En Badajoz, como en Berlín

Extremadura, muy a pesar de ella, siempre ha estado ubicada en el imaginario del foráneo como una excitante y virgen periferia que descubrir. Por incompetencia de políticos y desdén centralizador sigue siendo esta una comunidad con mucho que conquistar para que, el solo hecho de llegar hasta ella, no resulte de un fervoroso empeño peregrinador. Seguramente a los músicos belgas del Nadar Ensemble les faltaba algo de contexto sociopolítico y geográfico para entender que su presencia, el pasado 9 de marzo en Badajoz, era un acontecimiento y un salto al vacío por parte de quienes les invitaron y acogieron.
La Sociedad Filarmónica de Badajoz hace muchísimo por el bien de esta ciudad, de puertas hacia dentro (con hasta cinco ciclos de conciertos tematizados, siendo su estandarte el Festival Ibérico) y hacia fuera (la capacidad de proyección de sus iniciativas supera, seguro con mucho, a otros empeños municipales que no trascienden las lindes). Lo consigue gracias a varios centenares de socios y a la adhesión de diferentes organismos e instituciones públicas, también desde luego por el empuje de su junta directiva, con Javier González Pereira al frente. Y entre todo lo que hacen está un Ciclo de Música Actual. ¿Conocen muchas sociedades filarmónicas que den un paso al frente y apuesten con denuedo por la creación contemporánea?
Para hacer esto lo que hay que cuidar, en una ciudad con poca o ninguna tradición, es no darse un tiro en el pie programando mal. Y justo es lo que el ciclo Badajoz Actual (que arropa, entre otros, el Centro Nacional de Difusión Musical) lleva casi quince ediciones esquivando con notable pericia. Volviendo a los flamencos del Nadar Ensemble, su reciente concierto en el Teatro López de Ayala supuso un tener que pellizcarse. Llegaron con un retrato del compositor Stefan Prins (1979), acaso el más sobresaliente de cuantos hoy relacionan su quehacer con las tecnologías de una forma más explícita (ahí citaríamos a Simon Steen-Andersen —quien también visitó Badajoz en 2017 con su icónica Black Box Music—, Johannes Kreidler y Óscar Escudero, entre otros).

En FITTINGinSIDE (2007) el trombonista Thomas Moore disparaba su cascada de glissandos y técnicas extendidas mientras que el público paseaba por la ciudad portando unos auriculares que permitían combinar la escucha a distancia del concierto con el sonido de la propia urbe. La idea de experiencia es fundamental para armar al público de razones para vivir estos nuevos sonidos, pero también la música es de una importancia central, y Stefan Prins lleva años (singularmente estos últimos) demostrando ser un compositor admirable. Transitando en silencio lugares como las plazas de Minayo y de San Francisco y otras calles adyacentes al teatro, viviendo y celebrando en comunidad esta música que interesa y es convocada en las ciudades más importantes de Europa era fácil preguntarse si paseábamos por Badajoz o por Berlín.
Y sorprende, por ello mismo, que un concierto de la envergadura de este no tuviera un natural trasvase a Madrid o Barcelona. Tampoco es necesario porque así, de ese modo, se distingue más el deseo de la Sociedad Filarmónica de Badajoz —como del Ciclo de Música Contemporánea del Museo Vostell de Malpartida de Cáceres— de plantear retos verdaderamente audaces. Como lo fue también la audición de Mesh (2023) que llegaba en forma de estreno absoluto. Antes hemos apuntado que la música de Prins ha crecido en interés de manera exponencial. Y esta partitura es prueba de ello. En su larga media hora de duración el compositor belga transita un idiomatismo entre una especie de decantación a cámara lenta del free-jazz, rugosidades y suciedades calmadas deudoras del noise y una estética cageana que, en ciertos pasajes, parecían entroncar con los músicos de la onda Wandelweiser. El hecho de escucharla con cascos —por los que se emitían tímidas frecuencias electrónicas y otros sonidos pregrabados— permitía acolchar el sonido en vivo del ensemble y combinar o añadir nuevas capas, si bien a través de estos se podría ofrecer de una forma más decidida sonoridades que, a gusto o no del auditor, dieran un mayor sentido a esta posibilidad de intervenir activamente en el modo de escucha.
Generation kill offspring nº 2 (2012) y Piano hero nº1 (2011) retrataron a un Prins —presente en la sala— más afín al armazón audiovisual que al puramente sonoro, lo que no obsta que estas piezas estén dotadas de un sentido rítmico y un lenguaje plenamente insertos en las gramáticas de la música actual. Autor de recientes e imponentes obras como inhabit_inhibit (2019-21) para ensemble espacializado, solistas y electrónica y el concierto para guitarra eléctrica y orquesta Under_Current (2020-21), estrenadas respectivamente en el Muziekgebow de Ámsterdam y en el Festival de Donaueschigen y que distinguen la importancia de Prins, retratado por su grupo más afín en Badajoz, capital musical en esta y muchas otras ocasiones en las que la Sociedad Filarmónica decide poner tantas picas en Flandes.
Ismael G. Cabral
(Fotos: Santiago García Villegas)


