededor. Quiero decir: Gershwin conocía perfectamente el círculo de Schoenberg, así como a Rachmaninov o a Stravinski, pero nunca intentó componer como ellos. Simplemente escribió su música y tuvo éxito con ella.
Estamos conversando aquí en Múnich mientras la política mundial parece convertirse en un teatro del absurdo. ¿Qué siente usted al entrar hoy en día al foso de la orquesta?
Lo mismo que he sentido desde hace ya mucho tiempo, o quizá desde siempre: el mundo está en una situación precaria, en manos además de gente que no es buena. Pero tenemos que hacer algo para que el día termine con una nota positiva, y ofrecer al público un poco de esperanza, un poco de buen humor.
Interesantes palabras. Para terminar, cambiando un poco de tema: ¿sigue escuchando CDs?
Sí, sigo escuchando tanto CDs como LPs. Debo tener cientos, quizás miles. Además, tengo un buen tocadiscos y un amplificador de válvulas. Cuando tengo tiempo y estoy en casa, enciendo el amplificador y espero entre treinta y cuarenta minutos a que se caliente. Entonces escucho discos antiguos, principalmente vinilos, e incluso discos de pizarra.
Anastassia Boutsko


