AIX-EN-PROVENCE / El Festival d’Aix recuerda a Pierre Audi y apuesta por ‘Louise’, de Charpentier

Aix-en-Provence. Théâtre de l’Archevêché. 6-VII-2025. Elsa Dreisig. Adam Smith. Sophie Koch. Nicolas Courjal. Grégoire Mour. Annick Massis. Chœur et Orchestre de l’Opéra de Lyon. Dirección musical: Giacomo Sagripanti. Dirección escénica: Christof Loy. Gustave Charpentier: Louise.
La programación 2025 del Festival d’Aix-en-Provence se reconoce en la ‘ineludible mutabilidad de las cosas’. Se habla de ello en su presentación, citando la metamorfosis de Calisto, la reencarnación de Buda, del proteico Don Giovanni y la transformación de Louise, protagonista de la única obra de éxito compuesta por Gustave Charpentier en el justo arranque del siglo XX. El principio general lo firmó el director del festival, Pierre Audi, poco antes de fallecer de manera repentina el 3 de mayo. Su legado, unido al trabajo realizado previamente en el Teatro Almeida de Londres, la Ópera Nacional Holandesa y en el Festival de Holanda, se suma ahora al propósito transformador que da forma a la última edición de Aix.
La idea también ha sobrevolado en el acto celebrado en su memoria en el Grand Théâtre de Provence, con presencia sobre el escenario de diversos amigos, gestores y políticos, encabezados por la ministra francesa de Cultura, Rachida Dati, directores de escena como Peter Sellars y Claus Guth, la diseñadora Irma Bloom, esencial en la rotunda imagen gráfica con la que se presenta el actual Festival de Aix, y otros tantos intérpretes. Sonó el Idilio de Sigfrido por miembros de la Orquesta de la Radio de Baviera y Sir Simon Rattle, se guiñó a los ‘pecados de vejez’ de Rossini por la soprano Anna Bonatatibus, a la ópera L’amour de Loin de Saariaho por Stéphane Degout, siempre con el acompañamiento pianístico de Alfredo Abbati, se interpretó Traüme de Wagner por Nina Stemme, y Powerful Morpheus de William Webb en la voz del contratenor Paul-Antoine Bénos-Djian junto a miembros de Correspondances y Sébastien Doucé. Un justo homenaje.
La muerte de Pierre Audi ha marcado la edición de 2025 en Aix, la setenta y siete de su historia, y lo ha hecho mientras se celebra la concesión del premio Birgit Nilsson al ‘mejor festival de ópera’. El sentido innovador de la programación se recuerda a partir de la producción de Innocence de Saariaho, ópera estrenada aquí hace cuatro años de la mano de los directores de escena y musical Simon Stone y Susanna Mälkki.
Pero la referencia particular vuelve a contextualizarse en el ámbito de un evento que, en los últimos años, no ha dudado en zarandear la escena operística desde sus orígenes históricos hasta la estricta actualidad, sin dejar por ello de desnaturalizar la identidad vernácula. El ejemplo final es la producción de Louise de Charpentier que Aix pone ahora en escena en colaboración con la Opéra National de Lyon, el centro de música romántica francesa Palazzetto Bru Zane y la Opéra-Comique parisina.

Louise es una anomalía del repertorio, pues tras el éxito que concitó su estreno, preparado para que fuera el de la primera ópera del siglo XX, y las muchas interpretaciones posteriores, incluyendo su adaptación cinematográfica, pasó a convertirse en un título excepcional. Es posible que la naturaleza francesa de la obra tenga mucho que ver con la actual ‘recuperación’, si bien la adaptación promovida por Christof Loy indaga en aspectos menos evidentes de la obra con proyección sobre un espacio de decadencia, románticamente abandonado y sentimentalmente convulso. Louise vive entre la dominación y la rebeldía en el contexto de un París de fin de siglo, moderno, asimilado a la libertad y a la alegría de vivir, y en el que los personajes pintorescos parecen contradecir la realidad no menos evidente de la lucha de clases. La utopía progresista y feminista que encarna la joven costurera tratando de huir del confinamiento familiar para mudarse con su amante implica, en el plano personal, la presencia de una familia tóxica, opresora, chantajista que pone a Louise en una disyuntiva personal inquietante.
A partir de ahí se construye el trabajo de Loy, quien interpreta el sentir de Louise como un conjunto de deseos que deben ser curados y que ella manifiesta de manera nerviosa. La amplia sala de espera de un hospital mental termina por ser el espacio físico en el que la protagonista rememora sus contradicciones. París pasa a ser un eco tras las ventanas del establecimiento donde surge, ya en primer plano, el guiño patriótico, brillante y embanderado de la fiesta de coronación de Louise como reina de Montparnasse, antes de que se convierta en víctima y. encuentre la salvación mediante el suicidio, solución determinante y pesimista que rompe el final abierto que propone la obra. Para Loy no cabe solución ni esperanza, ya sea como redención social, familiar o sanitaria. La finura en el acabado escénico, la coherencia cromática del espacio en relación con el vestuario y el atenuado desarrollo lumínico colaboran al resultado escénico final: sin duda inteligente y, como siempre, pulido.
También Pierre Audi recordaba en su presentación que la presencia de Louise en Aix se une a la larga lista de heroínas francesas que estos años han aparecido en su programación: Mélisande de Debussy, Anaï de Moïse et Pharaon, la Lucie de Donizetti, Ifigenia de Gluck, Dalila de Rameau… Todas ellas habitan el plano imaginario pero con consecuencias en la estricta materialidad. Una de las razones de ser de la Louise de Aix es la soprano franco-danesa Elsa Dreisig, para quien Loy pensó su propuesta escénica, igualmente dimensionada al escenario del Théâtre de l’Archevêché. Antigua alumna de la Academia del festival, Dreisig viene a emular a una protagonista de apariencia juvenil y carácter determinado. A ella se debe lo mejor de esta puesta en escena, con culminación en el aria ‘Depuis le jour’, momento que ha trascendido la obra insertándose en el repertorio general. La ligereza del timbre, la facilidad para el agudo y, sobre todo, la honradez de su emisión contrastan con un reparto de dudosa configuración.
El tenor británico Adam Smith debutó el pasado año en Aix el papel de Pinkerton de Madama Butterfly. La voz es grande, de claro carácter lírico pero la inestabilidad ensombrece muchos momentos culminantes. También el bajo francés Nicolas Courjal asume problemas similares. La voz oscura y de gran volumen se desarrolla de manera dudosa. Algunos de los momentos singulares de Louise quedan en mano del padre: la nana, la escena final en la que acaba borracho es donde Courjal hace demostración de fortaleza sin terminar de encontrar el matiz.
Se distingue la mezzosoprano Sophie Koch, adoptando el papel de la madre y dejando en escena una actitud definitivamente dominante. El equipo artístico, en el que participa un largo reparto con intervenciones diversas que superan la treintena de intérpretes, se aglutina alrededor del director musical Giacomo Sagripanti y de la orquesta y coro de Lyon. Son ellos el sostén sobre el que se defiende sin especiales emociones una ópera a la que el éxito acompañó desde su estreno, pero a la que el tiempo fue recolocando en una muy razonable discreta posición.
Manuel Nogales


