El querubín juguetón

El querubín juguetón

Aún en los años noventa, el oyente italiano medio asociaba estrechamente la música de Vivaldi con el nombre de dos conjuntos: I Musici e I Solisti Veneti. Pioneros durante más de dos décadas en la divulgación de la obra del compositor veneciano, su legado queda en la actualidad algo difuminado, pues son ya mayoría quienes consideran que cualquier Vivaldi con instrumentos modernos pertenece al Pleistoceno musical. Es indudable lo mucho que ha aportado la interpretación historicista en este ámbito –no sólo en términos de sonido– pero sería injusto olvidar la labor y los resultados conseguidos por estos grupos. Para muchos, éste fue el primer Vivaldi con el que entramos en contacto, por lo que su escucha tuvo el atractivo del descubrimiento entonces, y el del recuerdo y la nostalgia ahora.

En el aspecto técnico, I Musici siempre me parecieron superiores a I Solisti Veneti, pero los segundos contaban con la personalidad incomparable de su director. Claudio Scimone fundó I Solisti Veneti en 1959 y los dirigió hasta su muerte en 2018. Con ellos ofreció más de 6.000 conciertos en todo el mundo. La popularidad le vino a través de los numerosos discos grabados en el sello Erato, con los que contribuyó activamente a explorar y difundir la obra de Vivaldi así como la de otros músicos barrocos: Albinoni, Marcello, Geminiani, Tartini… todo ello sin olvidar su apuesta por autores periféricos de la época clásica y romántica o su interés por la creación contemporánea: estrenó piezas de Franco Donatoni, Sylvano Bussotti, Cristóbal Halffter y Luis de Pablo, entre otros. Scimone rescató asimismo repertorios operísticos desusados como el vivaldiano (Orlando furioso con Marilyn Horne) o el Rossini serio (Armida, Maometto Secondo, Zelmira, Edipo a Colono, Mosè in Egitto), donde alcanzó quizá sus mejores resultados como director.

Cuando pienso en Claudio Scimone me vienen a la mente aquellos querubines de los cuadros de Rafael, Mantegna o Rosso Fiorentino, que juguetean en medio de una sagrada representación. Pocos hombres de cultura han sido capaces de unir lo sacro y lo profano, la erudición más exquisita con el sentido de la ironía, el alto ideal artístico con un sano ejercicio de comercialidad. Scimone podía dirigir una Zelmira o descubrirte una serenata de Albinoni y, acto seguido, ofrecer por enésima vez las Cuatro estaciones.

Dotado de una comunicatividad directa y espontánea, poseía desparpajo en el escenario. A mediados de los noventa, asistí a un concierto de I Solisti Veneti en el Teatro alla Scala de Milán. El programa era rutinario: un florilegio de las obras más trilladas del Settecento veneciano. La velada estaba siendo agradable aunque anodina, pero he ahí el golpe de efecto, el instinto del hombre de teatro. Nada más arrancar la propina (el Minueto de Boccherini), Scimone baja del podio, se acerca a la concertino de la orquesta –creo que era Bettina Mussumeli– y la invita a bailar. Por la expresión entre sorprendida y divertida de la violinista, era evidente que la escena no estaba preparada. Así, bailando en el escenario al son de la música de Boccherini, Scimone convirtió una velada no especialmente memorable en algo digno de recordar.

A continuación pongo un video procedente de una grabación audiovisual de L’estro armonico, realizada en los ochenta. Es una muestra eficaz del Vivaldi de I Solisti Veneti: exuberante y hedonista, con sonoridades plenas y redondas, sensibilidad paisajista y aliento lírico. Son interpretaciones generosas y aún disfrutables, ancladas tal vez en una visión parcial de estas músicas, donde Vivaldi es esencialmente sinónimo de alegría vital y poesía sonora, sin ahondar en la vertiente febril, obsesiva e inquietante que nos han revelado los intérpretes historicistas.

El segundo vídeo es –ya lo advierto– una travesura de las que se le ocurrían a Scimone de vez en cuando: había convencido a un conocidísimo cantautor italiano, Lucio Dalla, para que pusiese letra y voz a un concierto de Vivaldi (el op. 3 nº 6). El resultado les hará gracia a unos y horrorizará a otros, pero esa no es la cuestión. “Soy músico. Me gusta tocar. Si una música me divierte, la hago. Luego dejo a otros la tarea de juzgar”. Ésta era, en síntesis, la filosofía de Scimone tanto si rescataba una joya desconocida de Rossini como si tuneaba un concierto vivaldiano, tanto si tocaba en la Scala como si actuaba en un pueblo de la periferia. Su concepto de la cultura no tenía nada de museístico o ponderoso, es más: tenía tanta familiaridad con ella que se permitía incluso la broma. Era un querubín juguetón.