Dirigir sin dirigir

Dirigir sin dirigir

En su reciente libro L’infinito tra le note (2019), Riccardo Muti dedica unas pocas pero jugosas líneas a Carlos Kleiber: “Mientras dirigía, más que marcar y controlar el ritmo con el brazo, dibujaba en el aire las curvas y las sinuosidades de la línea melódica, no “marcaba” el tempo, sino todo lo contrario: rehuía la escansión rítmica hasta el punto de confesarme que su ideal hubiera sido el de ‘dirigir sin dirigir’”. Hay que contextualizar la frase. Muti está hablando de la diferencia entre el director novel, cuyos gestos priorizan transmitir la información básica, y el gran director, que prescinde de ella y apunta hacia algo distinto.

Cualquiera que haya visto dirigir a Carlos Kleiber, aunque sea en vídeo, entiende bien lo que Muti quiere decir. En los dos conciertos de Año Nuevo (1989, 1992), más que dirigir, Kleiber parece bailar con la orquesta. El frenesí elegante del vals, sus ritmos y sus melodías, le poseen por completo. Sus movimientos se moldean sobre los perfiles, ora sinuosos, ora efervescentes, de las músicas, en estricta comunión con ellas, habitándolas de una manera casi física sin por ello dejar de comunicar todos sus matices. Y no sólo eso. Kleiber utiliza a menudo la batuta como un pincel, como si dibujara en el aire esos mismos ambientes y paisajes –el Bello Danubio Azul, el Bosque Vienés…- que la familia Strauss tan magistralmente evocaba en sus piezas. A veces lo hace incluso por defecto. En la melodía principal de Die Libelle, de Josef Strauss, Kleiber se queda casi inmóvil: tan sólo un leve temblor de la mano o una ligerísima torsión del tronco para indicar un acento. Aquí Carlos parece realmente alcanzar ese ideal de “dirigir sin dirigir”, y sin embargo ¡qué mejor manera de transmitir la ligereza de la pieza!

Dirigir sin dirigir. La expresión tiene un cierto sabor zen. Me recuerda al arquero del ensayo de Herrigel (El zen en el arte del tiro con el arco), aquel que busca disparar la flecha sin dispararla, porque el objetivo es que el “ejecutor” desaparezca y la flecha se dispare por sí sola: una acción pura, liberada del control del ego. Pero este logro es el paradójico resultado de una disciplina larga y severa, que sólo puede surgir de un conocimiento total del arte y de uno mismo. Cuando vemos a Kleiber sobre el podio, tan ensimismado en la música que casi parece olvidarse de marcar lo esencial, hemos de pensar en todo el trabajo previo realizado para llegar hasta ahí. Sesiones de ensayo agotadoras, que Kleiber llevaba con una meticulosidad y una obsesión legendarias, en busca de una imposible perfección. Y después de la multitud de ensayos, Kleiber se zambullía entonces en el espíritu dionisíaco de la música, olvidaba la técnica y cantaba, bailaba y pintaba frente a la orquesta. Dirigía sin dirigir.

A diferencia del resto de músicos, el director no moldea el sonido con sus propias manos. Lo hace de manera indirecta, intangible, a través de sus indicaciones y sus gestos. Es más, ese sonido que el director de orquesta trata de plasmar sin contactar físicamente con él, ni siquiera es un sonido único, sino la suma de muchos sonidos producidos cada uno por un diferente instrumentista. Por eso, como sugiere Muti en su libro, cuando todo ya está dicho e interiorizado, sólo cabe un paso más: dirigir sin dirigir. Es decir: transmitir a la orquesta aquello que no puede comunicarse verbalmente, aquello que no puede explicarse.