EL ESCORIAL / ¡Caramba con “La Caramba”!

EL ESCORIAL / ¡Caramba con “La Caramba”!

San Lorenzo de El Escorial. Teatro Auditorio. 31-VII-2020. María Hinojosa, soprano. Forma Antiqva. Director musical: Aarón Zapico. Montaje escénico: Pablo Viar. Obras de Castel, Esteve, Álvarez Acero y anónimas.

María Antonia Vallejo Fernández, apodada “La Caramba”, fue uno de los grandes personajes de la España de la segunda mitad del siglo XVIII. Como suele suceder con los grandes personajes españoles, hoy es una figura olvidada, por mucho que siga habiendo gente que la invoque casi a diario sin saberlo. Efectivamente, cuando alguien exclama “¡caramba!” en señal de asombro, se está refiriendo a ella, según refleja el DRAE, pues una “caramba” era la moña que llevaban las mujeres sobre la cofia a finales de dicho siglo y que esta tonadillera nacida en Motril en 1751 se encargó de poner de moda entre las clases pudientes de la sociedad madrileña. La Caramba no solo arrasaba sobre los escenarios de los mejores teatros, sino que marcaba tendencia: su manera de vestir y de exhibirse por el Paseo del Prado era imitada sin disimulo por la mismísima duquesa de Alba y por otras altas damas de la corte.

La Caramba murió joven, con 36 años, después de haber conocido el mayor de los éxitos en la farándula, de un breve y fracasado matrimonio con un francés rendido a sus encantos y de ingresar en el final de sus días en un convento para convertirse en una beata arrepentida. Fue querida por el pueblo de Madrid tanto o más que otro personaje de entonces, con la que en algún momento llegó a compartir escenario: la sevillana María del Rosario Fernández, “La Tirana”, hoy casi tan olvidada como su colega.

La Caramba abandona ahora el ostracismo gracias al empeño de dos musicólogos, Raúl Angulo y Antoni Pons, de Ars Hispana; de Aarón Zapico, director del Forma Antiqva, y del Festival de Motril (del que es director el pianista Juan Carlos Garvayo), que fue quien encargó este espectáculo (podrá verse en esta localidad granadina el próximo mes de septiembre). Pero el estreno, escenificado, tuvo lugar anoche en el Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial, en lo que supuso también otro abandono del ostracismo: el de los propios músicos que intervinieron en el acto, condenados durante cinco largos meses a no poder desarrollar su actividad musical por culpa de la pandemia del coronavirus (o más que por culpa de la pandemia, por culpa de la mala gestión de la pandemia). No era el momento de los lamentos ni de las quejas, sino de la alegría por poder recuperar su modus vivendi, pero lo han pasado mal, como lo ha pasado y lo sigue aún pasando tanta gente que se dedica a la música antigua en España (parafraseando a Larra, hacer música antigua en España es llorar).

El espectáculo dura 70 minutos y en él se pueden escuchar obras que fueron cantadas por La Caramba (las tonadillas Los duendecillos y Los murmuradores, ambas de Pablo Esteve; El arrendador del sebo, de José Castel, y un fandango de Bernardo Álvarez Acero) o que fueron compuestas en honor a La Caramba, como una tonadilla homónima y anónima de 1776, todas ellas rescatadas del olvido por los antes mencionados Angulo y Pons. Junto a Forma Antiqva comparecía, para dar vida a La Caramba, la soprano María Hinojosa, en un montaje, exigente en lo vocal y también en lo actoral, debido a Pablo Viar (con vestuario de Jesús Ruiz), pues requiere la presencia constante de la cantante sobre las tablas, salvo en dos breves intermedios orquestales (dos movimientos de una sinfonía de Castel).

La representación es ambiciosa y tiene enjundia, pero queda un tanto desvirtuada por un mal endémico que sufre la música antigua en España (la cortedad de efectivos con que se ven obligados a trabajar los grupos, dada la escasez de recursos que, por regla general, se ponen a su disposición) y por el problema coyuntural del coronavirus, que no hace sino complicar sus condiciones de trabajo: al tener que tocar separados, como ordenan las disposiciones sanitarias y, además, embozados en mascarillas, no pueden leer los gestos de sus compañeros, lo cual dificulta la coordinación. Tampoco ayuda un auditorio tan grande como el escurialense: el sonido de los instrumentos (y el de la propia voz de la cantante) acaba difuminándose. La cosa se arreglaría llevando el espectáculo a un recinto más pequeño (algo inviable hoy día, debido a las restricciones de aforo por el coronavirus) o poniendo más músicos sobre el escenario (que sería lo ideal, pero eso requiere más dinero y, claro… vuelta la burra al trigo). Para colmo de males, no se tuvo en cuenta que unos sobretextos en el escenario habrían ayudado al público a entender mejor lo que emitía Hinojosa, cantante de incuestionables resortes técnicos y de bella voz, aunque con una prosodia que no es siempre todo lo pulida que sería de desear.

Con todo, fue una velada muy disfrutable, que ha servido para aportar otro granito de arena en la recuperación de un género, la tonadilla, que fue en España al siglo XVIII lo que luego sería a los siglos XIX y XX la zarzuela: la música popular por excelencia.

(Fotos: Luis-García Ballesteros)