Diego Martin-Etxebarria: “En un foso de ópera soy feliz”

El próximo 9 de agosto, la Quincena Musical de San Sebastián ofrece en versión de concierto una de las obras más importantes del catálogo lírico de Jesús Guridi, Amaya. La dirección musical corre a cargo de Diego Martin-Extebarria (Bilbao, 1979), que tan buen sabor de boca dejó en su actuación al frente de la Orquesta Nacional de España el pasado mes de mayo dentro del Festival Focus de la OCNE. Primer Premio en el Concurso de dirección de Tokio en 2015, Martin-Extebarria es en la actualidad Principal Director residente en el Teatro de Chemintz.
Háblenos de Amaya. ¿Qué características tiene esta ópera?
Amaya es una maravilla de obra y es una lástima que sea tan poco conocida. Toda la música compuesta por Guridi es de primer nivel, pero siempre digo lo mismo: en este país no conseguimos vender nuestro producto tan bien como lo han hecho Italia y Alemania, por ejemplo. Guridi tiene una capacidad sorprendente para mantener las raíces en el folclore vasco y expandir esos temas populares gracias a una armonía densa y excelentemente conducida a través de un contrapunto bellísimamente entrelazado. No hay momentos intrascendentes, en todo momento sucede algo; tenemos leitmotivs y una música al servicio de explicar la historia, de manera que el hecho de hacerla en versión concierto no va a suponer ninguna dificultad para captar la teatralidad de la obra.
¿Qué dificultades entraña Amaya a nivel vocal e instrumental?
A nivel vocal diría que la mayor dificultad es que Guridi no trata las voces como elemento principal y la orquesta como elemento acompañante. Sucede algo parecido a la escritura de Wagner o Strauss. Prácticamente nunca hay una textura de melodía y acompañamiento, todo es importante y eso hace complicados los balances entre cada uno de los elementos, siempre teniendo en cuenta que, en cualquier caso, la ópera es un género vocal y la historia se desarrolla a través del texto y las líneas de los cantantes. Las voces tienen que estar presentes siempre.
Recientemente ha dirigido en el Festival Focus de la OCNE obras de Miquel Marqués, María Rodrigo y Julio Gómez. La recuperación del patrimonio español es todavía una asignatura pendiente. ¿Hay alguna obra en concreto que le ha parecido digna de especial mención?
Tengo que reconocer que el repertorio de este concierto fue una sorpresa incluso para mí. Tendemos a pensar que si ciertas obras no se programan con más asiduidad debe ser por motivos de calidad y en muchos casos no es así. Vaya descubrimiento cualquiera de las tres obras, pero admito que Maese Pérez, el organista de Julio Gómez me robó el corazón. ¡Qué maravilla de poema sinfónico! Desgraciadamente los conciertos del Festival Focus no consiguen llenar la sala, pero estoy agradecidísimo a los que vinieron por el entusiasmo que mostraron y mi enhorabuena a la OCNE por salirse del “sota, caballo y rey”.

Acaba de dirigir a la Joven Orquesta de Euskal Herria (EGO). ¿Qué tipo de trabajo plantea en este caso con respecto a una orquesta profesional?
En la vorágine del mundo profesional a veces perdemos de vista ciertos aspectos y damos por hecho muchos otros. Por ejemplo, las sinfonías que hicimos (Inacabada de Schubert y Quinta de Shostakovich) cualquier orquesta profesional las ha tocado decenas de veces, en cambio, la mayoría de los músicos de la EGO las estaban descubriendo por primera vez. En tal situación, las primeras lecturas con una orquesta joven suelen ser bastante dificultosas, pero después la evolución es espectacular. Hay que explicar muchas más cosas verbalmente, solucionar problemas técnicos, pero todo eso queda compensado con creces con las ganas de trabajar, la ilusión por descubrir repertorio, la ambición por llegar al mejor resultado posible… Cada año intento llevar a cabo un proyecto con alguna orquesta joven para que no se me olvide el motivo por el que empecé a tocar un instrumento: hacer música en grupo es divertido e ilusionante.
¿Hay algún director que ha marcado su carrera o al que considera un referente por su forma de dirigir?
La profesión de director de orquesta es de las más criticadas dentro del mundo musical incluso por los propios compañeros de profesión. Yo, en cambio, siento un profundo respeto por todos los que seguimos este camino una vez he sido consciente de la dificultad que entraña porque, siendo sincero, cuando tocaba el oboe no pensaba que fuera para tanto. Me encanta ver a otros directores y tomar nota de lo que me gusta y de lo que no si es el caso. Voy a conciertos en directo y miro muchísimos vídeos: Carlos Kleiber, Simon Rattle, Claudio Abbado, Christian Thielemann, Manfred Honeck… y paro porque la lista sería interminable. De entre los directores con los que he mantenido una relación más estrecha me han marcado especialmente Riccardo Frizza y Donato Renzetti.
Si bien la versatilidad debe formar parte del bagaje de cualquier director, ¿hay algún repertorio en el que se siente más cómodo o por el que siente especial predilección?
En un foso de ópera soy feliz. De hecho, como instrumentista ya me encantaba estar allí “escondido”. Es un espectáculo tan grande, con tantas personas implicadas, con tantos acuerdos a los que hay que llegar por el bien del conjunto. Es el lugar donde más me siento al servicio de la música y de los compañeros y esa sensación me encanta. Supongo que puedo vivirlo de esa manera porque, de momento, he conseguido compaginar la lírica con el repertorio sinfónico donde la orquesta es realmente la protagonista.
Probablemente no me sentiría tan a gusto en el foso si no tuviera mis momentos de mayor expansión encima de un escenario. En cuanto a autores, me siento muy afín al repertorio clásico, especialmente Mozart y Haydn. Después de tantos años en Alemania, Wagner y Strauss se han convertido en grandes amigos y a un nivel más emocional, el verismo italiano me pone la carne de gallina.
Su carrera se ha afianzado sobre todo en el extranjero. ¿Son muy diferentes la manera de trabajar y el aspecto organizativo en otros países?
Una de las grandes maravillas de la música es que es internacional y puedes hacerla con otras personas sin necesidad de compartir el mismo idioma. Ahora bien, la parte organizativa tiene grandes diferencias. Por ejemplo, en Alemania tienen una manera de contratar a los artistas muy distinta a España, la organización de los servicios por parte de los músicos de la orquesta, la duración de los ensayos, la programación de las funciones… se trabaja muchísimo y se ofrece algún espectáculo prácticamente cada día de la semana. El gobierno alemán apuesta fuerte por la música clásica y, hoy en día, casi cualquier ciudad de más de 50.000 habitantes tiene su propio teatro de ópera.
En Japón las circunstancias son muy diferentes. Las orquestas son privadas y dependen de los abonados, venta de entradas y patrocinadores para subsistir así que hay muchísimo más cuidado a la hora de programar y se corren menos riesgos. El tiempo de ensayo es más limitado porque cada minuto es oro pero, a cambio, la disciplina es espectacular y el nivel técnico de las orquestas es altísimo.
En Sudamérica el ambiente de ensayo es maravilloso y a mí me encanta hacer música con alegría y espontaneidad. Digamos que la cultura de cada territorio se acaba reflejando en las cuestiones organizativas, pero a la hora de hacer música, todos los artistas llegamos a niveles de sensibilidad parecidos.

Dirige también con frecuencia el repertorio contemporáneo. ¿Cómo contempla los recelos del público frente a las obras de nueva creación? Desde su experiencia, ¿cómo se salvan las distancias con respecto a lenguajes menos tradicionales?
La gran pregunta: ¿cómo introducir nuevo repertorio sin que el público salga corriendo? Supongo que llegando a un compromiso. No podemos olvidar que los artistas existimos porque alguien está interesado en lo que ofrecemos. No tiene sentido forzar al público constantemente a descubrir obras. Al fin y al cabo, ya hacen un esfuerzo saliendo de sus casas después de trabajar y pagando una entrada. La frase de que “hay que educar al público” siempre me ha resultado un poco paternalista.
Una sala de conciertos no debería ser el lugar para eso; desgraciadamente nuestro sistema educativo cada vez descuida más las artes y es verdad que tenemos que suplir esas carencias de alguna manera para que la gente siga viniendo a vernos, pero no podemos pretender que la gente utilice su tiempo libre en hacer un esfuerzo constante para escuchar música. Como siempre digo, una de cal y una de arena, una parte del programa que suponga un reto para la escucha y otra parte en la que puedan relajarse y simplemente disfrutar. La idea de que hacer música debe ser algo divertido creo que debemos aplicarla tanto a los que la interpretamos como a los que escuchan. Y divertido no significa necesariamente provocar alegría o buen humor sino generar emociones en todo su abanico.
¿Cuáles son sus próximos compromisos?
Después de Amaya en la Quincena de San Sebastián, voy a Galicia para dirigir un programa con la Real Filharmonía y el Coro de la Comunidad de Madrid en el Festival Bal y Gay y ya en septiembre regreso a la Orquesta Sinfónica de Barcelona y Nacional de Catalunya con un programa de lo más festivo.
[Foto superior: Marti E. Berenguer]


