‘De Mao a Bach’, de Zhu Xiao-Mei: un viaje desde el terror a la paz

A los quince mi corazón se empeñó en aprender,
a los treinta me mantuve firme,
a los cuarenta ya no tenía dudas,
a los cincuenta conocí el mandato del cielo,
a los sesenta mi oído era obediente,
a los setenta podía seguir el deseo de mi corazón
sin transgredir la norma.
Confucio
Hace casi un cuarto de siglo que el firmante de estas líneas se topó por primera vez con un disco bachiano de la china Zhu Xiao-Mei (Shanghai, 1949). Contenía las seis Partitas para teclado, en grabación de Mandala de 1999. Encontré en ella muchos aspectos positivos, sobre todo la claridad de su exposición y el inteligente manejo de la dinámica, pero no me terminaba de ganar. Tampoco lo hizo su registro, años después (2017), de las Suites francesas. En cambio, muy recientemente escuché su nueva grabación de las Suites inglesas, colección que, según confesión propia, se había resistido a incluir hasta ahora en el repertorio porque “no acababa de entrar en ellas”. Pero la verdad es que, cuando lo ha hecho, el resultado ha sido realmente sobresaliente, algo que ya comento en la reseña correspondiente que saldrá en breve en estas páginas. Y ha sido con ocasión de ese registro cuando la curiosidad me ha picado para conocer más de esta artista y de su curiosa devoción bachiana, ambos objetos del presente artículo.
Llegué así a conocer el libro en el que cuenta su escalofriante vida, que, inexplicablemente (o tal vez, no tan inexplicablemente, por desgracia) no se encuentra traducido al castellano. Se publicó originalmente en francés (porque en Francia recaló finalmente la pianista tras su azarosa trayectoria) con el título La Rivière et son secret – Des camps de Mao à Jean-Sébastien Bach: le destin d’une femme d’exception (Robert Laffont, 2007), pero poco después llegó la traducción inglesa, con el título The secret piano – From Mao’s Labor camps to Bach’s Goldberg Variations (Amazoncrossing, 2012), que es a la que me referiré.
Estamos ante un relato en treinta capítulos (el mismo número de variaciones que hay en las Goldberg), la mitad de ellos dedicados a su vida en China, el resto a sus andaduras, no exentas tampoco de sinsabores, en Occidente. Recorrido de esos que encoge el corazón, porque es mucho más que la biografía de una excelente pianista. Es un estremecedor testimonio de vida, un sobrecogedor y aterrador relato de la locura desatada en la China de Mao, la lección impagable de una mujer cuyo inagotable tesón le permitió sobreponerse a demoledores episodios de vida para terminar, por encima de avatares que parecían no tener fin, consiguiendo sus metas.
Zhu rápidamente pone el vello de punta. En el primer capítulo, titulado “Aria”, como parafraseando a las Goldberg, ya nos avisa. “Durante mucho tiempo, dudé si escribir mi historia”, apunta. “Mi padre me recordaba lo inútil de volver sobre el pasado… ¿Para qué sirve, Xiao-Mei? Cuando mueres, no debes dejar rastro. Aunque quisieras, no es posible. Tus huellas en el camino de la vida siempre son borradas por el sol, la nieve y el viento”.
Pero Zhu sintió la necesidad de escribirlo, entre otras cosas para que no se olvide el horror de la Revolución Cultural, horror del que, apunta Zhu, se sabe demasiado poco en occidente. Ya deprime la primera descripción del apartamento en que vivían en Shanghai: poco más de 45 metros cuadrados para siete personas, un aseo compartido para once familias. “De las ventanas colgaban pañales mal lavados. El suelo estaba negro y eternamente húmedo, y el ruido que hacían los ratones cada noche royendo en el techo me aterrorizaba. Aun así, no éramos los más desafortunados. Los demás residentes del siheyuan estaban aún peor, como la viuda cuyos diez hijos dormían todos en una sola cama.”
Zhu nos lleva a través del periodo terrible del “Gran salto adelante” del dictador (finales de los cincuenta), que terminaría causando la terrible hambruna en el país a principios de los sesenta, nos cuenta su admisión en el conservatorio de Beijing en 1960 y, a partir de ahí, a un listado de hechos realmente atroces, empezando por una denuncia de un compañero de haber “intentado suicidarse”, algo considerado peligrosamente contrarrevolucionario. El asunto de las denuncias se tornaría epidemia diaria. El cuarto capítulo, en el que reproduce la autocrítica que tuvo que hacer tras la denuncia, es sencillamente espeluznante. Para prueba, un botón: “Todos en China -soldados, obreros y campesinos- trabajan duro por la victoria del comunismo. Los soldados nos protegen del capitalismo. Los obreros y campesinos trabajan para nosotros y nos alimentan. En cuanto a mí, sólo pienso en mí misma y en mi piano. Soy egoísta e individualista. Pero gracias a vosotros, profesores y alumnos, entiendo por qué. Es culpa de mi familia burguesa y capitalista, que siempre ha explotado al pueblo. Como decía Marx, la existencia determina la conciencia. El proletariado tiene una visión proletaria del mundo. La burguesía tiene una visión burguesa. Si queremos cambiar la conciencia de la burguesía, debemos cambiar su existencia.”

La locura de esta autocrítica no termina, claro está, aquí. Se fustiga por haber leído a Tolstoi, Chejov, Dostoyevski, Pushkin, Rolland, Balzac o Flaubert. Su profesor llega a decirle que “no puede tocar el piano si en su corazón es hostil al régimen”, y que “la autocrítica le será más beneficiosa que unas lecciones de piano”. La lista sería inacabable. Considerado su origen familiar como “sospechoso”, Zhu fue enviada a los campos de trabajo para su reeducación, el eufemismo para esconder el lavado de cerebro hasta conseguir hacer de ella una buena revolucionaria.
No se entretiene Zhu con prosa elaborada o diplomática. El mensaje llega cortante, hiriente, con toda su aterradora dureza, sin gasa alguna que lo amortigüe. Como queriendo responder, “sí, créame” a la pregunta que nos asalta continuamente leyendo el relato sobrecogedor: “¿de verdad es posible llegar a esto?” Aunque, naturalmente, es una pregunta retórica, porque la historia ha demostrado, demasiadas veces, hasta qué punto esa locura es posible. El ser humano ha sido capaz de las mayores atrocidades, y sobre las ocurridas en China no hay más que leer, antes de este relato de Zhu, ese otro libro imprescindible para bucear en el recorrido de China desde la sociedad feudal que era a principios del siglo XX hasta bien avanzado el régimen comunista (finales de los setenta), a través de una saga que relata las vidas de la abuela de la autora, su madre y, finalmente, la suya propia (Cisnes Salvajes, de Jung Chang, Circe). “Un auténtico revolucionario rechaza cualquier sentimentalismo”, apunta Zhu. Pero la música le devuelve la esperanza, la coherencia, la consciencia de que lo que está viviendo es una locura. Y, contra viento y marea, retoma la música, incluso a escondidas.
Pasado el terror, encontramos otra Zhu en Occidente, no sin problemas, obstáculos y penalidades, pero con otra esperanza, incluso en su manera de contarlo. Con continuas alusiones a la filosofía de Lao-Tse (o Laozí, como tiende a escribirse ahora): “Se cortan puertas y ventanas para hacer una habitación, son los espacios vacíos los que utilizamos. Por lo tanto, la existencia es lo que tenemos, pero la no existencia es lo que usamos.” La tenacidad de Zhu la llevó a conseguir su graduación en Estados Unidos pasados los treinta (enorme mérito teniendo en cuenta la cantidad de años perdidos en la atroz supervivencia en los campos), y a tener su primer éxito considerable ya a los cuarenta, muy en consonancia con la filosofía de Confucio con la que encabeza el capítulo 26 y que encabeza este artículo.
De Mao a Mozart, Isaac Stern en China, es el título del espléndido documental que Murray Lerner dirigió en 1979 sobre la histórica visita del legendario violinista a China, a la que también hace referencia Zhu en su libro, como factor esencial en su decisión de estudiar en Estados Unidos. De Mozart a Mao, titula Zhu el capítulo quinto de su libro, dando una vuelta de dolorosa pero necesaria y muy explícita crueldad al título del documental. Si aquel ejemplificaba la luz, el capítulo del libro de Zhu es el relato de un tránsito hacia la anulación del pensamiento, la tiniebla intelectual, eso que, con implacable y frío cinismo, se afanaban en llamar “reeducación”.
Es todo un alivio encontrar después, en el último tramo del libro, el descubrimiento de las Goldberg, lo que significó la música de Bach para Zhu tras tan terribles experiencias. Paz para el espíritu, qué duda cabe. Para un espíritu que sufrió terriblemente, sin duda, y que encontró la paz en la inalcanzable belleza que siempre aporta la música, y muy especialmente, la contenida en la sublime perfección de la obra del Cantor.
Rafael Ortega Basagoiti


