EDITORIAL / Además de Mahler

El inicio de la presente temporada en las orquestas españolas ha encontrado su punto común en la presencia de Gustav Mahler. La Orquesta Nacional de España, la Sinfónica de RTVE, la Sinfónica de Euskadi, la Orquesta de la Comunidad de Madrid y la Sinfónica de Galicia han inaugurado sus abonos con las sinfonías Segunda o Tercera, mientras la Real Filharmonía de Galicia lo hacía con la Cuarta. La Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya programará la Resurrección este mes de noviembre y antes, en el ciclo de Ibermúsica en Madrid, la Filarmónica de Nueva York con Dudamel habrá propuesto la Quinta y, en el de La Filarmónica, la Sinfónica de Düsseldorf la Tercera.
A estas alturas nadie puede dudar de que el tiempo de Mahler acabó por llegar. Se veía venir cuando Rafael Frühbeck de Burgos organizó en la ONE, entre 1970 y 1972, un tan irregular como trascendental ciclo en el que, lo que son las cosas, un joven Michael Tilson Thomas estrenaba en España la Novena Sinfonía. Hoy no es que su tiempo haya llegado, sino que se nos aparece cada vez más como nuestro contemporáneo a través de una obra que reúne la nostalgia, la esperanza, la frustración y la trascendencia en un lenguaje extraordinariamente emocional. Mahler se muestra como es a una humanidad que cada vez tiene menos puntos de apoyo. Convengamos, pues, en que programar a Mahler supone entender muy bien su capacidad para formalizar los anhelos de un tiempo de crisis profunda.
Pero, bajando de esas alturas emocionales, debiéramos igualmente convenir que la casa de la música y, por tanto, el ámbito de responsabilidad de los programadores tiene muchas moradas esperando que alguien llame a su puerta mientras el canon da muestras de colapso por reiteración. Hay demasiados nombres que beben lo que Borges llamaba el licor amargo del olvido sin los que no se entiende la realidad de aquellos que sí triunfaron pero que, además, presentan por sí mismos rasgos de interés indudable.
Ya sabemos que no es fácil programar y que una de sus necesidades primordiales es adecuar la oferta a la demanda para, en la medida de lo posible, no ser acusados sus responsables ni de elitismo ni de despilfarro. Pero también que una buena programación debe ser capaz de articular imaginación y apetito: ser, en definitiva, más estimulante que acomodaticia. No siempre basta con refugiarse en las plataformas para acceder a lo que nació para la sala de conciertos.
La música española ofrece también un panorama parecido, aunque aún más precario. En el repertorio patrio, se produce de una manera sistemática una injusta preterición de lo que fue nuestra música en los años anteriores y posteriores a la Edad de Plata que representó la Segunda República. No hablamos hoy tanto de un repertorio contemporáneo que, al fin y al cabo, tiene sus nichos, sino de ese otro que antes solía aparecer por las programaciones de nuestras orquestas y hoy brilla por su ausencia.
Ejemplos evidentes y palmarios serían, sin ir más lejos, Roberto Gerhard y Jesús Guridi, autores de piezas maestras —desde las sinfonías del primero a las Diez melodías vascas del segundo— que estuvieron antaño en repertorio y que hoy se olvidan. Hay curiosas excepciones puntuales, como las Danzas fantásticas de Joaquín Turina en las giras protagonizadas este año por la Orquesta Nacional en Alemania y la Sinfónica de Galicia en el Reino Unido, aunque jugaran con la ventaja de un estilo fácilmente asimilable por sobradamente asumido.
La música española se ha permitido el lujo de prescindir de generaciones enteras, y resulta un ejercicio tan interesante como clarificador, aunque también algo deprimente, olfatear, precisamente ahora y como ejemplo bien notorio, la presencia en las programaciones de la del 27, que el año próximo celebra su centenario. La Orquesta Nacional le dedica, al menos, su ciclo Focus, y la Sinfónica de Galicia un bien armado programa con Bal y Gay, Rosa García Ascot, Rodolfo Halffter y Manuel de Falla. La Sinfónica de Navarra recuerda a Emiliana de Zubeldía, la de Euskadi a Aita Donostia, la OSPA a María Teresa Prieto y la OBC a Eduard Toldrà. La de RTVE a nadie. ¶


