La Biennale Musica se banaliza

El pasado año el gobierno de Giorgia Meloni designaba al periodista, escritor y comentarista siciliano Pietrangelo Buttafuoco —con la idea, según Raffaele Speranzon, senador por Venecia de Fratelli d’Italia, de “conquistar un feudo de la izquierda”— como nuevo presidente de la Biennale di Venezia en sustitución del productor cinematográfico Roberto Ciccuto. Ello trajo consigo el cambio en la dirección artística de la Biennale Musica, que pasó de Lucia Ronchetti a la también compositora Caterina Barbieri.
Sólo tres años estuvo Ronchetti, una personalidad muy respetada en el métier, que debió lidiar con ese miedo a la soledad que atenaza a lo que llamamos gran cultura y que pareciera que sólo se resuelve cayendo en los brazos de una compañía mucho menos culpable, lo que tuvo su ejemplo práctico en el León de Oro concedido a Brian Eno en 2023, una decisión confortable en el fondo y en la forma.
Barbieri comienza su etapa con una programación —La estrella interior es su título— que niega el trabajo de sus antecesores: descubrir y desechar o consagrar aspectos de una modernidad que se sabe ligada por fuerza o de grado a una tradición —también para revisarla críticamente— y a una vanguardia que la traduce a su manera y que aspira a convertirse en clásica. Su opción, por el contrario, supone la aceptación de un producto preconsumido: una suerte de mainstream discotequero o seudo místico con coartadas étnicas, ecológicas o sentimentales.
Si se trataba de castigar la música de hoy, el concepto de contemporaneidad como desarrollo de lo clásico, de Nono a Lachenmann, de Saariaho a Sanders, a su presunta superioridad artística sobre el resto de la oferta, el golpe ha sido simplemente brutal. Y seguramente la bofetada no sólo se le ha dado a la izquierda sino a la propia ciudad, pues es de suponer que el público que generaba la Biennale Musica pase olímpicamente de esta edición. Al signore Speranzon le habrá salido el tiro por la culata.
Para que no sea tan fácil criticar el grueso de la programación, la organización ha jugado con una coartada perfecta, un parachoques excelente: el Léon de Oro a Meredith Monk [en la foto superior], tan merecido como tardío. Pero el aviso llega en el Léon de Plata concedido a Chuquimamani–Condori. Cabía la posibilidad, mucho más centrada, de habérsele dado a Laurie Spiegel, de quien se estrenará en Europa su The Expanding Universe, pero hay que trabajar a beneficio de una empresa que creyendo ir sobrada de argumentos se ha quedado en la mera pobreza conceptual.
Es una pena contemplar este viraje en el que no se sabe qué podían pretender los nuevos responsables de la Biennale. Qué clase de estrategia es esta para quitarse de encima a una izquierda que acertaba unas veces y otras menos. El discurso explicativo se sostiene en la pura descripción, no en un sólido pensamiento curatorial. Si la alternativa era esta, su fracaso es absoluto, empezando por el error que supone no conocer el terreno de juego, los sesenta y nueve años en los que Venecia ha sido la capital de la música contemporánea y ahora el escenario de una manifestación banal que no hubiera disgustado seguramente a los invitados a la boda de Jeff Bezos.
Del mismo modo que a Bayreuth, a Salzburgo o a Aix-en-Provence —que, por cierto, han incrementado sus ingresos por taquilla en sus ediciones de este año— hay que pedirles la máxima exigencia en el desarrollo de unas programaciones que corresponden a su utilidad real en cualquiera de sus pretextos, de la música de Wagner a los estrenos de George Benjamin, cabría pedirle a Venecia una fidelidad a unos principios que han sabido indagar en caminos más o menos arriesgados pero que nunca han sucumbido a la trivialidad. No se trata de ponernos estupendos, de reivindicar una exclusividad estúpida, sino de apostar siempre por lo que diferencia el arte verdadero de lo que no lo es, aunque sí sea un buen pretexto para una cierta catarsis colectiva sin mayor trascendencia, divertida y aburrida a partes iguales, irresponsable, en definitiva, respecto de lo que sucede cada día en el mundo. ¶


