Cuando plasmar las ideas se vuelve imposible: los años finales de Ravel

¡Además, tenía aún tanta música en la cabeza!
Maurice Ravel (otoño de 1937)
Concebir no es nada, expresarlo es todo
Th. Alajouanine, 1948
La violinista Hélène Jourdan-Morhange, dedicataria de la Sonata para violín y piano de Maurice Ravel (1875–1937), de quien se conmemoran en 2025 los 150 años de su nacimiento, describía años después[1] su preocupación por la “anemia cerebral”[2], “amnesia” y “gran cansancio” del compositor tras culminar en 1927 la mencionada sonata. Parece haber cierto consenso en situar en ese año de 1927 el comienzo de la enfermedad neurodegenerativa que acabaría con las capacidades creativas del compositor. Con anterioridad, hay datos sobre ciertas alteraciones psicológicas (Henson[3] habla de trastorno obsesivo-compulsivo), especialmente acentuados en el periodo de la Primera Guerra Mundial.
El curso de la enfermedad
En 1927, el doctor Valery-Radot recomendó reposo durante un año (aunque desconocemos sobre qué basaba dicha recomendación), lo que no fue óbice para que Jourdan-Morhange recurriera de nuevo al médico porque el compositor “se perdió” durante el acompañamiento de la Sonata para violín y piano. Además, “cometía errores al escribir, las líneas eran a menudo irregulares, contenían tachaduras y le temblaba ostensiblemente la mano”. La escritura pareció estabilizarse algo en 1928, pero ese mismo año, en Madrid, durante una ejecución de su Sonatina, se perdió de nuevo, y saltó desde la exposición del primer movimiento hasta la coda del final. Claramente estaba ocurriendo algo serio. Henson apunta a que “independientemente de ese accidente, su memoria se antojaba deficiente y su proceso mental parecía enlentecido”. La misma Jourdan-Morhange refería cómo “al comienzo de su enfermedad, Ravel se enfurecía cuando no podía encontrar la palabra que buscaba”.

El propio Ravel se declaraba “acabado” en 1931, pero el curso irregular de la enfermedad, y quizá su propia personalidad, le empujaron a una nueva gira en 1932 junto a Marguerite Long, justo tras el estreno de su Concierto para piano en Sol. Long comentó que, durante esa gira por Europa, el maestro perdía las maletas, el reloj y los billetes de tren de ambos. Y, en este sentido, Arthur Rubinstein[4] relató una curiosa historia en la estación de Praga (1932), en la que el compositor acusaba a Long de haber perdido los billetes. La pianista había notado por entonces una lasitud extrema y una ralentización de los gestos del compositor.
En octubre de 1932 Ravel resultó herido en un accidente de taxi en París. En sus propias palabras, más tarde, a Falla, el accidente “no fue tan serio”, pero diferentes artículos médicos publicados tiempo después apuntan, con prudencia, que no se puede descartar que el traumatismo acelerara el deterioro neurológico que ya se encontraba en curso. La inventiva, sin embargo, permanecía intacta (más sobre este asunto después), como lo demuestran el estreno del Bolero en 1928 y, más tarde, de sus dos Conciertos para piano (1929-31). Algunos han querido ver en el Bolero algún signo de ese proceso neurodegenerativo, pero la propia declaración del compositor sobre la naturaleza “experimental” de la obra y el diseño, bien diferente, de los dos conciertos mencionados hacen que esa asociación parezca harto improbable.
Las cosas fueron a peor. Henson lo relata de nuevo con precisión: “En junio de 1933 intentó lanzar una piedra al mar en San Juan de Luz, pero solo consiguió golpear en la boca a su amiga de la infancia, Marie Gaudin. Ravel había sido buen nadador, pero perdió por completo esa capacidad. Las dificultades para escribir aumentaron y no pudo firmar su nombre cuando le tomaron las huellas de las manos en noviembre. Según Valentine Gross, dijo: ‘No puedo, no puedo firmar. Mi hermano te enviará mi firma mañana’. Su última carta publicada fue escrita con gran dificultad en febrero de 1934”. La última aparición pública había sido en noviembre de 1933 para dirigir su Concierto en Sol, de nuevo con Long al piano. Pero Marcel Marnat, en su biografía del compositor, deja claro que, en aquella ocasión, la “dirección” había sido en realidad una apariencia, puntualizando que “la orquesta fue por su cuenta”[5].
El final

Dado el alarmante deterioro, se realizó un examen neumoencefalográfico[6]. Ante la posibilidad de que hubiera un tumor o algún otro fenómeno que explicara el cuadro, se decidió, con autorización del hermano del músico, proceder después a una craneotomía (lo que vulgarmente conocemos como trepanación), que muchos neurólogos coinciden hoy en que probablemente en nuestros días habría sido evitada, y que de hecho alguno (Thierry de Martel) se negó a practicar. El Doctor Clovis Vicent la realizó el 17 de diciembre de 1937 y disponemos de su informe. No se halló tumor alguno ni se practicó biopsia cerebral ante la ausencia aparente de lesiones, más allá de dilatación ventricular[7]. Aunque en las horas siguientes experimentó una fugaz mejoría, pronto entró en coma y falleció el 28 de diciembre de ese mismo año. La familia no autorizó la autopsia, por lo que no disponemos de lo necesario para un diagnóstico preciso.
El examen de Alajouanine en 1933 y las hipótesis posteriores
Más allá de conocidos y próximos que expresaban, como Jourdan-Morhange, una preocupación genérica sobre los signos que observaban, quizá el primero en abrir los interrogantes médicos sobre qué le ocurrió a Ravel en los diez últimos años de su vida fue su compatriota, el célebre neurólogo Théophile Alajouanine. El 17 de marzo de 1948, Alajouanine pronunció una conferencia en la Harveian Society de Londres[8] en la que se centró en uno de sus temas favoritos: la afasia[9]. El título era bien explícito: Aphasia and artistic realization, y su texto, un interesante repaso sobre las implicaciones de la afasia sobre la realización artística, sería publicado poco después[10]. Alajouanine se vale para ello de tres ejemplos. El primero, el del poeta Charles Baudelaire, que sufrió una hemiplejia (parálisis de un lado del cuerpo) derecha seguida de afasia. El segundo, el de Ravel, y el tercero, el de un pintor que en aquel momento vivía y Alajouanine no quiso nombrar, pero que posteriormente sí ha sido identificado: Paul-Elie Gernez (1888–1948).
El neurólogo francés había estado analizando el estado de Ravel durante dos años, empezando en 1933, y contó con la colaboración de uno de sus discípulos, Manuel Rosenthal, para una serie de exámenes relacionados con el ámbito musical. La descripción de Alajouanine es precisa y explícita: “Maurice Ravel sufrió un ataque de afasia…. El lenguaje oral y escrito [verbal] está afectado de forma difusa y moderada, sin ningún debilitamiento intelectual apreciable… con un componente ideomotor apráctico”[11]. También afirmó que la escritura de Ravel era muy defectuosa, principalmente debido a la apraxia, y que la comprensión era mucho mejor que las habilidades orales o escritas.

Alajouanine enumera los detalles sobre los aspectos que resultaron más afectados en las capacidades musicales de Ravel según ese examen de 1933 (el deterioro fue acentuándose después). En cuanto al pensamiento musical, Ravel era capaz de reconocer adecuadamente las piezas musicales y apreciar el ritmo, el estilo y detectar los errores. Podía también señalar que el piano del célebre neurólogo estaba desafinado. Su reconocimiento de las melodías era, en general, bueno y rápido. Sin embargo, tenía grandes dificultades para leer música. Tocar el piano le resultaba casi imposible, porque a la dificultad para leer las notas se añadía la necesidad de buscar su ubicación en el teclado, y a menudo se equivocaba. Tenía mucha dificultad para escribir música, aunque esa capacidad parecía mejor conservada que la de la escritura verbal. La sensibilidad artística y el juicio no parecían alterados, y tras asistir a conciertos podía expresar críticas o describir el placer que sentía. El neurólogo francés ofrece ejemplos ilustrativos de todo ello. Valga uno como ejemplo: “Cuando toca de memoria algunas de sus propias obras, se maneja razonablemente bien (el comienzo de Le tombeau de Couperin, por ejemplo, aunque se vuelve demasiado difícil para poder completar la ejecución), pero tiene grandes dificultades para tocar piezas que no conoce: apenas puede tocar dos o tres notas de una obra de Scarlatti que no conocía.”
Darvesh[12] hace un concienzudo repaso por los diagnósticos (de presunción, claro está, a falta de autopsia confirmatoria) con los que se ha especulado desde aquel primer artículo de Alajouanine. Éste evitó pronunciarse con un diagnóstico concreto, aunque lo situó en las coordenadas de “las atrofias cerebrales”, sin más precisión. Las hipótesis posteriores han barajado múltiples diagnósticos, desde la enfermedad de Alzheimer hasta la afasia primaria progresiva con degeneración corticobasal (este es el diagnóstico más comúnmente defendido por distintos autores), pasando por la demencia frontotemporal y otros tipos de demencia. Sea cual fuere la etiqueta que se le ponga a la enfermedad neurodegenerativa padecida por Ravel, sí está claro lo que produjo. Una vez más, Alajouanine lo describió de forma nítida: “El lenguaje musical está hecho a base de signos, en los que los sonidos representan un mero simbolismo, mientras que las frases musicales, con su significado intencionado descriptivo o afectivo, representan un simbolismo superior. Las formas melódicas se ajustan a patrones más o menos convencionales, arbitrarios o individuales, en los que puede reconocerse, como superpuesto a su pensamiento, el genio o habilidad técnica del autor. Más aún, la traducción gráfica de una obra musical requiere una transcripción escrita. Todo ello muestra cuántos factores, de diversos niveles, forman parte del proceso de realización artística, tal como se expresa en una obra musical, y cómo esa técnica puede resultar alterada por la afasia… Esto explica por qué, con un pensamiento musical relativamente conservado que le permite “escuchar en su interior” una frase musical, o incluso cantar un determinado motivo o melodía, escuchar y apreciar una interpretación, nuestro compositor [Ravel] no puede expresar sus ideas escribiéndolas o ejecutándolas. La expresión musical está en él gravemente deteriorada. Y, en consecuencia, su posibilidad de creación artística está completamente destruida.”
Quizá su más breve sentencia, citada al principio de este artículo, lo dice todo en pocas pero rotundas y demoledoras palabras: “Concebir no es nada, expresarlo es todo”. Esa fue, probablemente, la gran tragedia de Ravel: conservó las ideas y no podía plasmarlas. Y lo peor, es que, como demuestra la cita mencionada al principio, era consciente de esa incapacidad.
Rafael Ortega Basagoiti
Nota sobre las fotografías:
La fotografía que encabeza este artículo es una de las últimas fotos de Ravel, tomada un mes y medio antes de su muerte en París, en casa de su amiga Françoise Meyer. Actualmente se encuentra en posesión de la asociación Les Amis de Maurice Ravel.
[1] Jourdan-Morhange H. Ravel et nous. Geneve: Editions du Milieu du Monde, 1945.
[2] “Anemia cerebral” no es un término médicamente aceptado, y se refiere más bien a situaciones en las que el flujo sanguíneo hacia el cerebro es insuficiente.
[3] Henson RA. Maurice Ravel’s illness: a tragedy of lost creativity. Br Med J (Clin Res Ed). 1988 Jun 4;296 (6636):1585–8.
[4] Rubinstein A. My many years. London: Cape, 1980:310-1.
[5] Marnat M. Maurice Ravel. Paris: Fayard, 1986.
[6] Desagradable procedimiento por el que se sustituía líquido cefalorraquídeo por gas para explorar con rayos X las estructuras cerebrales, hoy por fortuna sustituido por técnicas menos invasivas y más precisas.
[7] Baeck E. The Terminal Illness and Last Compositions of Maurice Ravel. En: Bogousslavsky J, Boller F (eds): Neurological Disorders in Famous Artists. Front Neurol Neurosci. Basel, Karger, 2005, vol 19, pp 132–140.
Darvesh S, Cash MK, Martin E, Engelhardt E. Expressive amusia and aphasia: the story of Maurice Ravel. Dement Neuropsychol. 2024 Jun 24;18:e20230108. doi: 10.1590/1980-5764-DN-2023-0108. eCollection 2024.
[8] La Harveian Society es una Sociedad Médica fundada en 1831 en homenaje al médico británico William Harvey (1578-1657).
[9] La afasia, por decirlo de manera simple, es un trastorno de la forma de comunicación, que puede adquirir distintas formas, desde incapacidad de encontrar las palabras hasta decir o escribir oraciones sin sentido.
[10] Alajouanine: Aphasia and artistic realization. Brain 1948; 71: 229–41.
[11] Por expresarlo en lenguaje llano, la apraxia ideomotora es un trastorno neurológico en el que una persona puede entender la acción que se le pide, pero no puede realizarla correctamente.
[12] Darvesh S, Cash MK, Martin E, Engelhardt E. Expressive amusia and aphasia: the story of Maurice Ravel. Dement Neuropsychol. 2024 Jun 24;18:e20230108. doi: 10.1590/1980-5764-DN-2023-0108. eCollection 2024.


