El escándalo en directo

El escándalo en directo

El arte del siglo XX está salpicado de escándalos y la música no es una excepción. El 31 de marzo de 1913 en Viena el público abucheó los Altenberg Lieder de Berg en una velada que pasó a la historia como “Skandalkonzert” y donde voló incluso una bofetada; también está el siempre citado estreno de la Consagración de la primavera de Stravinsky el 29 de mayo de ese mismo año en París, o los turbulentos conciertos con intonarumori del los futuristas italianos. El testimonio de los protagonistas y las crónicas de la época nos ayudan a imaginar el alboroto que desataron aquellas veladas, los silbidos, las broncas y las peleas. Con otro gran escándalo musical de la segunda mitad del siglo XX tenemos más suerte, pues los micrófonos de la radio francesa inmortalizaron el tumultuoso estreno de Déserts, de Edgard Varèse, un 2 de diciembre de 1954.

Déserts significa para mí no sólo los desiertos físicos, de la arena, del mar, de las montañas y de la nieve, del espacio exterior, de las calles desiertas en las ciudades, no solamente esos aspectos despojados de la naturaleza que evocan esterilidad, lejanía, existencia fuera del tiempo, sino también ese lejano espacio interior que ningún telescopio puede alcanzar, donde el hombre se encuentra en un mundo de misterio y soledad”. Los “desiertos” de Varèse remiten a una dimensión interior sin que en ellos quepa regusto místico alguno. Es un universo sonoro tumultuoso, salvaje y caótico, cuya consistencia matérica borra las distinciones entre música y ruido. Tanto es así que la parte instrumental se alterna aquí con “interpolaciones de sonidos grabados electrónicamente” emitidas por altavoces; Varèse utiliza en ellas sonidos grabados en cinta magnética, recogidos en fábricas, fundiciones y barcos, o creados en estudio.

Para fomentar la afluencia del público, el director Hermann Scherchen tuvo la idea de completar el programa del concierto con la Patética de Chaikovski. Fue un arma de doble filo. Una parte de los espectadores –tal vez la mayoría– acudió con la intención de escuchar la sinfonía del compositor ruso y se encontró sin quererlo en el estreno de Varèse. Las consecuencias no se hicieron esperar. El público aguantó en silencio durante cinco minutos hasta que empezaron las primeras quejas (5’35”). Las protestas y los abucheos volvieron luego con más intensidad (10’38”), mientras que otra parte del público, por reacción, respaldaba la música con aplausos. Las respuestas más airadas se produjeron durante las “interpolaciones de sonidos grabados electrónicamente” y vinieron acompañadas de carcajadas, mofas y gritos (por ejemplo, a partir de 13’46”); un espectador se puso incluso a emitir ladridos (15’41”). Pese al revuelo, Scherchen dirigió hasta el final sin inmutarse.

En casos como éste, tendemos a atribuir las protestas del público a una falta de entendimiento, es decir: los espectadores abuchearon Dèserts porque no comprendían la obra. Hay algo de verdad en ello, pero al mismo tiempo es una forma restrictiva de considerar los hechos. Yo creo que, a su manera, los espectadores entendían perfectamente el mensaje de aquella música y lo rechazaban. Es, la de Varèse, una música que expulsa al oyente: una música “mineral”, basada en la conflagración de planos sonoros duros y cortantes, como si procediese de eras geológicas anteriores a la aparición de la vida, a mundos deshabitados donde la presencia del hombre ni está contemplada.

Una pieza como Dèserts tiene por su propia naturaleza que dividir al público. Es como la estruendosa soledad de un desierto: para algunos será una bendición; para otros, una insoportable tortura.