El bello verano

El bello verano

IDOLATRÍA

La ópera no es un placer solitario. Y no siempre es un placer. Lo es cuando canta, por ejemplo, Elīna Garanča. ¡Ah, esa Carmen rubia! Pero, ¿y su Dorabella con Patrick Chéreau? ¿Y sus dúos como Adalgisa frente Gruberova o Netrebko? Ay, Elīna, que lo mismo canta Annio que Santuzza. Y ahí están tanto su Rosina (Barbero) como su Angelina (Cenerentola)… Como todo aficionado sabe, una de las vetas más sorprendentes de Elīna Garanča es el arte y el placer con que canta zarzuela, tanto las carceleras de Las hijas de Zebedeo como el dúo de El dúo de La Africana. Lo que no le impide marcarse unos Rückert Lieder con Thielemann que son para repasar una y otra vez. No es necesario que sea en solitario, puede ser con la pandilla, con la colla… si es que quedan pandillas así.

Youtube es generosa en tomas de Elīna.

Para mantener vivo el fuego del amor por Elīna, echo mano de un DVD de no hace mucho tiempo. Es La Favorite, versión original francesa, de Múnich (2017). Elīna está genial en su papel de Leonor de Guzmán, y en versiones así nos damos cuenta de la grandeza de esta opera compuesta para la Academia Real de Música, esto es, directamente para la Opera de París, y en francés, claro está. Es, o fue, un ejemplo del grand opéra (en francés, la palabra ópera es en masculino, recuerden). Una brillante dirección de Karel Mark Chichon y un plantel muy aceptable, ¿verdad, Elīna? Polenzani, Kwiecien, Kares… La puesta en escena de la señora Amélie Niermeyer no ayuda mucho, ¿verdad que no? Tiene tesis, y las tesis casan mal con el teatro, sobre todo si hay que forzar las cosas, siquiera un poco. No importa que los personajes masculinos no lleven capita, no es eso… bueno, en cualquier caso, esta Favorite merece la pena. Disfruto con ella en estos días de aislamiento, calor y…

SOBRESALTOS

Mas, ay, la música enlatada de este verano no es una bendición, como lo era en otras ocasiones; como lo fue siempre. Qué hermosura, ver un Wagner, un Verdi, un Mozart, un Massenet, un Debussy, un Janáček, un Berg, un Henze, en la pantalla de tu ordenador, con los altavoces bien puestos. O, qué sé yo, Gergiev con Prokofiev, o Thielemann con Beethoven.

Qué maravilla es, como siempre ha sido, escuchar una grabación de las sinfonías de Mozart por Krips, el Shostakovich de Kondrashin, unas cuantas sonatas de Beethoven por Lazar Berman, los Cuartetos de Bartók por el Juilliard (que lo grabó tres veces, si no me equivoco)…

Este verano, la música y el aire acondicionado semejan burbujas o rumores que sirven para hacer la realidad más amenazadora, porque somos conscientes de que no es posible ocultar el horror. Aunque con esas música resulte todo más soportable. Pero… hay sensación de fecha de caducidad. Vendrá la muerte y se llevará tus videos.

No sé si se producirá el colapso previsto seriamente (no es charlatanería de ovnis ni terraplanistas). Pero este año 2021, y el anterior, parecen darles la razón. No de manera literal, pero sí con realidades que van más allá de la teoría del cisne negro (lo totalmente inesperado). Pongamos, la pandemia, claro está; y la evidencia que, ya se anunciabas y que ahora se confirma, sobre el llamado cambio climático.

Hace unos meses leía el libro de Yves Cochet Devant l’effondrement. Essai de collapsologie (Les liens qui libèrent, 2019), publicado unos cinco meses antes de que estallara la pandemia que China ocultó mediante sus no siempre ocultos métodos. Sorprende que en ese libro se dijeran ya esas cosas, y que algunas se cumplan inmediatamente. Eso sí, cuesta creer todo lo demás, en especial al darle una fecha de presencia y estallido tan inmediata. Pero ¿y la serie El colapso? (Filmin). Son unos cuantos capítulos muy breves, apenas veinticinco minutos cada uno, muy contundentes, sin trama entre sí, aunque aparezca algún que otro personaje prestado de un episodio anterior. La cultura popular (quiero decir, el cine y algún medio más) trata desde hace mucho tiempo lo que se llama ‘postapocalipsis’. Unas veces con películas de éxito masivo, como las de Mad Max, cuyo icono ha inspirado a muchos directores de escena operísticos, que está claro que hubieran querido rodar esas películas mejor que forzar un clásico. O novelistas como Cormac McCarthy con aquella estremecedora novela breve, La carretera (2006), convertida en espléndido film por  John Hillcoat, con Viggo Mortensen (2009). Los colapsólogos, como Rochet, consideran que ahora va en serio. Es decir, que todo lo demás había sido intuición.

KABUL

Ahora bien, hay algo más que aplasta las esperanzas: el retroceso de las libertades en el mundo. Lo de Afganistán es desolador, no me digan que no. Se ha analizado bien en algunos medios, no es éste el lugar insistir, ni vamos a hacerlo. Solo que uno ve cómo se frotan las manos los dirigentes de potencias deseosas de que las libertades retrocedan en Occidente: China, claro está, una tiranía en auge imparable; la Rusia de Putin, el gran resentido que dirige un país en retroceso; la Arabia Saudita con jeques que financian el terror y dirigentes que asesinan al discrepante; Turquía, desdeñada por la Unión Europea, dirigida ahora por un aspirante a Gran califa de los creyentes (¿se dice así?); y pequeñas repúblicas la Unión Europea, como la Hungría, cuyo gobierno no pudo celebrar los cien años del Tratado de Trianón el año pasado con todo el victimismo y todas las flechas  cruzadas que hubiera querido el tiranuelo que admitimos en nuestro club europeo como si no apestara. Adelante, ya queda menos. Con los polacos les va a ser más difícil, aunque el gemelo superviviente gane elecciones. Allí hay sociedad civil y hay firmeza. ¿Y en el oeste, qué queda? La sociedad líquida de Bauman, la ligereza de Lipovetsky. Mucho cabreo, ninguna resistencia.  Vendrá la muerte y se llevará tus libertades. A algunos les basta con invocarla, con apropiarse de la palabra. Qué les importa la libertad, aparte de la palabra como arma arrojadiza. Nada.

La bella estate, sí. El bello verano, hermosa novela  breve de Cesare Pavese. Pavese contaba historias, pero sobre todo sugería personajes y nos hacía vivir en atmósferas. La atmósfera de este bello verano de 2021 es sofocante, ya lo sabemos. Veremos óperas. En casa, se entiende. Me despido con una cita de Pavese, de su poemario Lavorare stanca (Trabajar cansa, 1936):

Ma es un giocho rischioso prender parte alla vita.

Por mi parte, creo que volveré, mediante lectura, a una espléndida obra de Tony Kushner, Homebody / Kabul, que hace más de diez años Mario Gas puso en escena en el Español Madrid, con dos auténticos monstruos femeninos, esplendorosas (¿sigue uno con la idolatría?): Vicky Peña y Gloria Muñoz. Sí, uno está en casa y, de pronto, decides ver y oír a Elīna. O está en casa, y mientras, está pasando lo de Kabul…