El maestro de la dulce sonrisa

El maestro de la dulce sonrisa

Quien tenía la fortuna de conocer a Mariss Jansons, enseguida se daba cuenta de que se trataba de una de las personas más gentiles y amables del mundo, y de que su interés por la música como negocio era nulo.

Una vez pasé una mañana entera con él en una zona deprimida de Pittsburgh, donde dedicó tanta atención y tanto respeto a un aula de niños desfavorecidos como a los trajeados profesores  de la Filarmónica de Viena. Su lema universal era el respeto, y trataba igual a cada persona, sin importar su procedencia.

Si él daba un paso más allá y decidía que le gustabas, entonces te convertías en su amigo de por vida. En las ocasiones felices te mandaba flores; en los momentos de angustia te llamaba directamente por teléfono. Una vez que entraba en tu vida, Mariss nunca se iba.

Aun así, una parte de su personalidad permanecía contenida, retrepada, observante. Estaba a la vez en la amistad y fuera de ella. Sólo cuando me habló de su primera infancia escondido en un bosque para protegerse de los nazis pude comprender su cautela esencial.

Ningún músico ha entrado jamás en un ensayo mejor preparado que Mariss. Conocía por su nombre a todos y cada uno de los músicos de las orquestas a las que dirigía, así como las marcas en sus partituras. En el primer descanso, cuando los instrumentistas salían a tomar un café y hablar por teléfono, Mariss se quedaba en el escenario para recolocar sus sillas, un milímetro aquí o allá, con objeto de conseguir la imagen sonora que él tenía en mente.

Durante el concierto, parecía expansivo y relajado, aunque por dentro era una bomba de relojería. Su padre, Arvid, había muerto prácticamente en el podio y a Mariss le acompañó siempre un fatalismo que pronto se vería confirmado con la implantación de un desfibrilador.

Pudo haber sido director titular de la Filarmónica de Londres, pero los músicos no acabaron de entender jamás lo que les pedía. En su lugar, llevó a nuevas cotas a la orquesta de Pittsburgh  y alcanzó lo sublime en Múnich (algo menos en Ámsterdam).

Era una persona de una insaciable curiosidad, de una gran cultura y de enorme generosidad. Carecía completamente de las típicas debilidades de los maestros -comida, bebida, sexo, riqueza- y su universo estaba enfocado a la música, los libros y las ideas (aunque también le gustaban los chistes absurdos, e incluso los chismorreos). No sabía cómo abrir una carta de vinos. Era adorable y de una candorosa inocencia.

Hablamos mucho de Mahler, él desde el punto de vista técnico, yo desde el punto de vista psicológico. Tenía un vasto repertorio en su cabeza pero dirigía un número muy limitado de obras, aquellas que él consideraba verdaderamente esenciales. No lo recuerdo hablando jamás de política. Todo en él era sentimiento, todo humanidad, todo música, sin el mínimo interés personal.

Ojalá lo hubiera llamado más a menudo (una vez me lo echó en cara).

Hemos perdido un tesoro irremplazable.

https://slippedisc.com/2019/12/mariss-jansons-the-maestro-with-the-sweetest-smile/