DONAUESCHINGEN / Donaueschinger Musiktage 2025, en busca de nuevos puntos cardinales

Donaueschingen (Alemania). Donaueschinger Musiktage. 17/19-X-2025. SWR Symphonieorchester. SWR Experimentalstudio. IRCAM. François-Xavier Roth, director. Elena Schwarz, directora. Carl Rosman, clarinete. Mariam Rezaei, tocadiscos. Tabea Zimmermann, viola. EXAUDI. Klangforum Wien. Vimbayi Kaziboni, director. Xizi Wang, directora. Johanna Vargas, soprano. HANATSUmiroir. Kaja Draksler Octet. Sarah Saviet, violín. Joseph Houston, piano. Czajka & Puchacz.
Al festival de música contemporánea más importante del mundo, como así le gusta considerarse (objetivamente también el más longevo), al Donaueschinger Musiktage se viene a festejar y a confrontar con situaciones auditivas, si no inéditas (lo que cada vez es más complicado) sí al menos desafiantes. Se viene a probar cosas, a ver qué funciona y qué no, desde luego también a disfrutar con la música de nueva creación. Porque si algo caracteriza a este más que centenario encuentro es su capacidad de aglutinar durante un fin de semana al año en la pequeña localidad de Donaueschingen, enclavada en la Selva Negra alemana, a centenares de entusiastas de la música contemporánea, un término lo suficientemente amplio y connotado como para entender que todo lo que aquí se propone puede encajarse sin necesidad de martillo en este populoso cajón lleno de elementos no siempre bien avenidos.
La edición de 2025, que celebraba el 75º aniversario de la relación de la Orquesta de la SWR con la cita, arrancó con un concierto inaugural en el que el único vaivén lo provocaron los abucheos que recibió el director titular de la formación, François-Xavier Roth, al salir al escenario. Las todavía recientes acusaciones de abuso de poder contra él agravadas con intenciones sexuales y una resolución insatisfactoria de toda la espinosa cuestión –un tanto así como tirar por el camino de en medio: cesado en Colonia, repuesto y auspiciado en Stuttgart– pesan y seguirán pesando durante largo tiempo sobre la figura de un músico de trayectoria muy notable en lo que respecta a su vinculación con la creación actual. Así las cosas, y por fortuna, pronto el manto de enorme música de Im Entfalten. Dem Andenken an Pierre Boulez de Mark Andre resituó el pensamiento donde debía estar. Una obra que se despliega como homenaje al compositor francés y lo hace de forma nebulosa, tranquila; solo en el tramo final acordes del piano y del arpa parecieron abrir una brizna de incertidumbre, azuzada por el batir de los corrugáfonos, suerte de tubos sonoros que al ser agitados sugieren una voz de motor sordo. Hasta aquí, en esta gran obra de André se puede resumir lo mejor de la inauguración.

Lo que vino después fue demasiado poco, o demasiado previsible, para un concierto de la ambición que se le supone a este. Turgut Erçetin estrenó el concierto para clarinete There recedes a silence, faceting beyond enclosures; obra bien armada, que respeta su sentido concertante y que, en la lontananza incluso se permite citar a Mozart. El solista, Carl Rosman, acribilló con multifónicos y frases ahogadas que son casi clichés en el free jazz, mientras que Roth amansaba a una orquesta que se gustaba en corrientes de sonido convencional, con numerosos pasajes camerísticos. La coreana Imsu Choi aludió a la idea de laberinto en su pieza Miro, una creación hecha de texturas y timbres perfectamente ideada para ser olvidada tan pronto se lee la doble línea conclusiva. Con respecto a la partitura final, Paris, Banlieue, de Philippe Leroux, seguimos intrigados por saber qué le vieron exactamente los profesores de la SWR para otorgarle el premio de composición que cada año conceden en el marco del Musiktage. Se trata de una obra tan dilatada en lo temporal como en su explicación conceptual, que enarbola un retrato de la ciudad de París mirada desde el centro a los suburbios; una farragosa e inútil intencionalidad sociológica y política que solo queda en el texto. En lo sonoro, Leroux, tras un arranque de fugaz destello espectralista se aboca a una escritura orquestal un tanto espartana en la que trabaja la orquesta por familias, como si no supiera o no quisiera, encajar todas las piezas. La partitura se pierde en reiteraciones rítmicas y la electrónica del IRCAM, con técnicos del laboratorio a cargo de este apartado, apenas centelleó durante segundos, remachando algún grave, disparando una o dos acometidas de sonido digital. Nada nuevo, tampoco nada viejo que mereciera revisar. Los gélidos aplausos del público cerraron el asunto.
Bien entrada la noche, y pese a la considerable baja temperatura al aire libre en la explanada frente al Palacio de Donaueschingen, Mariam Rezaei despejó el soso sabor de boca con Scholar’s Record, una obra para cuatro giradiscos en la que repasó la historia de grabaciones del Musiktage desde su óptica de DJ e improvisadora. Frente a un material áspero y algo ingrato para sus intenciones, y aunque utilizó muestras de obras icónicas (entre ellas otorgo amplia baza a Momente, de Stockhausen), Rezaei se centró en samples vocales y, sobre todo, registros de free jazz y músicas de raíz que, en la historia del certamen, se han ido ofreciendo. Y aunque es una virtuosa del scratch, no abusó de esta técnica para propiciar largos pasajes en los que salía a flote, desde su subjetiva elección, una pequeña parte de la historia documental del festival.
En la mañana del sábado 18 de octubre, la violista Tabea Zimmermann y el conjunto vocal EXAUDI se las vieron con Tell Tales, de Georges Aperghis. Obra gigante y enmarañada, un teatro vocal por cuyos pentagramas corría el espíritu nervudo y provocador de Donaueschingen. Textos en varios idiomas, muchos de ellos con la semántica volada por los aires, llevaban a las voces a una multiplicidad de diálogos irreales que provocaban tanta fascinación como, en momentos, irritación por la sensación de despiste auditivo. La viola, en medio de esta babilónica construcción, espoleaba a las laringes, a veces se comportaba como una más, Zimmermann corría arriba y abajo con el arco y, de pronto, era sorprendida por una nueva embestida de las prodigiosas voces de EXAUDI, sobresaliendo entre ellas las de la especialista Juliet Fraser, también la del tenor David de Winter. Aperghis recogió una de las grandes ovaciones del festival.

En ese afán de la directora de estas jornadas, Lydia Rilling (léase una entrevista reciente con ella en esta revista), por abrir el encuentro a la calle (además de diseminar diversas instalaciones sonoras por toda la villa y plantear una programación de actividades formativas y sociales) y darle una medida más humana (acaso también por indagar en nuevos puntos cardinales), el conjunto francés HANATSUmiroir protagonizó una de las citas más singulares y agradecidas de la edición de este año. Traían el estreno de Reflexions of a bright object, para cinco armónicas y 18 altavoces con electrónica de un bit. En el soleado pero frío mediodía, en plena vía pública y a los pies de la Iglesia de St. Johann, restallaron los vaivenes repetitivos de la nueva pieza de Tristan Perich. Casi una hora de una música, de una estética anatemizada durante décadas en este cenáculo de la vanguardia, y que fue escuchada con auténtica devoción por asistentes del festival, transeúntes y hasta por algún que otro perro mecido por la tintineante rítmica casi ferroviaria y el despampanante, pero nada calorífico sol que teloneó al grupo. Movimientos que, descarada y gozosamente, citaban a Steve Reich, otros más puramente ambientales y, en todo caso, una celebración de como lo electrónico y lo instrumental (¡cinco armónicas!) pueden ponerse, también, al servicio de una música que nada más y nada menos persigue el goce auditivo.
La nueva dirección de Rilling está, acertadamente, abriendo pequeñas ventanas a los otros. Esos otros que no han de venir siempre como fue antaño del jazz, si no de territorios todavía de categorizaciones más difíciles. Lo que presentó el octeto de Kaja Draksler, Bare, Unfolding. Music to the words of Matsuo Bashō resultó encantadoramente inasible. Una música preparada al milímetro que serpenteó entre la improvisación, la música compuesta, un remotísimo jazz, secuencias de chamber rock y que, ante todo, resultó deudora del rock in opposition que enarboló, años ha, un iconoclasta de marca mayor como fue Henry Cow. Por eso se llevó alguna desaprobación pública desnortada (o tal vez por la perfecta cita del Ombra mai fu haendeliano al final, ¡una melodía prístina!). El o los del booo debían preguntarse qué diantres habían oído. Es un error de ser así, porque de esto y no otra cosa va mucho del ADN del Musiktage. Al día siguiente, la pianista Kaja Draksler presentó otro asalto discordante, esta vez en reunión con el percusionista Szymon Gasiorek; una sesión de pop experimental, improvisación con cachivaches más inocua que la anterior pero, desprejuiciadamente, igualmente disfrutable. Adentrándose en la madrugada la muy interesante compositora Sarah Hennies invocó al aburrimiento con una partitura sin rumbo e inexplicable. The Blue Hour, para violín y piano, se desparramó durante 90 largos minutos y su autora, no quiso o no supo, encontrar una salida airosa al monstruo que había engendrado. En una partitura previa, la sofisticada y estimulante Motor Tapes, Hennies concluyó que 55 minutos eran los idóneos para explicarse. Sin embargo, en este dúo, como poseída por el espíritu del genial (e inimitable) Morton Feldman, las notas no dejaban de arracimarse en los dedos de la violinista Sarah Saviet y el pianista Joseph Houston. Siendo magnánimos, con unos 45 minutos bien despachados esta Blue Hour podría haber sido convincente. El problema fue su deseo de duplicar la temporalidad; ahora Feldman, luego líneas minimalistas, más tarde tratamientos texturales, después cromatismo romántico exacerbado. Pudo tener varias salidas airosas pero la obra volvía a resurgir como presa de una estéril provocación aliada con Morfeo.

El Klangforum Wien centró dos sesiones absolutamente fundamentales en este Musiktage. La primera, en la Sala Bartok del Donauhalle, preparada como un gigantesco espacio con los músicos dispuestos en espiral y dos directores en el centro; público circundante, sentado y tumbado. Hanna Eimermacher daba a conocer su largamente esperada Aura, para 22 instrumentistas. Desde el inicio, antes incluso de entrar en la sala, la música espejeaba con una carga etérea que, lentamente, se tornó violenta y que, luego, iba a tirar por otro derrotero; en efecto la música mantenía un aura de sensación electrónica enrarecida por las múltiples varillas de aluminio que tañían los percusionistas, también por serenas vocalizaciones (la propia Eimermacher se encargó de las principales). Envuelto el espacio en una iluminación galáctica y con un tono teatral acusado (impresionante la mirada severa y la gestualidad mecánica de la directora Xizi Wang), la partitura, que contó con dos directores (también Vimbayi Kaziboni), resultó, si no sorprendente en su propuesta puramente sonora, sí endiabladamente complaciente por todo lo dispuesto escénicamente y por la propia composición, cargada de audaces heterofonías y una estética calmada y atractiva.
Kaziboni fue el encargado de dirigir al Klangforum en la sesión matinal del domingo con un orden en las dos primeras piezas erróneo. Pasó que Garmonbozia del ruso Alexander Khubeev fue una apisonadora. Una Iron Foundry de Mosolov a escala de ensemble (aunque el conjunto vienés pareció, por momentos, una gran orquesta) que devino en una celebración de la violencia sónica. Sin caer en los intrincados vericuetos de la saturación francesa, Khubeev planteó un clima directo, dramático y bravío que no cesó en su fiera asertividad y que no dejó atrás a nadie; como una máquina pesada su pieza despeinó flequillos y golpeó como golpean los decibelios cuando sirven de asiento a buena música. Su punch liquidó la efectividad de los serenos glissandos de Vivrisses, de la ucraniana Anna Korsun; con un paisaje que, antes que la calma, parecía hablar de la desolación. Demasiado fácil establecer contrapicados entre las procedencias de uno y otro compositor… pensemos solo en la música. Por su parte, Koka Nikoladze estrenó Masterpiece para conjunto y voz sintética, minidrama en el que la voz artificial de un traductor de Google japonés dialoga, literalmente, con los instrumentos. La humorada resultó del todo honesta (disparos, silbatos, secador de pelo y alarmas incluidas), la escritura instrumental (con decenas de preparaciones) pensada al detalle y nada en ella, pese a su asumido artefacto de disfrute, resultó descuidado. Una obra que, bien contextualizada, podría hallar su pequeño lugar en el repertorio de la música actual.
Para el primero de los tres capítulos que formarán el ciclo La nuda voce, de Francesca Verunelli, salió a escena la soprano Johanna Vargas. Una obra en la que costó penetrar tras la fiestoca de Nikoladze, pero que resultó una de las piezas más importantes de este Musiktage. La compositora italiana investiga sobre el momento en que las vibraciones de las cuerdas vocales se convierten en canción; y para eso Kaziboni y Vargas trabajaron intensamente en esta especie de nave a cámara lenta presa de un pálpito anhelante, densísimo, como un recuerdo más actual de alguna de las obras vocales de Luigi Nono. Probablemente Verunelli ha pergeñado aquí una de sus mejores obras (si no la mejor); el Klangforum como eco colosal reverberó la voz entrecortada y abisal de la siempre sensacional y comprometida hasta el tuétano Vargas que, imperceptiblemente y de acuerdo con el empeño de la obra, comienza a tornarse en una cantinela ahogada pero reconocible, profundísimamente doliente.
Obras todas sugestivas en el concierto de clausura con la SWR -orquesta que cree, como seguramente ninguna otra en el mundo, en estas propuestas- y Elena Schwarz en el podio. Empezando por la creación de Naomi Pinnock, I put lines down and wipe them away. La británica sigue teniendo claro a su referente, Morton Feldman; y a él suena esta composición que Schwarz dirigió con especial énfasis en el avanzar de un sonido monolítico que, por lo mismo, también parecía reencontrarse en algunos puntos con la gramática marmórea de Giacinto Scelsi. Pieza calmada que se deshilacha justo como también lo hace Red Thread Mermaid, de Mirela Ivićević; partitura de costuras tonales en las que su autora litigia con dos pesos pesados: la nostalgia de su infancia y la de una geografía (la desaparecida Yugoslavia) mediante el inserto brevísimo de canciones populares; y la melodía y como esta puede ser insertada en el contexto creativo de una compositora como ella, de gramática, hasta la fecha, sobriamente modernista. Otra mirada atrás, desde la asunción del presente no desde la regresividad, es la que hizo Laure M. Hiendl en The deepest continuity is paradoxically that which continually restarts and renews itself. Cita algunos compases del Intermezzo de la Sinfonía nº 7 de Ralph Vaughan Williams y desde una escritura clásica comienza un proceso de obstinación en la rítmica y en los motivos, aplicando desfases, aceleraciones y desaceleraciones de persuasiva efectividad que sí, exigían una duración mayor (fue la pieza más extensa del programa) para que ese estado suspensivo generara la deseada sensación de bucle, de vernos encerrados en apenas unos acordes de una sinfonía tardo romántica. La obra más sobresaliente, y otro de los eventos de la edición de este año, recaía sobre las dos hojas de la partitura de Advanced Weather Information Processing System, obra de la compositora electroacústica Hanna Hartman, para orquesta, cinta y electrónica. Una escritura gráfica que se traducía en el intento de generar una articulación de sonidos instrumentales de sesgo electrónico. Sin necesidad de desarrollo, Schwarz y los músicos de la SWR concatenaron las acciones sónicas, a menudo colindantes con el ruido sin temor a la inactividad discursiva. La pieza se explicaba y se defendía por sí sola, auditiva y visualmente, por la hilazón de unos acontecimientos que, pese a no ser hoy tan novedosos, siguen renovando esa sensación de perplejidad y sorpresa que se da en un festival como el de Donaueschingen (donde todo se graba, se difunde y queda al servicio del interesado) para cuya edición de 2026, y mientras se escribieron o se leen ahora estas líneas, numerosos compositores están afinando ya sus neuronas para ver qué traer, qué presentar, ante un auditorio que quiere sentirse apelado e interrogado por lo que un día dieron en llamar vanguardia.
Ismael G. Cabral
(en la foto de arriba: Vimbayi Kaziboni sentado y Xizi Wang dirigiendo detrás la obra Aura: SWR/Ralf Brunner)


