En la muerte de Michael Tilson Thomas: irse para volver siempre

Hace años, cuando uno llegaba al Aeropuerto Internacional de San Francisco lo primero que veía era un gran cartel de Michael Tilson Thomas (MTT) invitando a los conciertos de la Sinfónica de la ciudad (SFS). El director californiano, nacido en Los Ángeles en 1944, en una familia de actores judíos procedentes de Ucrania, los Thomashefsky, era la viva imagen de la música en la Bahía, representando, además, los valores de cultura, de tolerancia y de libertad establecidos sobre todo después de aquellos tiempos del Summer of Love, las fotos en Haight Street, la algo ampulosa canción de Scott Mckenzie o aquella fabulosa Amoeba, catedral suprema de las tiendas de discos del universo.
MTT —como le llamaba todo el mundo— llegó a San Francisco después de haber sido titular en la Filarmónica de Buffalo y asistente de William Steinberg en la Sinfónica de Boston, donde comenzó lo que luego sería una rutilante carrera discográfica que incluye grabaciones de referencia de, y no sólo, Mahler, Stravinski, Prokofiev, Bernstein, Chaikovski, Ives o Debussy, además de un lejano pero muy interesante ciclo Beethoven con la English Chamber Orchestra —en Madrid hizo una formidable Quinta con la Philharmonia creo recordar que en 1995. Era el mismo año en que dejaba a una Sinfónica de Londres de la que había sido responsable desde 1988 —recuerdo unos comentarios de su sucesor, Colin Davis, hablando maravillas del trabajo de su colega— para hacerse cargo de la SFS, una formación que había tenido a Herbert Blomstedt —que cumplirá los noventa y nueve el 11 de julio— como director los diez años anteriores. De paso adquiría el estatus de ser el único estadounidense titular de una orquesta de primera categoría en su propio país.
La conexión entre MTT y la ciudad de San Francisco fue inmediata, como el crecimiento artístico y la influencia de la orquesta. El maestro lo era también a la hora de socializar y ya sabemos la importancia que eso tiene en la vida cultural de Estados Unidos. Por eso fue también capaz de convencer a unos cuantos donantes para fundar la New World Symphony en Miami con una vocación muy clara de apoyar a los jóvenes músicos.
MTT era un comunicador nato. Recuerdo un concierto en el Davis Symphony Hall dedicado a Leonard Bernstein, y cómo introdujo la sesión en conversación con el mayor experto en su mentor, Humphrey Burton y con la presencia, como invitada muy especial, de una de sus hijas, Nina. Y ahí quedará su papel de narrador en Keeping Score, la ejemplar serie de documentales sobre obras cruciales del repertorio, producido por la propia SFS. En 1994, la editorial londinense Faber & Faber publicaría Viva Voce, un libro de conversaciones en el que MTT repasa su vida y sus intereses artísticos con el crítico Edward Seckerson.
Pero quizá lo más importante para él fuera la creación, su trabajo como compositor inevitablemente oculto por su éxito como brillantísimo director de orquesta. MTT fue un creador libérrimo, capaz de irradiar con inteligencia todo lo que asimilaba, filtraba y acababa por concentrar. Su álbum Grace, con el que celebraba su octogésimo cumpleaños reuniendo todas sus composiciones, es una fuente inagotable de emociones, sobre todo en lo que revela de las relaciones entre su música y la literatura que amaba.
Sus movimientos y su gestualidad en el podio eran inconfundibles y extraordinariamente comunicativos. Su SFS sabía perfectamente por dónde iban a ir las cosas pero, al mismo tiempo, era perfectamente consciente de cómo su maestro dejaba siempre un margen para la imaginación del momento. Su técnica de batuta le permitía controlar dinámicas, agilizar texturas y diferenciar planos siempre en aras de una claridad que atravesaba todo su discurso. Y quizá haya sido en su último Mahler, el que grabó con la SFS —fue desde siempre un magnífico mahleriano— donde hayan aparecido esos rasgos más en plenitud. Ah, y un dato de alguien que peina canas y que estuvo allí: los días 3, 4 y 5 de diciembre de 1971, Michael Tilson Thomas y la Orquesta Nacional estrenaban en España, en el Teatro Real de Madrid —entonces sala de conciertos— la Novena Sinfonía de Gustav Mahler en sesiones memorables.
En 2021, le fue diagnosticado un tumor cerebral, lo que le obligó a reducir drásticamente su actividad. El año anterior había sido nombrado Esa Pekka Salonen como su sucesor en San Francisco. A muchos habituales a sus conciertos nos parecía que habría de ser muy complicado para la SFS encontrar alguien capaz de proseguir el trabajo de MTT, de sustituir su estilo. El elegido parecía estar en sus antípodas y los idilios vividos intensamente no son tan fáciles de repetir. Las cosas se rompieron entre la administración de la orquesta y Salonen y hoy es el día —desde junio de 2025 cuando este terminó su contrato— en el que aún no se ha encontrado un nuevo director titular para una de las orquestas, en teoría, más poderosas de Estados Unidos.
El 26 de abril del año pasado daba MTT el último concierto de su vida —en San Francisco, como no podía ser de otra manera a pesar de cualquier pesar— y hace dos meses, el 22 de febrero, fallecía su marido, Joshua Robison, compañero de muchos años y que había sido su sostén en tan malos tiempos. Detrás queda una carrera admirable y un compromiso ejemplar con la comunidad que apoyaba a esa orquesta que él elevó y que era parte fundamental de su vida. Le sobreviven una discografía pletórica y una obra creadora que merecen volver sobre ellas una y otra vez.
Luis Suñén


