La IA: ¿enemigo o aliado?

En un abrir y cerrar de ojos, con la rapidez de lo que nos pilla por sorpresa, la inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una oportunidad y en un problema que abarca todas las facetas de nuestra vida. La ciencia, la educación, la economía, el periodismo, las artes y las letras se han visto desbordadas ante la llegada de lo que supone un nuevo paradigma de cara a procesos que abarcan desde el aprendizaje y la asimilación de los saberes tradicionales a la desigualdad manifiesta que su implantación supondrá en una sociedad que todavía no ha resuelto los problemas inherentes a la brecha digital.
Todo el mundo empieza a ser consciente de la importancia de la IA en procesos de investigación médica, por ejemplo. Pero también debiéramos serlo respecto a su incapacidad manifiesta para adaptar su funcionamiento a eso que llamamos sentimientos y que tiene que ver con aquello que el ser humano busca como solución a sus problemas diarios. No sólo sirve para que sepamos cómo cocinar una paella de aquella manera sino para empujar impunemente al suicidio a un adolescente cuyo horizonte de consuelo no va más allá. Con el triunfo de la IA llega a su extremo, como antes sucedió con la energía nuclear y luego con unas cuantas cosas más, la vieja teoría de que la ciencia no responde a la realidad con conceptos morales sino con evidencias comprobables.
Los desafíos que la IA plantea desde lo que podríamos llamar su inevitabilidad han sido recibidos a veces con un alborozo un tanto ingenuo por parte de actores involucrados en la actividad cultural, incluso desde su condición de opinadores de ocasión. Hoy, cuando vemos que el algoritmo quiere imponerse a la facultad de elegir, que empresas editoriales o plataformas musicales sustituyen al traductor o al creador de textos explicativos por la inteligencia artificial se empieza a comprender que venderse con armas y bagajes a una tecnología utilísima en algunos campos, pero perversa en otros, fue demasiado prematuro.
No olvidemos la dimensión del desafío, y más aún en el contexto de la economía mundial. Como recordaba Gema Escribano en Cinco Días el 5 de noviembre, “las siete grandes tecnológicas —Nvidia, Apple, Amazon, Alphabet, Microsoft, Meta y Tesla— suponen más de la mitad de las ganancias del mercado estadounidense. Las expectativas de que las compañías logren rentabilizar sus abultados planes de inversión en IA han disparado sus cotizaciones, reavivando los fantasmas de una nueva burbuja”. Y algo ha ido aprendiendo el mundo sobre burbujas de un tiempo a esta parte. La alianza entre Microsoft y OpenAI puede aclarar algo de ese camino en el que alguna de esas grandes corporaciones trata de disimular con rostro humano sus ideas menos filantrópicas.
Otra cuestión que también resulta preocupante es lo que la IA aplicada a la divulgación musical supone para la continuidad de tareas hasta ahora de utilidad manifiesta. Algunas plataformas han prescindido ya de una buena parte de los textos que acompañaban a cada una de las novedades discográficas recogidas en su oferta o han delegado la tarea de entrevistar a los artistas más solicitados en los propios servicios de promoción de las discográficas. Para algunos gestores, la IA puede perfectamente sustituir a los autores de notas al programa en los conciertos que, en algunos casos, deben defender la categoría de creación intelectual aplicable a sus propios trabajos a la hora de recibir sus emolumentos. Pueden parecer casos menores, pero no dejan de suponer el principio de lo que se avecina en aras del ahorro corporativo vía la degradación del verdadero valor de un trabajo digno.
Por todo ello hemos querido dedicar por vez primera en nuestra revista un dosier a la inteligencia artificial, a eso que miramos a la vez como un aliado y como un enemigo, de quien debemos extraer todas sus posibilidades de acrecentar nuestro bienestar, pero de cuya capacidad predatoria y de su uso como vehículo para la difusión del error debiéramos cuidarnos con extrema precaución. En un momento en que parece que se trata de despojar al Estado de cualquier capacidad regulatoria no está de más plantearse cuál debe ser su papel dentro de la tarea global de arbitrar democráticamente el juego de las redes para que una herramienta llena de posibilidades no acabe en un hervidero de desinformación. Antes de que sea demasiado tarde. ¶


