David Óistraj en Pärnu

David Óistraj en Pärnu

En estos días de confinamiento doméstico obligatorio me ha dado por recordar viajes. Rescatar ideas apuntadas en una especie de travelogue musical. Y relacionadas con algún disco, libro o noticia más o menos de actualidad. Empiezo por Estonia. El pasado verano, cuando me enviaron a cubrir el Festival Musical de Pärnu, pensé de inmediato en David Óistraj (Odesa, 1908 – Ámsterdam, 1974). Recordaba la asociación del legendario violinista ruso-ucraniano con esa ciudad por un programa de radio. Un serial titulado David Oistrakh: su vida y su obra que emitió la actual Radio Clásica cada noche de los martes, durante buena parte de 1989. Estaba basado en el libro de conversaciones de Víctor Iouzefovitch con su hijo Ígor Óistraj. No conozco la edición original en ruso de esa monografía, aunque imagino que los guiones radiofónicos fueron elaborados a partir de la traducción alemana, de 1977, como David Oistrach: Gespräche mit Igor Oistrach (Deutsche Verlags) o, más seguramente, de la versión inglesa, dos años posterior, como David Oistrakh: Conversations with Igor Oistrakh (Cassell).

El libro sigue siendo una de las principales fuentes biográficas del violinista. Aporta un retrato humano que no encontramos, por ejemplo, en la más reciente monografía de Alberto Cantú, David Oistrakh, lo splendore della coerenza (Zecchini Editore, 2009). Prueba de ello es el capítulo dedicado a sus hobbies. Su hijo Ígor recuerda, al principio del mismo, un aforismo del padre: “El hombre duerme un tercio de su vida, a pesar de estar rodeado de tantas cosas interesantes para las que simplemente no tiene tiempo”. Óistraj odiaba las vacaciones. No soportaba la vida ociosa del verano en su dacha en Skhodnya, cerca de Moscú, ni tampoco sus estancias, a veces obligadas, en el balneario de Kislovodsk, en el Cáucaso. En Pärnu, sin embargo, encontró algo diferente. Se lo confesó por carta a su amigo Krakowski, tras una visita: “Estoy feliz de que te guste nuestro querido rincón en Estonia, donde puedes respirar libremente y ver las puestas de sol más hermosas. Y donde también se puede trabajar de manera tranquila y productiva”.

El día de mi llegada, el 18 de julio, pude comprobar lo primero: ese espectáculo de gamas anaranjadas y tonos cobrizos que tienen los ocasos en Pärnu. Y, a la mañana siguiente, también lo segundo, mientras trabajaba con mi portátil frente al mar, en la famosa playa de la localidad estonia: una sorprendente línea de costa del mar Báltico, que forma parte del golfo de Riga. Famosa por sus aguas tranquilas y escasamente profundas, pero también por sus “arenas doradas”, que la convertían, según el legendario violinista, en “el lugar más hermoso sobre la tierra”. En ese “rincón para soñar y para la relajación física y mental”.

El primer verano de los Óistraj en Pärnu fue en 1953. En adelante, la localidad estonia, famosa por sus balnearios, se convirtió en “una especie de spa para violinistas”, tal como recuerda Ígor. Con el tiempo, reunió durante sus vacaciones a varios colegas y estudiantes en un ambiente distendido para hacer música juntos. De esos encuentros surgió, en 1970, un festival, bautizado inicialmente como “Días musicales de Beethoven”, en conmemoración del bicentenario del compositor.

Tras la muerte del violinista, se rebautizó como Festival David Óistraj, en 1978. Y así continuó, con algunas interrupciones, hasta la conmemoración del centenario de su nacimiento, en 2008. El director de orquesta estonio Neeme Järvi lo revitalizó, a partir de 1998, y le añadió, a continuación, una academia veraniega para formar jóvenes directores. Y a su hijo Paavo le correspondió, en 2011, la creación del actual Festival Musical de Pärnu y la Orquesta del Festival de Estonia (EFO), un conjunto sinfónico de excelencia formado por los mejores músicos del pequeño país báltico junto a colegas invitados de otras formaciones internacionales.

Pero volvamos al violinista. Óistraj disfrutó de sus principales aficiones en Pärnu. Adoraba llegar a la ciudad costera en su coche y recorrer al volante los mil kilómetros que la separaban de su domicilio en Moscú. Una vez allí, su ocio se repartía entre la playa y la cancha de tenis. El mar le inspiraba, principalmente, paseos y tertulias, pues odiaba nadar; Ígor recuerda sus animadas conversaciones con el cómico soviético Arcadi Raikin, metidos ambos en las tranquilas aguas costeras de Pärnu, mientras la gente los señalaba: “¡Ese es Raikin! ¡Y ese es Óistraj!” En cuanto al tenis, supartenaire habitual era el compositor estonio Gustav Emesaks con el que posa en una de las fotografías del libro de Iouzefovitch; el violinista era, al parecer, un apasionado del deporte, aunque aparte del tenis su amor por el fútbol y el hockey sobre hielo se limitaba a las retransmisiones radiofónicas y televisivas.

Ígor también recuerda la casa donde vivieron en Pärnu. Una espaciosa dacha que la familia Valmet ponía cada verano a su disposición, desde 1955. Y cuya puerta, según relata, siempre estaba abierta “para todos aquellos que no quisieran recuperarse de la música”. Entre sus paredes, además de música, el violinista cultivó otra de sus pasiones: el ajedrez.

Óistraj se relacionó con algunos de los grandes ajedrecistas de su tiempo, como Emmanuel Lasker y Max Euwe, pero también trabó amistad con Mijaíl Botvínnik y Mark Taimánov. Incluso leemos en el libro detalles del famoso certamen que jugó, en 1937, contra Serguéi Prokófiev. Se retiró tras la séptima partida para evitar ganar al compositor, que había interrumpido la redacción de su ópera La dueñapara concentrase en vencer al violinista.

La revista soviética de ajedrez 64 publicó la transcripción de una partida de aquel duelo en donde quedaron en tablas. Se dijo, entonces, que Óistraj se había retirado ante su inminente derrota, pero Iouzefovitch recoge un testimonio del mismísimo Botvínnik, que siguió el certamen y pronosticó la victoria del violinista. Resulta especialmente interesante el perfil ajedrecista que traza, a continuación, de cada contrincante: “Prokofiev es un jugador apasionado que se crió en el espíritu de la escuela de ajedrez rusa prerrevolucionaria (utiliza el gambito del rey y otras aperturas similares y se zambulle casi sin sentido en el ataque), mientras Óistraj es cauteloso y de sangre fría, un jugador de ajedrez moderno (prefiere aperturas de juego cerrado, sin riesgo y exhibe una técnica adecuadamente alta)”. Esas diferencias coinciden, idealmente, con la distancia estética que separaba a ambos músicos: Prokófiev era un pianista expresivo con un admirable dominio del rubato, mientras Óistraj encarnada el perfil del violinista moderno, de temple equilibrado y precisa objetividad.

Además del ajedrez, otro de los placeres domésticos de Óistraj en Pärnu fueron las grabaciones. Ígor recuerda que su padre solía viajar a la ciudad estonia con un reproductor de casetes y un tocadiscos junto a una pila de cintas y elepés. “No puedo imaginar una mayor felicidad que pasar una noche escuchando la grabación de Tristán e Isolda bajo la dirección de Furtwängler partitura en mano”, reconoció el propio violinista en una de sus cartas desde Pärnu. Iouzefovitch añade, además, una experiencia personal, de 1963, relacionada con Harold en Italia, de Berlioz, que el violinista iba a dirigir la siguiente temporada con Rudolf Barshai como viola solista: “Cuando escuché Harold en la maravillosa grabación con William Primrose y la Orquesta Sinfónica de Boston bajo la dirección de Charles Munch, en la atmósfera única de la casa de David Óistraj en Pärnu, sentí una extraña ilusión. Fue como si me hubieran trasladado repentinamente al siglo anterior, al círculo de Héctor Berlioz en su pequeña casa en Montmartre, en un ambiente que parecía haber sido pintado por Utrillo”.

Aparte del ocio ajedrecista y los placeres fonográficos, Óistraj encontró en esa casa de Pärnu un ambiente ideal para ampliar su repertorio como violinista y director de orquesta. En una de sus últimas cartas a su amigo Krakowski, le confesó haber estudiado allí todas las nuevas partituras que había tocado y dirigido en los últimos años. Un ejemplo fue el Concierto para violín n° 2, de Dmitri Shostakóvich. Escrito durante la primavera de 1967, para conmemorar el sesenta cumpleaños del violinista (en realidad, cumplía 59 años y el compositor corregiría su error, en 1968, con la Sonata para violín y piano), Óistraj lo estrenó en Bolshevo, el 13 de septiembre, con Kirill Kondrashin y la Filarmónica de Moscú. Trece días más tarde, lo volvió a tocar, esta vez en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú y frente a las cámaras.

Óistraj había estudiado la obra en su casa de Pärnu. Durante ese verano de 1967, envió a Shostakóvich correcciones y comentarios acerca de sus progresos. Iouzefovitch cita la respuesta que recibió del compositor:

“Querido David Feodorovich. Gracias por tu carta. Me alegra escuchar que ya has memorizado las dos partes del concierto. Obviamente acepto tus correcciones… Tu carta me ha emocionado. ¡Desde el 2 de octubre en adelante, tendrás mucho que hacer por culpa mía! Los dos Conciertos y el Segundo para violonchelo y la Décima Sinfonía y Blok …”.

Se refería Shostakóvich tanto a sus conciertos para violín, que Óistraj tenía previsto tocar como solista, entre septiembre y octubre, como también al Segundo para violonchelo o la Décima sinfonía, que también había estudiado en Pärnu e iba a dirigir a la Filarmónica Estatal de Moscú con Mstislav Rostropóvich como solista. Pero, además, cita los Seis romances sobre poemas de Alexander Blok, para soprano, violín, violonchelo y piano. Su estreno tuvo lugar, el 25 de octubre, en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú, y contó con la soprano Galina Vishnévskaya, Óistraj, Rostropóvich y el compositor Mieczysław Weinberg al piano.

A pesar de la cantidad de eventos musicales dedicados por Óistraj a Shostakóvich, tras ese verano de 1967, el compositor no pudo asistir a ninguno de ellos. Permaneció varios meses postrado en la cama de un hospital, al haberse fracturado las dos piernas en una caída a comienzos de septiembre. Por esa razón, Óistraj tuvo que tratar con él acerca de las cuestiones interpretativas de su nueva obra a distancia. El violinista envió a Shostakóvich la grabación del referido concierto en Bolshevo, pero también registró la conversación telefónica que mantuvieron. Su transcripción, que Iouzefovitch incluye en su libro, constituye una fuente fundamental para todo intérprete de la obra. Pero Shostakóvich también opinó, en aquella llamada, acerca de la interpretación de Óistraj como director, pues en aquel concierto de Bolshevo también había dirigido la Décima sinfonía, al frente de la Filarmónica de Moscú. Este breve fragmento de su charla da buena cuenta de la impresión que le produjo aquella interpretación:

Shostakóvich: Tremenda. Fue tremenda, en mi opinión.

Óistraj: No, ¿en serio?

Shostakóvich: Simplemente tremenda. Ya sabes, todo, pero especialmente los movimientos primero y tercero, y también el segundo y el cuarto.

Óistraj: ¿Y el resto, los tempi en el final?

Shostakóvich: Los tempi fueron sobresalientes, simplemente sobresalientes.

Óistraj: También pensé que habíamos conseguido la atmósfera…

Shostakóvich: Brillante, y todo extremadamente musical.

Óistraj: Lamento que no estuvieras allí.

En diciembre de 1967, Óistraj volvió a dirigir esta sinfonía durante la gira norteamericana en que dio a conocer internacionalmente el Segundo concierto para violín, de Shostakóvich. Fue en Cleveland, y como segunda parte de una velada en donde había actuado como solista en el Concierto para violín, de Brahms, bajo la dirección de George Szell. Era la primera vez que la Orquesta de Cleveland se enfrentaba a la Décima del compositor ruso. Y podemos comprobar la certeza de los halagos de Shostakóvich en la grabación del evento: su capacidad constructiva y musicalidad como director, tanto en los movimientos primero y tercero como en la introducción lenta del cuarto.

Después de leer y escuchar todo esto, me decidí a visitar la casa del violinista en Pärnu. Había visto una foto de la misma en el detallado dossier de prensa del festival: una dacha de madera con tejado a dos aguas, pintada de verde y rodeada de manzanos, que se distinguía, además, por una placa conmemorativa donde se leía en estonio: “En esta casa pasó sus vacaciones de verano, desde 1955 hasta 1970, el violinista David Óistraj”. Pero, para mi sorpresa, su ubicación no figuraba en ninguna de las guías turísticas de la localidad. Uno de los días del festival me topé, de camino a la Sala de Conciertos, con una guía bilingüe ruso-inglés en una librería. Recogía varias curiosidades sobre Pärnu. De su contenido, me interesó la historia de la “calle de los dos Davides”. Así denominaba, al parecer, el poeta David Samoilov a la calle Toominga, pues estaba muy orgulloso de ser vecino del violinista David Óistraj. La calle debió tener una atractiva vida cultural y social durante los años sesenta, pues si la casa de los Óistraj solía estar abierta para los músicos, a la de Samoilov acudían poetas, escritores, políticos y hasta algún astronauta.

La mañana del 22 de julio amaneció lluviosa en Pärnu. Debía terminar mi crónica para el periódico y viajar a Tallinn para coger el vuelo de regreso. Pero no quise marcharme sin intentar al menos una visita a la casa de Óistraj. Comprobé que, de camino a la referida calle Toominga, podría desayunar en el bello hotel modernista de la Villa Ammende. Y, tan sólo a dos manzanas de allí, tras doblar por la calle Muru, me topé frente a la dacha verde del violinista.

Había aprovechado el desayuno para investigar un poco acerca de la historia de esta casa. Su construcción formaba parte de un proyecto de dieciséis villas que había diseñado el arquitecto Olev Siinmaa, entre 1932 y 1934, para las calles paralelas de Toominga y Seedri. Siinmaa fue el arquitecto oficial de Pärnu antes de la Segunda Guerra Mundial y también el máximo representante del funcionalismo arquitectónico en Estonia. Ya había visitado, durante mi primer día en Pärnu, su edificio más emblemático: el Rannahotell, ubicado frente a la playa, y donde la organización del festival nos había obsequiado con una comida de bienvenida.

La casa parecía deshabitada, aunque no abandonada. Recorrí varias veces parte del perímetro de la parcela, cuyo interior parecía bastante destartalado, y tomé varias fotografías, entre ellas de la placa conmemorativa que encabeza estos párrafos. Pero me quedé con muchas ganas de conocer su interior. Y comprobar lo que quedaría de aquella “atmósfera única” que comentaba Iouzefovitch en su libro. Curiosamente, lo he conseguido ahora, ocho meses más tarde.

La semana pasada, mientras recopilaba información para escribir esta pieza, me topé con el anuncio de la venta de esta casa en la inmobiliaria estonia City24 por 475.000 euros. Por fin, a través de la información en estonio del anuncio, he sabido que el complejo de la casa, con su patio ajardinado y parcela trasera fue diseñada por el ingeniero Eduard Klein para Mihkel Valmet. Y, a continuación, se aclara lo siguiente: “La villa se completó, en 1935, y ha sido el hogar de la familia que la construyó. Más tarde sirvió como casa de verano para David Óistraj, un virtuoso del violín”. Por tanto, la casa fue el hogar de los Valmet hasta 1955 en que fue cedida, tal como vimos más arriba, a su amigo Óistraj.

En la nota se aclara, además, que el diseño de la villa se conserva en su forma original. Y también pervive la mayor parte del interior de su casa. Entre las fotografías podemos ver, por fin, su interior: el austero salón donde Óistraj jugó al ajedrez, escuchó grabaciones y estudió nuevas partituras.

Pero se podría escribir mucho más acerca de la relación de Óistraj con Pärnu. En 1976 y 2008, la radio pública de Estonia dedicó sendos programas de una hora a la relación de Óistraj con esa ciudad, que se encuentran disponibles en su página web. En el primero, Mikk Vello trazó, en agosto de 1976, una trayectoria del violinista, con fragmentos de sus más famosas grabaciones de los conciertos de Brahms, Sibelius o Shostakóvich junto a la Sonata “a Kreutzer” de Beethoven, que complementó con varios testimonios. Y escuchamos, en estonio (o en ruso con traducción), recuerdos de su amigo Mihkel Valmet, pero también del violonchelista Mihhail Homitšer, los directores de orquesta Neeme Järvi y Eri Klas, junto a sus discípulos, los violinistas Liidia Petšerskaja y Viktor Pikaizen.

En septiembre de 2008, Inno Kersti dedicó otro programa a Óistraj y Pärnu, pero esta vez para conmemorar su centenario. En este caso, además de recuperar algunos testimonios ya escuchados 32 años atrás, recopiló otros posteriores de discípulos que, además de Petšerskaja y Pikaizen, le solían visitar durante las vacaciones como Oleg Kagan, Igor Frolov y Liana Isakadze, que contribuyeron a poner en marcha el futuro Festival David Óistraj. Pero también intervino Neeme Järvi, que acababa de clausurar la última edición del festival con la Sinfonía “De los adioses”, de Haydn. Y tampoco faltó la voz de su hijo, el violinista Ígor Óistraj, que reitera lo importante que fue Pärnu para David Óistraj, tal como había hecho en el libro de Iouzefovitch: “Fue muy valiosa a nivel artístico, pero también tuvo un efecto no menor para su salud y estado de ánimo, por la belleza de la naturaleza y el placer de la compañía”.

Sería ideal que las autoridades de la ciudad estonia pudieran comprar esta casa para convertirla en un museo o en la sede del actual Festival Musical de Pärnu.