Cuatro cantantes que mejoraron (III): Kurt Moll

Cuatro cantantes que mejoraron (III): Kurt Moll

Entre los bajos germanos, aún no muy lejanos, es casi tanta la distancia que separa a Réne Pape (que grabó una temprana versión de Bastián y Bastiana y acabó pegando un tranco hasta llegar al exigente Wagner), como la de Kurt Moll en su carrera. Allá por 1974, en una selección de Margarethe, versión alemana del Fausto francés, en un papel tan diabólico y truculento como Mefisto, escrito para un bajo cantante, él lo hace más liviano y mecánico, con poca fantasía agógica. Cuatro años después, tampoco será un Schigolch de Berg del todo adecuado, aunque conozca las lindes del sprechgesang, y su tenebrosa encarnación convenza a ratos.

Porque hay que decir que Moll era un genuino bajo profundo, voz en el fondo infrecuente en cualquier latitud, casi con Rusia y sus antiguos satélites como única excepción. Además, al margen de algunas señas generales, la suya era una materia poco frecuente aún en Alemania. Tenía una voz pastosa, en lugar de secota, en absoluto leñosa, y era noble en más amplio sentido de la palabra.

A partir de ahí, sus pasos fueron contados y perfectos. En 1980, dirigido por el veterano Karl Böhm, TVE, —¡TVE!—, emitió el Rapto en el Serrallo de Mozart, un bálsamo para las voces si saben cantar. Rapto y reparto se confunden ante la acumulación de sorpresas, no siendo la menor Moll como Osmin, o el debut del mexicano Francisco Araiza, Belmonte. Uno tuvo más tiempo la boca abierta por la admiración que en su posición normal, pues en el caso del bajo, al margen de la pureza en la línea de canto, se esclareció el último misterio de su voz; que el timbre era bellísimo.

Después, como una explosión, llegó el papel que le auparía a lo más alto, Sarastro, en La flauta mágica. Durante años sólo tuvo en el rol un rival, el algo anterior Martti Talvela. Con una voz oscura y parigual, muy bien escalonada en los descensos a esa suerte de Hades que lo acompaña el cual, tras un giro copernicano en la trama, devendrá lo contrario. Lo grabó a las órdenes de Colin Davis, de Georg Solti —ambas son grandes testimonios— o, como DVD, con Savallisch.

Aún quedaba Wagner. Moll cada vez cantaba mejor y la voz aguantaba. En vivo, me quedo con el Hunding de Walkiria, protervo el personaje, y de retumbante volumen él. También con un Parsifal del Liceo donde, como siempre, dio variedad y animación vocal a los largos solos del personaje menos melódico de la obra, salvo Titurel, y solemnizó con autoridad la quietud que acompañaba la música escénicamente. Por supuesto que, como rey Marke en Tristán e Isolda, tampoco era un impedido.