Edita Gruberova: certera y penetrante

Edita Gruberova: certera y penetrante

Se nos ha ido otra muy importante soprano, una de las más cotizadas, escuchadas, mimadas y aclamadas; en todas cuantas aventuras vocales probó, algunas no coincidentes por completo con su tipo tímbrico. Pero siempre artista, pródiga en el esfuerzo, entregada a su arte, buscadora del mejor efecto, que supo aunar las técnicas más acabadas de emisión y ejecución y plasmarlas en un estilo muy propio. Nos  estamos refiriendo a la eslovaca Edita Gruberova, venida al mundo en Bratislava el 23 de diciembre de 1946.

Sus innatas dotes para el canto fueron aprovechadas por su primera profesora, Maria Medvecká. En sus primeros años cantó música folklórica en un grupo local; pero la voz era un brillante maravilloso y estaba destinada a circular por los mejores teatros de ópera del mundo. No extrañó que ganara en 1968 el concurso de canto de Toulouse tras cantar su primera Rosina de El barbero de Sevilla. Enseguida la Ópera de Viena le echó el ojo y le dio el espaldarazo con la Reina de la noche de La flauta mágica, que sería de allí en adelante uno de sus papeles fetiche. Como demostración palpable de que la cantante poseía todos los avales para ser calificada como soprano lírico-ligera coloratura. Más adelante, con toda lógica, aquel diamante que era su voz crecería hasta la estratosfera hasta asentarse como una de las cantantes más importantes de su tiempo; que terminó hace muy pocos años cuando decidió colgar los hábitos.

Comenzó su andadura, como hemos comentado, como soprano lírico-ligera, en la segunda etapa de su larguísima carrera de de casi 50 años vertida claramente a lo lírico, siempre con agallas para los más endemoniados pasajes coloratura. Se regodeaba con absoluta insolencia en los más arduos y se exhibía con absoluto aplomo y seguridad en trinos, escalas, roulades, staccati, saltos de octava… Y fue evolucionando de manera muy clara de las soubrettes mozartianas o sus iniciales Lucias o, poco después, su incomparable Zerbinetta, hasta sus Reinas donizettianas.

El timbre era muy eslavo, rico, aunque no, para el que firma, específicamente bello. Color plateado, emisión de excelente direccionalidad a los resonadores superiores, con intensa vibración, extensión impresionante, hasta un milagroso Sol 5, fabuloso control del aliento, con magnífico apoyo y un diafragma de hierro pero de rara elasticidad. Aparte, por supuesto, una pasmosa facilidad para todas aquellas fioriture. Pero su propensión a los filados, a las variadas dinámicas, al empleo de un indiscriminado glisando, su tendencia a olvidarse del tempo y, consecuentemente, del ritmo de base, que podría ser plausible o aceptable en ciertas épocas, su atrabiliaria manera de acentuar, fueron exagerándose cada vez más hasta resultar a veces cargantes.

En sus últimos años, ya en decadencia, con la voz cansada y trémula, esos efectos eran más ostensibles. Aunque siempre tenía tras de sí, en muchos países y también en el nuestro, una gran cohorte de admiradores y palmeros que la vitoreaban hiciera lo que hiciera. Pese a que se conservaba para su edad bastante bien, la elasticidad muscular la había abandonado años ha. Y sus portamenti se exageraban cada vez en mayor medida. Ese fraseo, tan amanerado, nunca nos convenció del todo en sus heroínas italianas, pero quedaban las demás virtudes que le permitían, por ejemplo, realizar una fastuosa e infalible recreación de la endiablada aria Ah, se il crudel periglio de Lucio Silla de Mozart.

No tan bien en Martern aller Arten de El rapto en el serrallo, donde faltaban graves. Los de Guberova nunca fueron muy allá. Pero los agudos siempre resultaban resplandecientes y seguros. Ahí están, por ejemplo, ese Re 5 de Regnava nel silenzio de Lucia o el Mi bemol 5 de Traviata. No se encontraba muy a gusto en Norma. Pero nos levantaba del asiento en El murciélago de Johann Strauss. Hace unos ocho años la soprano visitó Madrid para interpretar en versión de concierto Roberto Devereux de Donizetti en el Tetro Real. Todavía pudimos escuchar alguna que otra frase bordada, alguna ligadura excelsa, algún ataque fúlgido y captar de nuevo en ciertos momentos su tan atractiva en tiempos sustancia tímbrica, espejeante, líquida, perfumada, con sus característicos toques guturales.

Cuatro años atrás la habíamos escuchado en el Auditorio Nacional en un sugerente recital de lieder de Mozart, Schubert, Dvorák y Strauss; con su marido entonces, Friedrich Haider, al piano, y la colaboración del magnífico  clarinetista José Luis Estellés. La aplaudimos vivamente en el schubertiano y maravilloso Pastor en la roca. Aunque el recuerdo más imborrable venía siempre con la dificilísima aria de Zebinetta de Ariadna en Naxos de Strauss, que bordaba como nadie; y, claro, en su espectacular Reina de la noche, a la que daba carne, consistencia y carácter. Ahí, en sus buenas épocas, sí que era imbatible. Su timbre nos penetraba hasta el tuétano. Lo había hecho ya por supuesto en aquella importante Lucia de 2001 asimismo en el Real. Aún guardaba lo mejor de sus esencias a sus jóvenes 55 años. Nos quedamos con esa imagen.

(Foto: Lukas Beck)