DORDOGNE / Itinéraire Baroque: los placeres de la campiña francesa (II)

La Rochebeaucourt. Iglesia de Saint-Théodore. 1-VIII-2025.
– La Risonanza. Fabio Bonizzoni (dirección y órgano), Emilia Bertolini (soprano). “Handel y sus contemporáneos”. Obras de Haendel, Sammartini y Corrette.
– Maylis Moreau (viola da gamba) y Pierre Florac (recitante). “Tous les matins du monde”. Obras de Saint-Colombe y Marin Marais sobre textos de Pascal Quignard.
– Capella de La Torre. Katharina Bäuml (dirección y chirimía), Margaret Hunter (soprano). “Les Élements”. Obras de E. de Brito, J. Desprez, J. Playford, C. de Morales et al.
El festival “Itinéraire baroque”, que se desarrolla entre finales de julio y principios de agosto en el Périgord, resulta para el melómano/viajero una de esas experiencias completas en las que la calidad artística se corresponde a la perfección con la belleza de los lugares y la apacibilidad del entorno geográfico. No deja de sorprender la escasa presencia de visitantes españoles en una región que se encuentra a escasas cuatro horas en coche desde la frontera, mientras que holandeses e ingleses campan por allí a sus anchas y desde hace siglos en algunos casos: en lo que a los segundos respecta, su querencia por Aquitania viene de muy lejos, claro está. Desde luego es maravilloso ver cómo los unos critican a los otros, los otros a los unos, y los franceses a todos ellos, entre bocado y bocado de foie gras. Para quienes quieran vivir una estancia cultural tranquila, con parajes deliciosos por los que pasear o recorrer serenamente y con unos precios nada escandalosos —no como padecemos en muchos lugares de España—, se trata sin duda de un destino y un festival veraniego muy a tener en cuenta. Y tras esta publicidad no pagada por ninguna oficina de turismo, pero sí fruto del agradecimiento por la atención y la hospitalidad con la que reciben al visitante, tanto los habitantes perpetuos como los estacionarios, vamos al meollo de la cuestión.
Uno de los placeres del festival consiste en acudir a varios conciertos en la misma jornada, alternando con actividades tan variopintas y saludables como asistir a una buena conferencia o degustar un plato local. En ocasiones, el desplazamiento para disfrutar de las actuaciones musicales conlleva cambiar de localidad y disfrutar de arroyos, colinas, sauces y castaños, pero el día 1 de agosto, todas las actividades se concentraron en el pequeño pueblo de La Rochebeaucourt, concretamente en la iglesia de Saint-Théodore. El grupo La Risonanza, creado por el clavecinista, organista y director Fabio Bonizzoni en 1995, fue el encargado de abrir la jornada en lo musical. No extraña la participación de dicha formación en este festival, no solo por su acreditada calidad y dilatada experiencia, sino también por la estrecha relación que el milanés mantiene con su maestro Ton Koopman —director del “Itinéraire baroque”— y también con la escena francesa, en la que se producen con mucha asiduidad. El programa dedicado a Michel Corrette, Giuseppe Sammartini y Georg Friedrich Haendel, pretendía ilustrar la influencia de este último sobre sus contemporáneos con una alternancia de conciertos para órgano y cantatas. El festival pone mucho empeño también en promover jóvenes talentos, y en este caso fue la soprano australiana Emilia Bertolini la prometedora voz de soprano que pudimos escuchar dando vida a esos personajes quejosos de sus males de amor.
El Concierto op. 26 n.º 5 del prolífico Michel Corrette (1707-1795) abrió la sesión. Este organista normando dedicó su larga vida tanto a la composición como a la didáctica musical, a pesar de lo cual no son muchas las obras de su producción que se interpretan en concierto. Influido por los conciertos para órgano de Haendel, aunque teñidos de estilo francés y del gusto galante de su época, escribió una serie de seis obras para este instrumento. En el que tuvimos la ocasión de escuchar, hemos de destacar el segundo movimiento, un encantador Andante con variaciones, en el que el violín tiene un papel tanto o más elocuente que el órgano y en el que el concertino Ryo Terakado tuvo ocasión de demostrar sus habituales solvencia y solidez. Una interpretación llena de encanto y buen gusto nos preparó para la cantata italiana Tu fedel? Tu constante? de G. F. Haendel, uno de cuyos manuscritos -que incluye oboe- pertenece al propio Ton Koopman. De hecho, tanto el holandés como Fabio Bonizzoni son de los pocos directores que la han grabado. La versión que pudimos escuchar es la que compuso para Roma hacia 1707 para el marqués Ruspoli. Emilia Bartolini, soprano que continúa especializándose en Francia en el repertorio barroco, aunque ya ha ganado varios premios en diversos concursos, dio muestras evidentes de su buen hacer con una voz realmente bella y dúctil. Más cómoda en las arias que en los recitativos —normal dada su juventud— consiguió momentos de gran expresividad , como en el aria “Se non ti piace amarmi”. Bonizzoni, siempre atento, dirigió un acompañamiento sensible y lleno de pulso rítmico a un tiempo.
Siguió el Concierto para órgano y cuerdas op. 4 nº 1 también de Haendel que, en 1735, empezó a intercalar este tipo de composición en sus oratorios —de hecho, incluirá en ellos material proveniente de los títulos entre cuyas secciones serían interpretados— con el objetivo de atraer al público que podría disfrutar del virtuosismo del propio compositor, cuyo objeto no era otro que el de rivalizar con los castrati de la Compañía de la Nobleza. Qué tiempos aquellos en los que la manera de hacer publicidad era que Haendel compusiera un “conciertito” para lucirse. El primero de ellos, que fue interpretado por La Risonanza, se integró concretamente en el oratorio Alexander´s Feast. Destaca por la belleza y solemnidad de ese Larghetto inicial y por el contraste con la contagioso optimismo del Allegro que sigue. Bonizzoni y los suyos llevaron a cabo una lectura muy clara y suficientemente contrastada en la que primó el concepto camerístico sobre el brillo solista, con unas cadencias instrumentales bastante reducidas.
La matinée se cerró con una cantata de Giuseppe Sammartini (1695-1750), autor que ejerció como oboísta en la orquesta del propio Haendel en la década de 1730. En 1736 se incorporó como profesor de música en casa del Príncipe de Gales, donde compuso la mayor parte de su obra. La cantata que tuvimos ocasión de escuchar, Cessò, pastori, es de temática pastoril-amorosa, como se puede deducir de su título. Si la impronta haendeliana está lógicamente presente, el tono predominante es galante y cortesano y de un encanto un tanto superficial pero innegablemente seductor. La soprano Emilia Bartolini cantó segura y dominó sin problema tanto agilidades como momentos de mayor expansión lírica, con un buen control tanto del registro agudo como del grave, sin pretender forzar la voz más allá de lo conveniente, pero dando muestras de una calidad evidente que, sin duda, se irá incrementando. Hubo muy buena conexión con el director y el conjunto instrumental, que estuvieron en todo momento pendientes de las evoluciones de la solista para lograr una interpretación realmente armoniosa y con el punto justo de sentimentalismo dieciochesco.
A media tarde estaba programado el segundo concierto de la jornada, que comenzó con casi tres cuartos de hora de retraso por una de esas contingencias que suceden cuando se topa con la Iglesia: la llave no abría y, por supuesto, no había por allí nadie que pudiera traer otro juego. Finalmente, tras alguna intervención más o menos humana y con un alborozo semejante al que hubiera seguido a una aparición de S. Pedro con su juego, pudimos entrar en Saint-Théodore. Ni una protesta, ni una mala cara, ni una indignación: el relajo vacacional, el tiempo soleado y la buena educación sin duda ayudan mucho en situaciones así. El programa que ofrecieron el actor Pierre Florac y la violagambista Maylis Moreau se titula “Tous les matins du monde”. Como se pueden suponer, se basa en la novela del mismo nombre escrita por Pascal Quignard en 1991, basada en otro texto propio de 1987 titulado La leçon de musique, y cuya inmediata adaptación cinematográfica dirigida por Alain Corneau obtuvo —probablemente por sorpresa— un gran éxito de público.
Los fragmentos elegidos para la declamación tenían dos ejes principales: el amor de Saint-Colombe por su esposa fallecida y sus diversas manifestaciones (musicales, fantasmagóricas, sensuales, gastronómicas…) y la directa relación entre la voz humana y el sonido de la viola, capaz de reproducir cada inflexión provocada por cualquier movimiento del alma con mayor expresividad que unas cuerdas vocales, si cabe. Es precisamente este aspecto lo que empuja al joven Marais a buscar las enseñanzas del maestro Saint-Colombe.

El ambiente que propicia un lugar tan recoleto como la iglesia de Saint-Théodore es idóneo para disfrutar de un espectáculo musical como este: una agradable y ligera resonancia favorece al sonido del instrumento sin empañar en exceso la dicción. Además, la intimidad que pretenden crear ambos intérpretes, tanto entre ellos como con la audiencia, se ve propiciada por esas acogedoras piedras, donde el joven talento de ambos nos introdujo en un ambiente lleno de melancolía y cuidado equilibrio entre sonido y silencio. Maylis Moreau (actualmente estudiante en el CNSMD de París en la clase de Christophe Coin) ofreció, hilvanada con las lecturas de su compañero, una cuidada selección de obras de Saint-Colombe y de Marin Marais y también un fragmento de De Machy en el momento en el que a él se alude. Del primero no podía faltar Les pleurs y del segundo, muy en consonancia con el texto, Les voix humaines. Esta joven instrumentista llevó a cabo una lectura llena de expresividad y emoción, con la atención muy enfocada precisamente en la resonancia de las notas, para jugar con los tiempos de reverberación o el silencio que dejaba entre frase y frase. A este respecto, fue especialmente intenso el momento en el que, para reforzar el texto declamado a contrario, en lugar de ponerse a tocar, según relató su compañero que hizo el protagonista, un elocuente silencio de más de medio minuto llenó la bóveda de la iglesia. Dada su juventud, Maylis Moreau aún tiene algunos aspectos técnicos por asentar, que se hacen más patentes cuando hay que asumir todo un recital con viola sola sin ningún tipo de acompañamiento, con la dificultad que eso conlleva. Sin embargo, esta intérprete, que ya colabora con importantes ensembles, dejó muy clara su capacidad instrumental y un sentido dramático del discurso y la prosodia musical nada común a su edad. Un muy hermoso espectáculo servido por dos jóvenes talentos que lograron crear un ambiente realmente íntimo y emocionante.
Y tras el recogimiento y la introspección vino la expansión y la fiesta nocturna con el grupo alemán Capella de La Torre, especializado en música renacentista y que ofreció un programa organizado en torno a la doctrina de los cuatro elementos y sus manifestaciones musicales en los siglos XV, XVI y XVII, momento en que el humanismo renacentista pone en solfa muchas de las teorías heredadas. Este ensemble, liderado por la oboísta Katharina Bäuml, y cuyo nombre se debe al compositor español Francisco de la Torre, que a principios del XVI compuso una obra para instrumentos de viento que se hizo muy popular, cuenta con una dilatada experiencia de veinte años. Con un número fijo de diecinueve miembros pero de formación variable, en esta ocasión fueron siete los músicos que interpretaron este variado y muy atractivo concierto: chirimía, chirimía alto/flauta, bajón, sacabuche, percusión y órgano.
Cuatro o cinco fueron las obras seleccionadas para “ilustrar” musicalmente cada uno de los elementos, comenzando por el aire para terminar en la tierra, porque, como bien argumentó Bäuml, la tierra es el origen de todo y a donde todo retorna. Un recorrido también a lo largo de más de doscientos años de música y a través de buena parte de Europa, con autores como Estebao de Brito, Josquin Desprez, Anthony Holborne, Dietrich Buxtehude, Cristóbal de Morales, Jacob Arcadelt o Lorenzo Allegri, por dar cuenta de los diferentes ámbitos geográficos y musicales, trufados con danzas y cantos tradicionales de aquí y allá que nos recuerdan que esto de la globalización es una muestra más de adanismo y que nuestros ancestros se movían mucho más de lo que nos imaginamos y sobre todo, que culturalmente realizaban verdaderos y provechosos intercambios.
Desde las primeras notas, los De La Torre dejaron claras dos cosas: un completo dominio instrumental y estilístico del repertorio y un entusiasmo por tocar ante el público verdaderamente encomiable: la inextinguible vitalidad de Bäuml resulta, sin duda, un estupendo acicate para que cada músico dé lo mejor de sí y se sumerja por completo en cada partitura/improvisación. En cada bloque hubo dos partes, cuyas obras se unieron gracias a la meticulosa y sabia labor del percusionista Mike Turnbull. Este británico tiene un recorrido de lo más interesante y enriquecedor que le ha hecho conocer de primera mano el folclore de diversas partes del mundo (el flamenco en España, sin ir más lejos) y no duda en integrar algún curioso instrumento para su cometido en este grupo. Pero la realidad es que, por extravagante que pueda parecer en algún momento, el resultado sonoro no solo resulta atractivo y adecuado, sino que se funde perfectamente en el estilo. La organista Martina Fiedler ofreció un trabajo de una fiabilidad encomiable, con un continuo de gran calidad que realizó también una preciosa y muy cuidada labor de acompañamiento vocal cuando fue preciso. Especialmente destacable fue la labor de los vientos graves, Yosuke Kurihara al sacabuche y Regina Hahnke al bajón, que aunaron la imprescindible estabilidad en el bajo con un gran virtuosismo. ¡Y vaya afinación! Fantásticas también Hildegard Wipperman (chirimía alto y flauta) y la propia Katharina Bäuml, que pasaron con total naturalidad de la solemnidad y recogimiento que requiere un Tu solus qui facis mirabilia de Josquin Desprez a la explosión de inventiva (y hasta ligera extravagancia, ¿por qué no?) en esas Chaconas y danzas tradicionales de aquí y allá. Menos interesante me resultó la soprano estadounidense Margaret Hunter, cuya voz no sólo no me pareció demasiado agradable e incluso algo destemplada en el agudo, sino que su dicción es francamente mejorable: sólo se entendían los textos ingleses y, desde luego, ni palabra de los latinos, lo cual, dado el repertorio, no tiene mucha excusa. Pero la excelencia del resto compensó muchas cosas y, desde luego, las versiones instrumentales, llenas de color y de sabor, fueron un verdadero deleite.
Una estupenda forma de cerrar esta fabulosa jornada musical transcurrida bajo el suave sol de la Dordoña. Cinco conciertos muy apetecibles aguardaban al día siguiente a los asistentes, pero otros deberes musicales nos requerían a este lado de la frontera. Continuará el verano que viene…
Ana García Urcola


