El desconcierto

El desconcierto

Como mucha gente de mi generación, yo maldije a Ortega y Gasset, a quien tuve, según me habían ordenado mis jefes, por un ‘ideólogo burgués’. Sólo más tarde volví a él con regocijo porque la suya fue una de las escasas voces inteligentes en la España de hace cien años y es un depósito inmenso de datos sobre lo que en este país no va a cambiar nunca.

Caí el otro día sobre sendos artículos de 1919 y 1920 en los que reflexionaba sobre el rechazo que producía entonces lo que él llamaba “la nueva música”. Hace un siglo esa música nueva era la de Debussy y Stravinsky. De hecho, ya sonaban desde 1910, pero lo que a Ortega le llamaba la atención era el rechazo que esa música provocaba en la gente afecta a los conciertos, con la excepción de algunos profesionales y gentes selectas como él mismo.

Su argumento era acertado. El salto de una música de extrema emoción y sentimiento, como fue la del Romanticismo, a otra que se negaba a emocionar, produjo un cortocircuito que el público no pudo resolver. En 1920 ya comprendía Ortega con toda claridad que el camino emprendido por las artes iba a traspasar la estética sentimental hacia otra puramente formal.

Más interesante aún era aquello en lo que se equivocaba. A su entender, el paso del tiempo, que había servido para que Wagner o Beethoven fueran aceptados por un gran público habituado a músicas más sencillas, no iba a tener la misma eficacia con la “nueva música”. Creía Ortega que nunca serían populares ni Debussy ni Stravinsky porque su música negaba la demanda emocional de las masas. Creía el pensador que tanto el francés como el ruso negaban los sentimientos y las emociones que Ortega llama “del buen burgués”. Por lo tanto, decía, jamás llegarán a las masas, las cuales no son sino una imitación de la burguesía. La nueva música, escribe, “no es impopular por difícil, sino que es difícil porque es impopular”.

Decimos que se equivocaba, ya que en la actualidad tanto Debussy como Stravinsky son populares, pero no es del todo cierto. No son tan populares como los románticos, los cuales siguen dominando los programas de concierto de un modo apabullante. Y lo que es peor, apareció una “nueva música” a partir de Schoenberg que aún sufre un mayor rechazo popular y sólo los profesionales y algunas personas selectas están interesados en escucharla.

De modo que quizás Ortega se equivocara con la “nueva música”, pero a lo mejor adivinó el inicio de un proceso que iría creciendo con el tiempo y cien años más tarde la impopularidad aún sería mayor. Tal vez no estaba tan equivocado y asistimos a una mengua progresiva de la clientela musical capaz de acceder a lo contemporáneo, en tanto que los conciertos masivos siguen dedicados a la música de hace dos siglos.

Debo reconocer que este proceso, un aburrido tópico, me sigue intrigando. Bien es verdad que las artes visuales se hunden en un abismo aún más oscuro, pero el fenómeno en sí, el imposible entendimiento de artistas y público, me tiene perplejo. No me desconcierta tanto el que las masas eviten reunirse para oír el Pierrot lunaire, como que sigan agolpándose para oír la Novena de Beethoven. ¿Tan poco hemos cambiado en doscientos años?