MADRID / Dante Boon, el piano fuera de la realidad

Madrid. 17-III-2023. CentroCentro. Dante Boon, piano. Obras de Cage y Boon. Ciclo Vang VI, músicas en vanguardia.
Ante un piano de media cola y haciendo uso de una silla convencional el pianista neerlandés Dante Boon (1973) salió ayer al escenario de CentroCentro –invitado por el ciclo Vang- sin ninguna alharaca y, frente a las teclas, despachó sin levantar la vista de las mismas, sin apenas ademán perceptible, una hora de música regida por John Cage (1912-1992) y concluida con una obra suya que resultó ser todo un laudo a la (feliz) confusión con la pieza inmediatamente precedente.
Así habitúa a ser el proceder de este riguroso especialista en el repertorio contemporáneo, uno de los nombres más señalados del colectivo post-cageano Wandelweiser, donde Boon, con sus grabaciones de obras de Jürg Frey, Morton Feldman y Anastassis Philippakopoulos, entre otros, se ha erigido en paladín de la llamada slow music, término que a Cage seguro le fue completamente ajeno pero que ahora, con algunas de sus creaciones, queda fácilmente amalgamado en este inconcreto y vivísimo colectivo.
Funcionó el hilado de tres piezas del libro primero de los Etudes Australes (1974-75) con la estática y reduccionista ASLSP (1985), ambas de Cage, fusionada esta última, literalmente, con la triádica y más acolchada Dreamings (2021), del propio Boon. Lo hizo porque la puntillista y desnuda aleatoriedad (de sorprendente similitud con el estructuralismo vía Darmstadt) de la obra inicial combinó ejemplarmente con la escucha atenta, de silencios gigantes y gestos mínimos, de la segunda partitura y esta, a su vez encadenó con la confortabilidad apagada de la creación del teclista, que acabaría totalizando el recital (40’) como poseída por la parsimonia cageana, solo torcida por los acordes finales de la obra propia.
El concepto fue claramente fonográfico y aunque no restamos capacidad de encantamiento al conglomerar el programa pensado, esto restó lógica individualidad a cada pieza. Boon tocó además sin partituras, en estado de total ensimismamiento, lo que llamó la atención especialmente en los tres Etudes Australes, de una complejidad fascinante. En músicas como estas, tan alejadas del canon y todavía adjudicadas a una idea de lo experimental, la partitura como objeto fetichizado frente al músico otorga una sensación de respeto y reverencia a la letra escrita que ayer no se produjo. El músico holandés potenció en lo posible una desnudez visual y una ruptura del ritual de concierto que no obstó para reconocer su fascinante control del pedal, su celosa atención a la resonancia de las notas y su capacidad para acariciar los ppp, de una exquisitez en ASLSP y Dreamings que logró generar momentos de una belleza fuera del tiempo y, desde luego, de la realidad acelerada y bullanguera que vivimos día a día.
Ismael G. Cabral


