El arreglo

El arreglo

Todos los años hago el afán de no escribir del Concierto de Año Nuevo pero mi falta de madurez y los años de ejercicio de la crítica y del periodismo me llevan a ceder, bien es verdad que levemente, a tentación tan poco sana. Ya saben mis improbables lectores que lo que más me impresiona del asunto es la enorme erudición vienesa que se luce entre nosotros, el conocimiento profundo de los conceptos fundamentales, de las distintas escuelas concretadas en requintadas discografías, el comentario siempre pertinente a los gestos, modos y maneras del maestro de turno —hoy que si un oso, que si de terciopelo azul— y esta vez también, como gran novedad y por persona interpuesta, la opinión de un director español que estudió en Viena, que me figuro quién es —siempre generoso con sus compañeros de profesión— y que manifestó en alarde de ingenio que lo mejor de este año fue lo bien que Andris Nelsons tocó la trompeta.

Así, pues, y aun agotadas las posibilidades de añadir algo de provecho a lo ya dicho, déjenme al menos manifestarles mi profunda emoción por el gesto de la propia Filarmónica de Viena al reconocer que el arreglista de la Marcha Radetzki era un nazi de tomo y lomo. Es verdad que no tanto como el que inventó tan delicioso encuentro anual. Al fin, la versión ha sido sustituida por otra que diera menos vergüenza. Ninguna, por cierto, pasó durante tanto tiempo ese público, mezcla de la trilateral, el Foro de Davos y el sol naciente, que ha dado palmas sin saber quien era el prenda en cuestión, un tal Leopold Weninger. Ni falta que hacía, ¿verdad? Y luego hablan de pactos.

N.B.: Publicada esta bitácora, el autor del texto que cita al maestro citado a mi vez me dice que este no es español, lo que si amplia el campo especulativo, igualmente lo estrecha. Noblesse oblige.