El estómago filológico

El estómago filológico

Para el lanzamiento de su reciente grabación del Clave bien temperado, Trevor Pinnock ha ofrecido una entrevista en doce breves capítulos (My Baroque), que puede verse en internet y en donde repasa tanto su trayectoria como su forma de entender la música antigua. Junto con Christopher Hogwood y John Eliot Gardiner, Pinnock formó el triunvirato inglés que dominó el panorama de la interpretación historicista durante los años ochenta y noventa. Tenía Pinnock un tono menos profesoral que sus colegas, acostumbrados a explicar con textos eruditos sus criterios interpretativos o la elección de una determinada plantilla.

En la entrevista, Pinnock establece una diferencia entre los músicos que se guían por su cabeza y los que se guían por su estómago, y confiesa pertenecer a esta segunda categoría. Quiere decir con ello que en su caso el instinto y la sensibilidad personal tienen la última palabra sobre los aspectos analíticos y teóricos. No es Pinnock un hombre al que le guste recrearse en doctas disquisiciones musicológicas; preguntado por las directrices estéticas que marcaron su célebre registro de los Conciertos de Brandeburgo, contesta candorosamente: “Nuestro principal objetivo era llevar el compás y tocar afinados.” Más que en el estudio de los tratados musicales de la época, la práctica filológica de Pinnock se asienta en el descubrimiento y en la fascinación que sobre él ejerce la sonoridad de los instrumentos antiguos. Éste es su punto de partida, su brújula: construir un discurso nuevo a partir de una sonoridad nueva (es decir, antigua).

Al frente de su conjunto The English Concert, Pinnock priorizó un sonido homogéneo, redondo y cálido, demostrando que los instrumentos antiguos podían rivalizar con los modernos también en el plano de la pulcritud. Un excelente ejemplo es el primer movimiento del Concierto para oboe d’amore BWV 1055R de Bach: la elegancia en el fraseo y la perfección en el legato que exhibe aquí la cuerda de The English Concert no han sido igualadas por ningún otro conjunto historicista. El Bach de Pinnock es una lograda mezcla de chispa y ponderación. Su integral de los conciertos para clave(s) es todavía una referencia, y sus Conciertos de Brandeburgo de 1982 siguen siendo válidos aunque fueron mejorados por el propio director inglés en una posterior versión al frente del European Brandenburg Ensemble (2007).

Haendel representa tal vez la cúspide del legado de Pinnock. Sus versiones de las grandes obras orquestales (Música acuática, Música para los reales fuegos de artificio, Concerti grossi, Concerti a due cori) están construidas con trazo fino y al mismo tiempo con la necesaria dosis de majestuosidad. Lo mismo puede decirse de las obras corales (Mesías, Oda para el Día de Santa Cecilia). Su Vivaldi destilaba vitalidad y brillantez, aunque quedó pronto eclipsado por las arrebatadoras turbulencias de nuevos grupos como Il giardino armonico, L’Europa Galante o el Ensemble Matheus. Notables fueron sus incursiones en el Clasicismo (sinfonías “Sturm und Drang” y misas de Haydn; integral de las sinfonías de Mozart) con versiones que cuentan todavía entre las mejores con instrumentos originales.

Detrás de cada interpretación de Pinnock hay un estómago: filológico, por supuesto, pero estómago al fin y al cabo. Recuerdo una entrevista que le hicieron a mediados de los ochenta en una revista italiana. Le pidieron que eligiese un disco que le había impactado especialmente. Ni corto ni perezoso, contestó: “La Cuarta de Brahms dirigida por Carlos Kleiber”. Confieso que en aquel momento me habría esperado otro tipo de respuesta de un pionero de la interpretación historicista. Ahora, cuanto más lo pienso, más me parece acorde con ese músico que es Trevor Pinnock.