El domingo por el fútbol me abandonas

Umberto Eco, en un texto satírico titulado Cómo no hablar de fútbol, se mostraba sorprendido sobre el hecho de que haya tanto aficionado a este deporte incapaz de entender que a alguien pueda no interesarle: «No es que a él no le importe que a mí no me importe nada. Es que no consigue concebir que a alguien no le importe nada. No lo entendería ni siquiera si yo tuviera tres ojos y dos antenas sobre las escamas verdes del occipucio». Para explicar el absurdo, Eco propone un divertido contraejemplo musical: «Yo toco la flauta de pico. Supongamos que me halle en un tren y le pregunte al señor sentado delante de mí, así, para entablar conversación: “¿Ha oído el último disco de Frans Brüggen?” “¿Cómo, cómo?” “Me refiero a la Pavane Lachryme. A mí me aparece que ataca demasiado lento”. “Perdone, no le entiendo.”. “Hombre, yo estoy hablando de Van Eyck, ¿no? (silabeando). El Blockflöte”. “Mire usted, es que yo…”».
Traigo esta referencia a cuenta del hecho de que el Festival de Música y Danza de Granada ha decidido retrasar una hora (no diez o quince minutos: una hora) su concierto de clausura (¡nada menos!), el de la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, con la soprano Elsa Dreisig y el director Tarmo Peltokoski por coincidir con la final de la Eurocopa de fútbol. El concierto era a las 22 h y ahora comenzará a las 23 h. No conforme con eso, además va a instalar una pantalla gigante en el Palacio de Carlos V (donde se celebra el concierto) «para que aquellos que tengan su entrada para el concierto puedan seguir en directo el partido», según el propio comunicado del Festival. (Por cierto, ¿qué va a suceder si empatan y hay prórroga y penaltis? ¿Retrasar aún más el concierto y continuar con la retransmisión televisiva?).
Habida cuenta (perdón por recordar lo evidente) de que la asistencia al concierto no es obligatoria y de que quien lo desee puede optar por no ir y ver el partido en su lugar (incluso acudir a la segunda parte del concierto, tras el intermedio), la falta de respeto hacia los espectadores que no están interesados en el fútbol, que sacaron su entrada con mucha antelación (se pusieron a la venta en abril), y que en no pocos casos trabajan al día siguiente y ya están haciendo un esfuerzo para asistir al concierto a las diez de la noche; la falta de respeto hacia los músicos que no están interesados en el fútbol y que de un día para otro tienen que tocar una hora más tarde; la falta de respeto hacia los trabajadores, técnicos y voluntarios del Festival que no están interesados en el fútbol y que tiene que hacer horas extra; y, por último, la falta de respeto del Festival decano de España para consigo mismo al convertir su concierto de clausura en el apéndice de un acontecimiento deportivo; todas estas faltas de respeto sucesivas y conjuntas, digo, son tan evidentes que no requieren mayor dilucidación. Pero en una sociedad incapaz de concebir que a alguien no pueda interesarle el fútbol parece que no se ven.
Para subrayar este hecho, permítanme unos contrafácticos recreativos que sirvan al lector para seguir reflexionando y que, gracias a la reducción al absurdo puedan contribuir a mostrar lo que de absurdo tiene la decisión del Festival: ¿se retrasaría el concierto de clausura por una final de tenis con Carlos Alcaraz? ¿Se retrasaría el concierto de clausura por una final con la selección española de fútbol femenino? ¿Se retrasaría si coincide con la actuación española en el Festival de Eurovisión? ¿Por una corrida de toros de José Tomás en Las Ventas con seis Miuras? ¿Por una Misa del Papa en visita oficial a España? ¿Por un concierto de Taylor Swift? ¿Dónde están los límites de un pretendido “interés general” al que tenga que resignarse una supuesta minoría (además por demostrar) cuando, insisto, nadie está obligado a asistir al concierto programado con antelación si las circunstancias han cambiado y ya no desea hacerlo? Y, sobre todo, se me ocurre, a la manera de Umberto Eco: qué pensarían los aficionados al fútbol si se retrasara una hora la final de la Eurocopa porque coincidiera con un concierto, digamos, de la Filarmónica de Viena, y además se instalaran pantallas en el estadio por si los aficionados quisieran verlo. Huelga decir que estoy igualmente en contra de semejante disparate. Pero que el contraejemplo resulte ridículo mientras que la retransmisión deportiva en el concierto vaya a ser un hecho da para una reflexión, cuando menos incómoda.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


