Ermonela Jaho: “Cada noche salgo al escenario como si fuera la última vez”

La soprano albanesa Ermonela Jaho, una de las grandes estrellas de la lírica de nuestros días, ha sido nombrada Artista del Año 2023 por el jurado de los Premios Internacionales de Música Clásica (ICMA). Una gran oportunidad, sin duda, para mantener una conversación en profundidad con una artista de primer nivel sobre el arte, la música, los sacrificios, el duro trabajo que hay que realizar constantemente y, por encima de todo, sobre las emociones y el poder de la vulnerabilidad. Irina Cristina Vasilescu, de Radio Romania Muzical, miembro del jurado de los ICMA, mantuvo una conversación telefónica con Ermonela Jaho en Sydney, donde la cantante se encontraba ensayando sus actuaciones en Adriana Lecouvreur. Su ambición y generosidad se palpan en cada una de sus respuestas.
Me gustaría repasar brevemente algunos de los momentos más importantes de su vida profesional. He leído en alguna parte que de niña quería ser cantante de pop. ¿Es cierto?
Sí, es cierto. Cuando eres niño esa es la música que más te impacta y quieres hacerte famoso inmediatamente; esos sueños empiezan así, como un juego. Y así empezó, pero después me di cuenta de que mi alma pertenecía a la música clásica.
Por lo que sé, fue una producción de La traviata que vio en Tirana la que cambió su perspectiva y replanteó toda su vida. ¿Qué le impresionó a la joven Ermonela en esta obra maestra verdiana?
Es interesante que me pregunte esto ahora, porque yo me preguntaba lo mismo hace muy poco, después de mi última representación de La traviata en el Metropolitan de Nueva York. Volví a ese momento, cuando era tan joven y vi mi primera ópera. Tenía catorce años. Empecé a cantar con nueve años, y ya se lo he dicho, quería convertirme en una estrella del pop; pero cuando cumplí trece, quise estudiar música a nivel profesional, y en concreto el canto. Fui a hacer una audición para el Liceo de Artes de Tirana, donde estudié desde entonces.
Como quería observar la forma de cantar música clásica, fui a nuestra Ópera (la única que tenemos en Albania) y el espectáculo era La traviata (cantada en albanés). Me enamoré al instante, ¡fue mágico! No puedo explicarlo con palabras; todo me conmovió, la obertura, la historia, el drama, la tragedia. Fue algo que conectó inmediatamente conmigo y cuando terminó la velada me dije a mí misma (y a mi hermano, que estaba conmigo): ahora sé que quiero ser cantante de ópera y no quiero morirme sin cantar este papel al menos una vez en mi vida. Y la semana pasada canté mi Traviata número ¡306! Estaba tan orgullosa (y lo digo con humildad) de haber hecho realidad mi sueño… Lo deseaba con toda mi alma.
Esa fue la primera etapa de su formación musical. Después, en 1994, fue a Italia a estudiar en la Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma. ¿Quiénes fueron sus mentores?
En 1993 gané un concurso de canto y, por primera vez en mucho tiempo, Albania se abrió al mundo, así que Katia Ricciarelli vino a Albania y eligió a cinco cantantes de ópera (estudiantes y profesionales) para una clase magistral en Mantua. Después de esta experiencia quise quedarme en Italia, porque vi la primera luz en el camino de realizar mi sueño. Después, en Santa Cecilia, estudié con Valerio Patteri, pero también trabajé con Paolo Montarsolo, el gran bajo buffo italiano. Sigo teniendo un profesor de canto, en Nueva York, porque seguimos siendo alumnos para siempre. Incluso si ya tienes éxito, siempre es una buena idea seguir estudiando, depurar un poco las cosas, técnicamente hablando, porque en el escenario las emociones pueden apoderarse de una.
Usted nació en Albania, luego estudió y vivió en Italia, y desde hace unos años Nueva York es su hogar. Es decir, que pasó de un (antiguo) país comunista a uno europeo libre y luego cruzó el Atlántico hasta Estados Unidos. ¿Cómo percibía usted el mundo musical en estos tres entornos y momentos tan diferentes en el tiempo?
Cuando estaba en la Albania comunista me lo guardaba todo en mi interior. Todos los que me rodeaban se guardaban sus opiniones, no se expresaban mucho, por miedo. De modo que la música se convirtió en mi forma de canalizar lo que sentía y me ayudó a construir un alma torturada, me hizo más vulnerable, y eso ayuda cuando eres artista. Cuando ves mucho sufrimiento puedes ofrecer al público una experiencia más exuberante de ello, porque lo has vivido. Siempre he pensado que para ser un verdadero artista hay que tener un alma torturada. Y, además, tenía un gran sueño, que por entonces parecía imposible; quería cantar algún día en La Scala y en otros grandes teatros de ópera del mundo. De modo que ganar el concurso, ser seleccionada por Katia Ricciarelli e ir a Italia fue el primer paso hacia mi sueño. Cuando me fui de Albania tenía 18 años y echaba de menos mi país, y sobre todo a mi familia. Pero me fui, con un gran sueño y los bolsillos vacíos.
Trabajé muy duro y estuve al borde de la depresión, pero mi pasión era enorme, ¡estaba desesperada por conseguirlo! Tal vez también porque en la música cifraba mi libertad. Hubo momentos en los que quise rendirme, volver a casa, momentos en los que pensé que era demasiado difícil, pero entonces el otro pensamiento que tenía me dijo que, si el sueño es tan grande, quizá el sufrimiento también tenía que serlo. Así que me dije que tal vez tenía que sufrir para hacerlo realidad. Siempre hay un precio que pagar.
Me presenté a concursos, que también me ayudaron económicamente, y entonces conocí a mi primer agente, y gracias a los concursos que había ganado tuve la posibilidad de debutar. En cuanto a estos tres mundos, recuerdo que de joven me preguntaba por qué no había nacido en algún país con más posibilidades económicas. Pero ahora comprendo que lo que entonces era mi carta más débil ahora es mi carta más fuerte, porque mi experiencia vital, el sufrimiento y los sacrificios me enseñaron el sentido de la vida y me conectaron con los personajes que cantaba. No es sólo la voz, porque todos los años aparecen muchas voces muy bonitas. En mi caso fue mi propia experiencia vital la que dio a mi voz el color necesario y me convirtió en la artista que soy hoy. Creo en todo lo que hago: cuando lloro, lloro de verdad; cuando sufro, seguro que es porque vuelvo a mi pasado y a este duro viaje que tuve que realizar.
Usted es una artista que logra conectar realmente con el público y sus actuaciones son siempre muy intensas, tanto desde el punto de vista vocal como actoral. ¿Cómo consigue mantener esa distancia necesaria que le permite cantar, actuar, esa distancia que permite a todo artista auténtico llegar hasta el final de una actuación sin perderse en la emoción desnuda?
En un principio, yo era mitad y mitad: cincuenta por ciento de control y cincuenta por ciento de dejarse llevar. Ahora, después de casi treinta años de carrera profesional, para serle sincera, salgo al escenario con la idea de dejar que la actuación sea hermosa. Tiene que ser un viaje espiritual. Así que me dejo llevar. Desde que hice mi primera Suor Angelica, que fue una experiencia muy personal, salgo al escenario en cada ocasión como si fuera la última vez. Por supuesto, tengo que hacer a diario los deberes, técnicamente hablando. Necesitas ese tipo de preparación; porque podemos hablar de emoción, de dejarse llevar, pero es necesario poseer ese control técnico que te permite hacerlo. Cuanto más fuerte sea la técnica, más libertad tendrás para expresarte. Hoy en día lloro realmente en el escenario, ya no puedo controlarlo. Por supuesto que hay un cierto control, porque tienes que respirar, tienes que terminar la ópera. Pero se trata de algo más real y me aporta otra dimensión, en la que no soy sólo una intérprete; me llevo a mí misma al límite, es una especie de éxtasis, casi me convierto en la misma persona que el personaje que estoy cantando. Esto a veces es muy duro y se vuelve adictivo, porque es mágico. De repente desaparecen las dificultades con los agudos, con la técnica, porque te conviertes en el personaje en este viaje espiritual. Y con cada personaje me descubro a mí misma y profundizo cada vez más. En el escenario me siento muy afortunada porque puedo dejarme llevar, es la mejor terapia. Cuando salgo a escena me acepto con mis puntos fuertes y mis puntos débiles. Ya no pienso en si al público le gustará o no mi interpretación, ni en ese legato, ni en esa frase, ni en ese forte. En esos momentos pienso que cada forte, cada pianissimo representa los colores del alma que estoy cantando. Ahora estoy ensayando Adriana Lecouvreur en Sydney y lloro incluso en los ensayos. Creo que soy más Adriana que Mimì. Estoy muy contenta de cantar ahora este repertorio -es mi tercera producción de Adriana– y es tan conmovedor porque puedes observar lo vulnerables que son los artistas. Pudimos comprobarlo durante la pandemia; pasamos de estar en el escenario, ser aplaudidos por el público en todas partes del mundo a, de repente, ver cómo todos los teatros de ópera se cerraban a cal y canto. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo delicada que es esta profesión. Así que ahora disfruto de cada momento, incluso durante los ensayos.
Me gustaría volver un momento a Suor Angelica, un papel clave en su trayectoria, para que pueda compartir con nosotros esa extraordinaria experiencia artística y emocional desde su punto de vista
Ya le he dicho que fue algo muy personal que cambió mi perspectiva como artista. Porque en ese periodo, cuando abordé por primera vez el papel, perdí a mis padres y, extrañamente, me sentí insensible, no podía llorar. Creo que en ninguna etapa de nuestras vidas estamos preparados para perder a nuestros padres, que son el núcleo de nuestras vidas. En ese momento la Royal Opera House de Londres se puso en contacto conmigo, porque la artista que debía cantar Suor Angelica abandonó la producción y faltaban ocho o nueve días para el estreno. Me preguntaron si podía incorporarme. Fue el destino, porque no tuve tiempo de pensar si estaba preparada o no. Les dije que no conocía la ópera, que no la había cantado en mi vida. Pero acepté el reto de estudiar el papel en tan solo una semana. Me aprendí la ópera, fui a los ensayos y no dije ni una palabra en Londres sobre mi reciente pérdida, porque no quería que la gente lo supiera, no quería que sintieran lástima por mí. De modo que seguí ensayando y cuando salí al escenario -nunca lo olvidaré- sucedió algo mágico. En el momento en que la Zia Principessa le dice a Angelica: ‘tu hijo ha muerto’, en ese mismo momento, lloré por primera vez por mis padres. Lloré como una niña, sin poder parar. Antonio Pappano me miraba y se preguntaba si estaba actuando o siendo real, ya que nadie conocía la pérdida que acababa de sufrir. Y en ese momento seguí cantando Angelica, pero no como la joven madre que pierde a su hijo, sino como Ermonela, la niña pequeña que había perdido a sus padres.
Yo era lo contrario, pero el dolor era el mismo y, créame, muy real. Por primera vez no pensé en la voz, ni en las notas, solo necesitaba sobrevivir delante de todo el mundo, en medio de ese dolor. Al final, para abreviar, fue un éxito, pero en realidad durante esa velada estaba llorando a mis padres en el escenario. Esa noche no dormí, y al día siguiente volví poco a poco a la realidad. En las reseñas que aparecieron en la prensa, todos los críticos hablaban de la emoción, poniendo por las nubes mi actuación. Así que me dije: no tengas miedo de mostrar tu emoción. El público necesita la verdad, y la verdad no siempre es bella. Y esto cambió mi vida y también mi carrera. A partir de ese momento decidí no aspirar a nada más que a ser sincera conmigo misma y con el público.
¿Cómo se recupera de sus actuaciones, que deben ser muy agotadoras emocionalmente para usted? ¿Sufre de insomnio, al estar tan cargada de adrenalina incluso después de terminar la velada?
Tengo insomnio, a veces no duermo en toda la noche, aunque tome algo que me ayude. A veces la adrenalina es tan alta que ninguna pastilla funciona, de modo que lo que hago es hablar con mi marido, que es también mi mejor amigo. Pero, por supuesto, no se puede hablar toda la noche. Y después… Es duro, porque tienes que volver a la realidad. A veces me siento tan agotada que me cuesta mantenerme en pie. Sin embargo, aunque ya no soy tan joven, creo que ahora puedo recuperarme mejor, ya que no tengo tantas expectativas; las únicas que tengo son las que tengo de mí misma. Me ayuda más decir: “Esta noche lo he hecho lo mejor que he podido. ¿Podría haber sido mejor? Por supuesto. Porque esa aspiración a la perfección siempre existe. Pero al menos esta noche he dado lo mejor de mí”. Cuando apareces delante de miles de personas, por supuesto que te van a juzgar, así que este tipo de pensamiento, dar lo mejor de ti en cada ocasión, te ayuda.
Hablando de recuperación y autoprotección, siento la necesidad de preguntarle si el negocio de la ópera (porque no sólo nos referimos al arte) le hizo desarrollar una parte más cínica de sí misma. ¿Siente alguna vez la necesidad de protegerse?
Por supuesto. Puede llegar a ser duro. Además, este negocio, este mundo, ha cambiado tanto a lo largo de los años… Por eso ya no tengo expectativas, por eso siempre canto como si fuera mi último día en el escenario. Creo que es mi deber hacerlo. Y sí, los tiempos cambian, es muy difícil conseguirlo, pero si luchas duro nada es imposible. Siempre que doy clases magistrales (en Albania o en otros países) lo digo y comparto mi experiencia. Quiero ayudar a la nueva generación, darle esperanza. Una de nuestras luchas es mantener vivos el arte y el alma, en un mundo que se ha vuelto bastante superficial. Y creo que podemos mantenerlo vivo con nuestra supuesta “debilidad”, con nuestra vulnerabilidad. Por desgracia, observo que la generación joven tiene miedo de mostrar su vulnerabilidad, porque piensan que si exponen su punto más débil alguien se va a aprovechar de ello. Pero el artista es un alma torturada, y sólo un alma torturada puede aportar esa humanidad que anhelamos. La música clásica es mágica, es un viaje espiritual. Aunque, por supuesto, todo ello necesita como base el trabajo duro y una técnica sólida.
Usted es una de las cantantes favoritas en el universo actual de la ópera y la música clásica en todo el mundo, y recientemente ha sido nombrada Artista del año 2023 por los ICMA. ¿Qué estaba cantando cuando recibió la noticia y qué sintió al recibir el premio?
Estaba en el Met, cantando Traviata, y cuando leí la noticia me emocioné tanto que lloré. No me lo esperaba. Eran lágrimas de alegría, porque pensé que había hecho algo bueno. Para mí eso significa que el público puede leer mi propia alma, significa que con mis límites y mis posibilidades consigo llegar a la gente. Estaba muy contenta y, sinceramente, quería abrazarme a mí misma, porque suelo ser bastante dura conmigo. Tuve que serlo, sobre todo en mi juventud; viniendo de Albania, sentía que tenía que luchar tres veces más que los demás. Obtener este reconocimiento… Sólo quería abrazarme a mí misma y felicitar también a la joven Ermonela. Quería decirle: “¡Mira, has hecho algo bueno!”. Fue muy emotivo, me hizo volver atrás, echar un vistazo a toda mi vida. Hay tantos otros grandes artistas, tantos cantantes magníficos en todo el mundo… así que recibir este premio me hizo sentir muy privilegiada y feliz.
Enhorabuena. Parece que la joven Ermonela ha conseguido cumplir todos sus sueños. ¿Con qué sueña hoy la Ermonela adulta?
Sé que puede parecer extraño, pero ya no tengo sueños. Me siento muy afortunada de haber llegado hasta aquí, ¡de haberlo conseguido! Por supuesto, me ayudaron todas las personas que conocí, los concursos, el trabajo duro, incluso los errores que cometí, la experiencia, todo. Ahora me gustaría disfrutar un poco más de todo esto. Quiero ser un poco más amable conmigo misma, quererme un poco más. También me gustaría compartir mi experiencia con la generación más joven.
Irina Cristina Vasilescu


