En la muerte de Luigi Roni

En la muerte de Luigi Roni

Luigi Roni tenía 78 años y se lo ha llevado por delante el condenado microbio que nos asuela. Nacido en Vergemolli el 22 de febrero de 1948, desde muy joven se sintió atraído por la música e inició estudios de fagot en el Conservatorio Boccherini de Lucca, localidad en la que ha dejado de existir. Pronto, al descubrir que poseía una importante voz de bajo, decidió dedicarse al canto y tomó lecciones de la maestra Adriana Pizzoruso, especialista en las técnicas fundamentadas en el belcantismo más estricto, lo que le sirvió al joven artista para partir de una base sólida y afrontar una carrera que se inició enseguida con muy buen pie tras debutar en Spoleto cantando el Mefistofele del Faust de Gounod.

Fue el comienzo de una carrera fulgurante que le llevó muy pronto a los principales escenarios del mundo. Su época dorada comenzó luego de su debut en la Scala en 1969, teatro en el que cantó ininterrumpidamente hasta 2010. Fue un buen intérprete de algunos de los más importantes personajes graves de Verdi: Gran Inquisidor de Don Carlo, Procida de Las vísperas sicilianas, Rey de Aida, Attila y, corriendo el tiempo, Pistola de Falstaff. Se defendió bien en partes bufas rossinianas, como Don Basilio de El barbero de Sevilla y en el Oroveso de Norma de Bellini. En el Met de Nueva York apareció con frecuencia y lo hizo hasta nada menos que 2016. En 2002 había fundado en Piazza al Serchio, villa vecina a Lucca, el festival operístico Il Serchio delle Muse, que se extendía a los principales pueblos del valle toscano en el que se asienta.

“Era un músico culto y lleno de talento que se había afirmado en el campo lírico a nivel nacional e internacional. A él se deben muchas iniciativas musicales y culturales que, al partir de un gran artista como él, llegaban siempre a catalizar la atención del público”, ha afirmado tras su muerte el presidente de la provincia, Luca Menesini. No era para menos, porque Roni se había convertido en un referente de la zona y de la ciudad en la que habían nacido nada menos que Boccherini y Puccini.

La voz de nuestro cantante era sin duda de bajo; un bajo cantante si queremos afinar: grave, oscura, homogénea, con autoridad en la zona inferior de la tesitura, aunque no en la que podríamos considerar abisal, aquella que ronda el mi o el fa 1, para lo que le faltaba cuerpo, densidad. De ahí que no pudiera resolver todos los problemas que le podía plantear un papel como el mencionado del Gran Inquisidor, que vestía en escena con propiedad. En la zona alta, por encima del re o mi 3, perdía algo de posición al no proyectar con las resonancias adecuadas, ricas en armónicos, las notas, que quedaban algo diluidas, fijas, forzadas, sin la redondez deseada ni la tersura perseguida; incluso con algún que otro poco canónico refuerzo de gola.

Aspectos que podemos detectar en su interpretación del aria O tu, Palermo, de Vísperas sicilianas, en la que, además, orilla la escritura original para evitar el solicitado fa grave. Por otro lado, aun siendo un artista capaz, hasta cierto punto musical, resultaba a veces un tanto impávido, no del todo expresivo, ajeno a los matices exquisitos. Incluso en un aria bufa como La calumnia de El barbero de Sevilla no manejaba la variedad de acentos, la socarronería, las alternancias dinámicas, la gracia que sin duda se encierra en esta página tan célebre. Corrección en todo caso, lo que es de alabar, porque otros muchos la desconocen.

Se nos ha ido un cantante que se desempeñó durante 45 años de carrera con honorabilidad y enorme profesionalidad, que tenía por otro lado una notable presencia escénica, evidente por su gran estatura, y que, al menos, cantaba, a partir de sus medios, considerables qué duda cabe, con mesura, aplicación y honradez. Aunque no llegará a figurar en el friso donde aparecen ya otros colegas también italianos de generaciones anteriores como De Angelis, Pasero, Neri, Siepi o, bajando un poco el listón, Giaiotti.