En los cien años de Fedora Barbieri

En los cien años de Fedora Barbieri

Se han cumplido cien años del nacimiento de la eximia mezzosoprano Fedora Barbieri, que vino al mundo en Trieste el 4 de febrero de 1920. Estudió allí con Federico Bugamelli y Luigi Toffolo. A este último lo recordamos en Madrid años ha al frente de la Orquesta del Palazzo Pitti de Florencia. Fue precisamente en esta ciudad, en la escuela del Comunale, y más tarde en Milán con Giulia Tess, donde continuó su formación la artista, que debutó muy joven cantando Fidalma en Il matrimonio segreto de Cimarosa, el 4 de noviembre de 1940. Al día siguiente, encarnó a un personaje totalmente opuesto, como el de Azucena de Il trovatore de Verdi, que sería una de sus grandes y más celebradas creaciones en el futuro. Con ello demostraba ya su flexibilidad. Se la consideró inmediatamente heredera de Ebe Stignani, una mezzosoprano histórica, aunque de características diversas y con la que coexistió todavía durante años.

Al poco intervino en el estreno de Don Giovanni di Manara de Alfano y participó en la Armida de Gluck (Mayo Florentino, 1941). Y estuvo presente en importantes exhumaciones monteverdianas: Ritorno d’Ulisse in patria, transcrita por Dallapiccola, y Orfeo, transcrita por Frazzi (Cremona, 1942 y 1943). Apareció igualmente en Il Flaminio de Pergolesi (Siena, 1942). Su debut en la Scala fue en la parte de Meg Page de Falstaff de Verdi en ese año: 1942. Fue uno de los miembros del equipo scaligero que viajó por Alemania y Bélgica con esta ópera como bandera, aunque en este caso cantaba Quickly al lado de Mariano Stabile.

Enseguida incorporó a Angelina de La Cenerentola de Rossini (1946). Y dio el salto a América. En años subsiguientes triunfó en el Met, en donde estuvo presente hasta 1977. Como acontecimientos importantes de su carrera en ese intervalo temporal pueden señalarse: Dalila en la Scala con Sabata, 1952; Medea con Callas en el mismo coliseo, 1953; exhumación de Don Sebastiano de Donizetti en Florencia, 1954; Giulio Cesare de Haendel en Roma, 1956; estreno de Il linguaggio dei fiori de Renzo Rossellini en la Piccola Scala, 1963. En 1981 aún cantaba Zita de Gianni Schicchi en Torre del Lago y, en 1991, Mamma Lucia de Cavalleria en Florencia. Murió en esta ciudad el 4 de marzo de 2003.

La voz era mórbida, oscura, rica, igual, extensa (del Fa grave 2 al Si agudo 5; más de dos octavas). Musicalmente correcta, temperamental e intensa. Dicción insinuante, amplitud, volumen, rotundidad emisora. No era una exquisita, una sutil servidora de los significados ocultos de los pentagramas, sino una defensora potente de los puntos más evidentes, más a flor de piel de los personajes, que encaraba con decisión y firmeza, con prestancia y buen juego escénico, aunque era de pequeña estatura. Pero la vibración de su canto, las redondas sonoridades de su ancho centro, de sus sólidos agudos y de sus bien apoyados graves, es decir, elementos que otorgaban a sus interpretaciones una fuerza y fisicidad impresionante, captaban rápidamente la atención.

Era un torbellino que no se paraba en finuras. Una instintiva y perfecta servidora por tanto del melodrama en toda su dimensión, en toda su pasión. Artista extravertida, vigorosa, de registros menos variados que los de una Simionato, pero de un poder de penetración de mayores kilates. Lauri Volpi hablaba, después de verla como Amneris en las Termas de Caracalla en 1947, de su “manera de andar de lado, los antebrazos pegados a las caderas, con la elegancia del paso rítmico y ágil. Un placer para los ojos y un gozo para el espíritu. Una voz finalmente proporcionada al cuerpo, mientras el signo de la mesura presidía la interpretación canora. Todos en aquella tórrida noche estival, entre el perfume de los mirtos y de los pinos, en la presencia de ruinas vetustas y eminentes, aplaudieron a la revelación”.

Una revelación que perdería pronto su discreción inicial y cuya voz La voz sería ampliamente recogida tanto en grabaciones de estudio como en tomas realizadas en los más variados escenarios. Anotamos la famosa Medea de Cherubini al lado de Callas dirigida por Bernstein; el citado Don Sebastiano de Donizetti; un curioso Orfeo y Euridice de Gluck con Furtwängler en el foso; una imponente Gioconda de Ponchielli al lado de Callas —¡qué dúo del segundo acto! — bajo la batuta de Votto… Y una impresionante serie de registros verdianos, todos en estudio: Aida junto a Milanov, Björling, Warren y Christoff (¡ahí es nada!), Il trovatore gobernado por Karajan de nuevo al lado de Callas, aquí con Di Stefano y Panerai como colegas, y, también con el director salzburgués Falstaff (Quickly). Y un soberano Requiem verdiano de Toscanini (RCA). Algunos vídeos nos permiten verla en escena ya mayorcita: Cavalleria rusticana (Mamma Lucia, film de Zeffirelli) y Rigoletto (Giovanna, film de Ponelle).

En Madrid solo la recordamos en dos ocasiones, ambas en el Teatro de la Zarzuela. La primera como impetuosa Azucena de Il trovatore en el primer Festival de la Ópera organizado por la naciente en aquella época Asociación de Amigos de la Ópera. Fue el 13 de mayo de 1964 en una función en la que aparecía acompañada de Marcella de Osma, Flaviano Labó (muy interesante tenor), Enzo Sordello y Julio Catania. La segunda, con motivo de un homenaje rendido a Montserrat Caballé, en el que se celebraba la presentación, veinticinco años atrás, en ese recinto de la soprano catalana. Entre otras venerables figuras estaban nuestra mezzosoprano y un valetudinario Giuseppe Di Stefano. Una y otro hicieron diversas gracietas, aunque no cantaran gran cosa.