El Cor de la Generalitat, en la picota

El Cor de la Generalitat, en la picota

El Cor de la Generalitat Valenciana está en la picota. Huelga y amenaza. Una nueva normativa de la Generalitat que dispone la regularización laboral de todos sus empleados interinos amenaza gravemente la estabilidad y el futuro de una formación que, desde su creación en 1987, no ha dejado de crecer hasta convertirse en una de los conjuntos corales de referencia en el mapa español. Los problemas congénitos del coro, que entre otras actividades atiende la temporada lírica del Palau de les Arts, y cuyo tremendo y burocrático nombre da cuenta de la omnipresencia política en su gestión (lo de “Cor de la Generalitat” suena a aquello de “Orquesta sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS”) se han ido acrecentando y agravando hasta llegar a la crítica situación actual. A su precaria estructura laboral, equivocada desde los orígenes, nadie le ha metido mano. Una huelga precisa y certera, fijada en los días claves del final de temporada del Palau de les Arts, ha obligado a cancelar la Novena de Beethoven que tenía previsto dirigir Manfred Honeck, y amenaza los dos conciertos con el Requiem de Verdi que tiene programados Daniele Gatti el 1 y 2 de julio.

El problema surge del hecho de que para materializar esta regularización laboral la plantilla del Cor ha de superar un concurso-oposición abierto, a pesar de que la mayoría de los coristas llevan décadas formando parte del coro, siempre en precariedad laboral. Y ahora, cuando muchos de sus integrantes se acercan a la edad de jubilación y las cualidades comienzan a flaquear por el paso ineludible del tiempo, sus actuales responsables políticos –el Cor, administrativamente, depende de la Dirección adjunta de Música y Cultura Popular del Institut Valencià de Cultura–, emprenden esta ‘normalización’ laboral en virtud de un acuerdo general de la Generalitat para la estabilización de todo su personal interino, que prevé ‘oficializar’ y regularizar sus plazas laborales y plantear un concurso-oposición abierto, bendecido en su ‘generalidad’ por los propios sindicatos, al que, obviamente, podrían concurrir jóvenes cantantes en plenitud, equiparables a lo que eran los actuales cuando hace más de treinta años se incorporaron a una formación junto a la que han crecido, pero también envejecido.

Todos, coristas y políticos y administrativos, tienen sus razones y quizá también razón y hasta sinrazones: los músicos, por querer acogerse a una confortable condición cuasi funcionarial a todas luces incompatible con la agilidad y ductilidad que hoy día requiere una formación de la alta calidad del Cor de la Generalitat; los políticos, por tratar de resolver de una vez por todas la irregular situación heredada tras tantos años de desidia e incompetencia, y los gestores técnicos y administrativos por escurrir el bulto durante décadas y permitir que el asunto se enquistara hasta explotar. Tal como ahora ha ocurrido.

El Cor de la Generalitat ha mostrado por activa y pasiva su buen hacer artístico y su calidad incontestable. Su currículo y la labor cumplida en estos 34 años es tan espectacular como sus éxitos dentro y fuera de España. Sus integrantes, que se han dejado la piel y el ‘cor’ desde que eran veinteañeros, no merecen ser tratados ahora como desechos de tienta. Por mucho que algunos, quizá no tantos, no estén ya en el momento álgido de su carrera vocal; otros, incluso carecen de la titularidad oficial exigida para enfrentarse al funcionarizado proceso de consolidación de las plazas con el que se pretende solventar tan anómala situación. Todos, tienen derecho a hacer valer su antigüedad, entrega y méritos para afianzar unas plazas que, burocracias aparte, han sido sobradamente consolidadas por tantos y tantos años de buen hacer profesional y artístico.

La huelga anunciada por el Cor, centrada precisamente en los días claves de la conclusión de la temporada lírica del Palau de les Arts, es un error rotundo, que ni siquiera podría justificar las razones evidentes de su reivindicación. Conviene recordar que, en el dislate administrativo que desde siempre tanto ha perjudicado al ‘cor’ del Cor, éste no tiene ningún vínculo laboral con el Palau de les Arts, institución que optó en su día -2005- por mantenerlo fuera de su organigrama. Hacer, por ello, una huelga que perjudica expresamente los días grandes de un teatro que ni pincha ni corta en la gestión de un Cor que laboralmente le es totalmente ajeno, resulta, además de un grave error, un peligroso bumerán que, paradójicamente, puede revertir contra las legítimas reivindicaciones de los huelguistas. Sabido es que, del aplauso al fracaso, del apoyo al rechazo, media casi la nada.

Los muy veteranos coristas han cumplido ampliamente las mejores expectativas laborales y artísticas desde que hace décadas ingresaron en precario en el coro. Se han ganado, con profesionalidad y saber hacer, el encontrar un fin de carrera y laboral acorde con la plausible labor realizada. Durante años, por una nefasta gestión, han sido víctimas de una precariedad laboral que rompía cualquier legalidad. Por fin, tras los nefastos años de gestión del Partido Popular valenciano, la nueva administración autonómica, lejana de la paz de los cementerios, se ha armado de valor y responsabilidad y ha optado por tomar cartas en el asunto y resolver de una vez por todas la anómala situación. ¡Bravo!

Pero ha de afrontarla y resolverla sin desconsiderar la realidad profesional y artística de estos 34 años de éxitos y superación. Técnicos y políticos tienen que cargarse de sensibilidad, lucidez, imaginación y coraje para resolver este tema de un modo razonable, que preserve y concilie las reivindicaciones de unos trabajadores que han entregado lo mejor de sus años como cantantes al Cor de la Generalitat. Son ellos, con su dedicación, esfuerzo, ilusión, “cor” y talento, los que realmente han llevado la excelencia a la institución. Ojalá que todos encuentren una salida razonable, justa y positiva para todos.

Todos tienen algo que ceder y perder, pero también mucho que ganar. Respeto y generosidad. ¡Las Cortes de Cádiz ordenaron la demolición de todas las picotas ya el 26 de mayo de 1813! Y, como fin y objetivo primero y siempre, más allá de picotas y decretos, la música, privilegio y derecho de todos. También de los melómanos que han comprado ilusionadamente sus entradas para escuchar en el Palau de les Arts la Novena de Beethoven o el Requiem de Verdi.