Cuidadín con los mantras

Cuidadín con los mantras

Desde hace meses hemos leído amargas quejas sobre aviones repletos y salas medio vacías. Empezó Netrebko, que, cual Agustina de Aragón (o para el caso, de Krasnodar), no se ha apeado de su descaro antivírico ni después de haber pasado una neumonía por gentileza del SARS-Cov-2, que aún podría, Dios no lo quiera, guardarle alguna sorpresa en forma de secuela inesperada. Un forero británico la apodó, con oportuna acidez, Anna Netrumpko. Y le han seguido otros, uno de los últimos nuestro Carlos Álvarez, con aquello de “¿por qué tengo que viajar en un avión repleto y cantar en una sala semivacía?”.

De aquellas quejas derivaron, como es costumbre (no estoy seguro de que sea “buena” costumbre) hoy en día por aquello de las cadenas en las redes sociales, algunos mantras, a la cabeza de los cuales se sitúan las afirmaciones, rotundas y absolutas, de que “no hay contagios en los conciertos” y que “la cultura es segura”, con su inevitable y correspondiente etiqueta, el ahora llamado “hashtag”.

Como vengo señalando, también desde hace meses, con poco éxito (por aquello de que uno no es Netrebko ni Álvarez, y además tampoco el mensaje es de los que encandila a los optimistas irredentos, con lo cual no hay mantras, ni etiquetas ni nada de nada), el principal problema del partido aviones vs. salas es, para empezar, que, en lo que toca a las probabilidades de expansión del virus, los mencionados cantantes (y otros que se han hecho eco de su queja) parecen sugerir que se permita un despropósito (aforo completo en una sala cerrada) porque previamente se ha permitido otro (avión repleto). Tienen razón quienes se quejan en tanto que lo segundo es un despropósito, pero creo que no es acertado pretender que tal despropósito pase de volar por el cielo a situarse en una sala de conciertos. Me explicaré.

Cuando se inició la polémica, muchos sospechábamos, entre otras cosas porque era lo biológicamente plausible, y en la medicina y la biología, lo biológicamente plausible tiene la mala costumbre de hacerse real con bastante frecuencia, que la vía de transmisión del virus por partículas pequeñas (los ahora denominados aerosoles) era más que probable. Lo era, para empezar, porque, vaya por Dios qué casualidad, los parientes próximos de este virus, que los hay, se contagian por esa vía. Para seguir, pretender que hay una especie de frontera entre las partículas que portan el virus y las que no lo portan (para entendernos, por encima de tal tamaño sí, y por debajo de ese, no) no deja de ser un artificio. Las partículas son, como oportunamente han señalado distintos expertos, un continuo, desde las más gruesas a las más minúsculas, por lo que la diferenciación de gotículas frente a otras no deja de tener algo (bastante, diría yo), en este sentido, de artificio.

Cuando llegó el mes de julio, la polémica había ya adquirido grandes dimensiones, y más de doscientos científicos, con la reconocida profesora Lidia Morowska a la cabeza, y con el español José Luis Jiménez, de la Universidad de Colorado entre ellos, dirigieron una carta abierta a la OMS (https://academic.oup.com/cid/advance-article/doi/10.1093/cid/ciaa939/5867798), publicada en la revista Clinical Infectious Diseases, en la que repasaban la evidencia disponible al respecto y le decían a la OMS, desde el mismo título de la carta, que ya era hora de que se revisara la vía de contagio por aerosoles, de cara a tomar las necesarias precauciones. La OMS, organización demasiado politizada y en buena medida obsoleta, que no se ha distinguido por cubrirse de gloria en esta pandemia, siguió erre que erre, pero cada vez va dando más su brazo a torcer, especialmente tras la rectificación que el CDC de Atlanta (uno de los más prestigiosos centros sobre enfermedades infecciosas del mundo) publicó recientemente, haciendo público reconocimiento de que los aerosoles son una realidad en el contagio de este virus.

De hecho, las publicaciones se amontonaban, y se siguen amontonando: casos en coros (el más conocido, uno de los primeros, en EEUU:  https://www.medrxiv.org/content/10.1101/2020.06.15.20132027v2), en restaurantes (https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/26/7/20-0764_article#tnF1), en autobuses                             (https://jamanetwork.com/journals/jamainternalmedicine/fullarticle/2770172), y sí, en aviones (https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/26/11/20-3353_article), pero también una recopilación de brotes de distinto origen en Japón, que incluye, vaya por Dios, una serie de brotes procedentes de distintos ambientes, entre ellos, eventos musicales.

La definición de brote en este estudio era relativamente “severa”: cinco o más casos con exposición primaria en un mismo evento o lugar, y quedando excluidos aquellos casos que procedieran del mismo ambiente familiar. De los 61 brotes identificados, 7 (11%) procedían de eventos musicales tales como ensayos de coro, conciertos o karaokes. Curiosamente, de los brotes identificados en ambiente no sanitario, el mayor (>30 casos) se dio entre espectadores, staff e intérpretes de un concierto en vivo (https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/26/9/20-2272_article#tnF1), si bien es cierto que el artículo no especifica a qué tipo de música pertenecía el concierto en cuestión ni en qué tipo de sala se desarrollaba.

Por si fuera poco, ayer mismo se dio a conocer un estudio experimental holandés en el que se mostraba el contagio entre hurones en distintas estancias a través de un tubo de conducción de aire (https://www.biorxiv.org/content/10.1101/2020.10.19.345363v1.full.pdf).

Volviendo al brote en Japón en un concierto, el caso permite una reflexión cuidadosa en relación con los mantras de “cero contagios” y “cultura segura”. Los propios autores japoneses de este estudio reconocen (como debe ser en el mundo del rigor científico) que su estudio tiene limitaciones. La más importante es, ay, la que afecta justamente, en la línea de flotación, a los citados mantras: “la investigación epidemiológica se basó fundamentalmente en la participación voluntaria. Debido a que algunos casos no pudieron ofrecer información sobre sus contactos, es posible que algunos casos e incluso brotes hayan quedado sin detectar.” La afirmación no es mía (aunque la suscribo), sino de los autores japoneses.

Y en todo ello reside la madre del cordero. Todo el mundo está a estas alturas de acuerdo con que la clave para combatir la pandemia en estos momentos es detección, aislamiento y seguimiento y cuarentena de contactos. Pero, como estamos viendo todos los días, el problema no sólo consiste en disponer de muchos y buenos rastreadores, porque si la gente no colabora (y sabemos que en muchos casos no lo hace), es imposible trazar la secuencia que ha conducido al contagio. De hecho, trazar esa secuencia puede ser muy difícil incluso si la gente colabora, porque hay variables de confusión, como el uso del transporte público. ¿Quién puede, fácilmente, poner el cascabel al gato del contagio cuando, además del concierto, buena parte del personal ha ido en transporte público, donde fácilmente puede haberse contagiado?

Más aún, el hecho de que no se hayan comunicado brotes en conciertos de música clásica, ¿quiere necesariamente decir que no se han producido? Por supuesto que no, especialmente teniendo en cuenta, como acabamos de ver, lo resbaladizo que resulta el tema de identificación del lugar los brotes. Por consiguiente, creo que las etiquetas de “cero contagios” o “cultura segura”, como casi todas las afirmaciones “absolutas” cuando se relacionan con asuntos médicos, son inapropiadas y desafortunadas. No se puede asegurar (a las pruebas me remito) que haya habido cero contagios, porque seguramente ha habido contagios, como lo hubo en Japón, y seguramente, el hecho de que no se hayan informado en el ambiente de la clásica responde más a un problema de poca comunicación (algo común, como hemos visto) que a que se pueda afirmar con rotundidad que un concierto no supone riesgo alguno.

El riesgo, en materia del coronavirus, depende de muchos factores, y por supuesto, puede mitigarse, que no eliminarse. El British Medical Journal publicó no hace mucho una tabla de esas tipo semáforo, que tango gustan ahora, para diferencias el riesgo de diferentes eventos o prácticas en función de ambiente abierto, o cerrado, mucha o poca gente, mascarilla o no, y ventilación buena o mala. La tabla no está hecha al tun tun, pero es muy de sentido común. Parte de algo elemental: el riesgo cero, tratándose del virus, no existe. Y a partir de ahí, lo obvio. Interior, mal ventilado, alta ocupación, mucho tiempo de exposición y alta emisión de aerosoles (por ejemplo, hablar o cantar), mal rollo.

En el extremo contrario, exterior, baja ocupación, con mascarilla… incluso cantar durante bastante tiempo supone bajo riesgo.

En medio de estas dos cosas, el abanico de posibilidades es amplísimo. Y volviendo al principio, la razón por la que los teatros aparecen semivacíos es porque el riesgo, con baja ocupación, es menor. Si no se puede modificar la ventilación, y el tiempo de exposición es largo, porque no se van a hacer conciertos de cinco minutos, no queda otra que baja ocupación (distancia), mascarilla y por supuesto, silencio (sin toses ni gritos de ¡Bravo!, etc). Que sí, que vale, que por supuesto, el avión repleto supone riesgo, por mucho que digan que no.

Al personal le está costando aceptar lo que es una realidad desde hace mucho tiempo, pero verán que, entre las medidas más recientes que se está valorando por el gobierno en situaciones como la actual, está la reducción del aforo del transporte público y aéreo. Algunos llevamos dando la matraca con los aerosoles bastante tiempo. Y mira por dónde los hechos, las pautas y las medidas de protección cada vez dan más la razón. Así que, cuidado con las afirmaciones absolutas, cuidadín con los mantras, que en cualquier momento se puede uno quedar con la retambufa al aire. Y eso, no queda bien.