El móvil contundente de don Clodomiro

Don Clodomiro Reparto Estopa Encantidad y Delabuena era, pese a lo que pueda sugerir su rotundo apellido, una persona sensible. Y un conspicuo melómano. Lamentablemente, para choteo de sus amigos y de otros no tan amigos, Cupido le había jugado una mala pasada y había marcado de forma infausta su destino, cuando su padre, Don Atenógenes Reparto Encantidad, experto ingeniero, perdió el sentido por los encantos de doña Orosia Estopa y Delabuena, dando lugar a que el pobre Clodomiro cargara con un apellido en la que la combinación del paterno y materno emitía resonancias de nada conciliadora apariencia. Pero don Clodomiro, guiado por unos padres cultos y de refinado gusto por la cosa musical (don Atenógenes era un veterano aficionado y doña Orosia tañía con notable corrección el piano), pronto desarrolló una fina sensibilidad para los Beethoven y compañía, además de prolongar la tradición paterna de la ingeniería.
Con el correr de los años, don Clodomiro se convirtió en asistente habitual y conocido en el Auditorio, donde se desarrollaba una intensa, prácticamente diaria, actividad de conciertos. Entrado ya en la madurez, don Clodomiro empezó a notar que ciertos comportamientos del público empezaban a alterarle, incomodarle, impacientarle, irritarle e incluso indignarle. El desasosiego era tal que llegó al punto en que sus apellidos martilleaban el cerebro recordándole, a su pesar, que sobre el pesaba lo que parecía a todas luces una predestinación vengadora. Vamos, que lo suyo, aunque él no fuera consciente, era repartir. Y no precisamente golosinas.
La cosa había empezado por los estentóreos ataques colectivos de tos entre los movimientos o piezas. Una tos entre tísica y bronquítica, reiterada hasta que su portador conseguía, tras arduos esfuerzos, arrancar el esputo correspondiente, cuya expulsión, gracias a Dios, era contenida, tal vez porque el personal aún recordaba aquella antigua proscripción presente en los autobuses y tranvías de antaño: prohibido escupir. Claro que entonces había quien, en caso de incumplimiento, se encargaba de repartir eso que don Clodomiro portaba en sus apellidos, y por cierto sin reparo alguno.
Cada vez que un movimiento finalizaba, el torrente tosedor asolaba con inclemencia los oídos de don Clodomiro, que se removía impaciente en su asiento, irritado por el ruido y temeroso de que algún miasma indeseado terminara infectándole con algún mal de imprevisibles consecuencias. Lo que empezó apabullando en las pausas osó después también invadir el espacio mismo de la música, lo que incrementó considerablemente el desasosiego de don Clodomiro, cuya tensión arterial se iba elevando sin aparente freno cuando se producían tales tesituras, algo cuya frecuencia aumentaba de manera preocupante.
Tan irrefrenables toses trajeron el acompañamiento inevitable de los caramelos, pretendidos calmantes de las irritadas gargantas y bronquios. Bienvenidos eran, sin duda, si no fuera… porque los caramelos iban envueltos en un papelito. Y el papelito, tal vez por algún perverso instinto del fabricante, tenía la muy condenable costumbre de crujir sin misericordia cuando era separado del caramelo al que cubría. Por la ley de la perversidad de la materia, el hambre se juntaba con las ganas de comer, de forma que en la ecuación de tos irrefrenable y caramelo salvador envuelto en crujiente de papelito (como si fuera un plato de nueva cocina), se sumaba una tercera variable: la torpeza digital del tosedor, incapaz de reducir la capacidad crujidera del envoltorio, o, lo que es peor, muy capaz de incrementarla. Don Clodomiro sentía que sus apellidos golpeaban su cerebro con creciente insistencia, y empezaba a sentir unas ganas irrefrenables de honrar la llamada de sus rotundos apellidos.
Murphy, autor de la Ley de la perversidad de la materia antes mencionada, también defendía, con toda razón y contundente historial de hechos, que todo es susceptible de empeorar. Y como todo avance de la civilización, el advenimiento de la telefonía móvil, tan beneficioso en la comunicación y en otros muchos aspectos, tuvo, como casi todo, notorios efectos adversos, desde el propio vicio de su uso al hecho de que los timbres de llamada, o de alarma (en este último terreno secundados prontamente también por los relojes digitales), irrumpieran como invitados no deseados en las peores circunstancias.
Las toses encontraron entonces un acompañante inesperado para su desgraciada irrupción en los eventos musicales, hasta el punto de que pronto el recién llegado le quitó la mayor parte del protagonismo. Su aparición era mucho más notoria, y además, taimada, traicionera, malvada en su inoportuno oportunismo. El timbre del artilugio atacaba sin piedad en todo momento, pero su presencia era especialmente irritante en los momentos más quedos, los instantes donde la música se adelgazaba hasta el susurro, donde el público contenía la respiración, expectante ante lo que sucedía en la música. Era en ese momento cuando el ingenio atacaba sin piedad, malograba el ambiente, destrozaba la tensión musical, a veces en un no preparado coro asesino. Y era en esos momentos en los que don Clodomiro sentía despertar en su interior los más violentos instintos, cuya ebullición corría en paralelo con la entrada de su tensión arterial en la zona de peligro.
Advertencias escritas en los programas de mano se revelaron inútiles. Avisos por megafonía añadidos, estériles. Presentación del concierto micrófono en mano, con otra reiteración del mensaje de advertencia para silenciar el ingenio, igualmente inane. Don Clodomiro asistía impotente y preocupadísimo al hecho de que su tensión arterial empeoraba y sus instintos asesinos amenazaban con dejar a Hannibal Lecter en un aficionado maltratador de mosquitos. Sintió que había que hacer algo. Y ese algo bien podía tener que ver con su talento de ingeniero inventor, porque don Clodomiro era ingeniero inventor, y hasta tenía un máster en el MIT y todo.
Dado que los avisos normales, reiterados, pacíficos, verbales, escritos y megafónicos habían resultado por completo inútiles, había que pensar en algo más. Se habían sugerido los inhibidores de frecuencia, otro ingenio más que impedía la cobertura. Muerta la cobertura, muerta la llamada. O sea, muerto el perro, se acabó la rabia. Lamentablemente, tales inhibidores solo podían utilizarse legalmente en ámbitos que no eran los de las salas de concierto. Se había sugerido también la incautación de los móviles durante el concierto, pero se había descartado ante la enorme complejidad logística del empeño, sin mencionar las cuestiones relacionadas con las libertades del individuo, cuyo recorte siempre da mucho juego a la queja.
No. Había que hacer algo más. Ese algo debía ser eficaz y contundente, pero, por la misma razón, anónimo. El estado actual de la corrección política impedía que ciertas cosas tuvieran “autor”. Don Clodomiro había tenido tentaciones de atizar un buen guantazo a algún vecino de localidad amigo del móvil distraído, pero se había refrenado ante la perspectiva de terminar de manera poco amistosa en Salesas y con la posibilidad de que el autor del atentado fuera condecorado y el autor del guantazo justiciero condenado a prisión mayor. Y corrían malos tiempos para que la defensa de la integridad de la cosa musical se pudiera considerar atenuante.
Pensó en varias alternativas. Se podía diseñar un asiento eyector. Un algoritmo malévolamente diseñado provocaría la eyección del espectador importuno “a lo James Bond desde su Aston Martin” si su móvil sonaba durante la acción musical. Lo descartó inmediatamente. La cosa tenía un componente divertido, sobre todo para el propio don Clodomiro, que encontraba un reconfortante solaz imaginando la escena, y probablemente también para algunas almas solidarias. Pero era también potencial fuente de desgracias mayores como consecuencia. No era la menor de ellas la integridad física del pobre espectador sobre el que caería el imprudente eyectado, especialmente si el susodicho padecía sobrepeso.
Ya había presenciado recientemente como un simple movimiento de un espectador con elevado índice de masa corporal era capaz de quebrar una butaca del auditorio y dejarla para el tinte. No quería pensar en el cataclismo que el aterrizaje desde cierta altura de una mole de ese calibre podía ocasionar sobre el espectador afectado por el inesperado desplome. El asiento eyector prometía… pero debía descartarse. Los daños colaterales no eran aceptables.
Pensó después en una dolorosa punción sobre el glúteo. No un mero pinchazo, no. Una punción con inyección de algún material doloroso. Una buena cornada, vaya. De esas que infligiera un dolor lacerante, inolvidable. Pero también lo descartó. El dolor probablemente iría seguido de un grito y finalmente, para la música, cuya protección estaba en la raíz de todo, sería peor el remedio que la enfermedad.
De repente, don Clodomiro sonrió. Había algo de malévolo en aquella sonrisa complacida. Pensó en una descarga. Una que dejara al interfecto turulato, paralizado, con un susto del que tardaría en recuperarse, pero sin capacidad de reacción instantánea, grito incluido. La descarga iría acompañada, además, y para más inri, de un mensaje a su móvil advirtiéndole que había recibido la descarga por no haber hecho caso de las advertencias… de silenciarlo a su debido tiempo. El mensaje se completaría con la amenaza de que, en caso de reiterar la negligencia (no era verdad, claro, pero la mieditis ya estaba ahí), la siguiente descarga sería mayor y dejaría secuelas… Por último, el mensaje terminaba como los de Misión Imposible. El móvil se derretiría al estado de gelatina inservible en diez segundos. El criminal contemplaría aterrorizado como se perdía el aparato para siempre.
De repente, don Clodomiro se despertó, sudoroso, pegando un respingo. Había estado soñando. Y lo que había soñado le asustó. Su temperamento de natural pacífico se había visto superado por la llamada vengadora de sus nada conciliadores apellidos. Decidió que aquello no era normal ni podía ser sano, y merecía una visita a su ilustre amigo y médico psiquiatra, el egregio doctor don Higinio Sanamente Eneldiván, ilustre director de la “Clínica para los muy, muy nerviosos”. Don Clodomiro tenía un móvil muy bueno, sin duda. Y no era precisamente un aparato, sino una razón contundente. Eso era casi lo peor. Y don Higinio siempre fue muy comprensivo con su amigo don Clodomiro, porque, al fin y al cabo, bastante carga tenía el hombre con acostumbrarse a convivir con aquellos apellidos.
Rafael Ortega Basagoiti


