Cuando muere el silencio, cuando nace el silencio

Cuando muere el silencio, cuando nace el silencio

“El pianissimo es la muerte del silencio”, decía hace poco un controvertido director de orquesta en una entrevista. A menudo pensamos en la dinámica simplemente como eso, como una gama de matices. Y el mismo diccionario de la RAE se refiere al silencio de una manera simplista, como “falta de ruido”, y, en música, como simple “pausa”. Pero el silencio en la música es mucho más que una pausa, porque la música finalmente nace y muere en él. Nacimiento y muerte que pueden ser abruptos, hasta violentos, o, por el contrario, extremadamente sutiles, casi inapreciables. En todo caso, siempre generadores, de una u otra forma, de emoción.

El precitado director continuaba, poco después de la afirmación mencionada, diciendo, con muchísima razón, que el pianissimo es mucho más que un matiz, es una emoción. Como el silencio. Cuando el silencio muere de forma abrupta, hasta violenta, su final trae consigo el sobresalto y la descarga de adrenalina. Recuerdo siempre a aquella señora que en un concierto exclamó a mi lado ¡qué susto! cuando la orquesta atacó con el prescrito fortissimo la Danza infernal del Principe Kastchei en El pájaro de fuego de Stravinsky.

Por el contrario, la muerte suave, sutil, del silencio, requiere que este sea un absoluto. Para apreciar suficientemente el espeluznante inicio de la misa de difuntos de Verdi es necesario que se haga primero un silencio total. Solo entonces, el doliente, susurrado, casi temeroso comienzo de los violonchelos en pianissimo, y después el coro, con el mismo matiz reforzado por la indicación sotto voce, adquieren su verdadera intensidad emotiva. Sin un silencio absoluto que muere en el inicio de ese pianissimo, no hay verdadera emoción, porque la emoción nace justamente de la tensión creada por el silencio y del casi inapreciable final del mismo por el delicado canto de los violonchelos.

Pero el silencio también puede convertirse, a su vez, en la muerte del pianissimo. El final de la citada misa de Verdi es un ejemplo, pero tal vez el más evidente de todos es el final de la Novena de Mahler. En los 27 compases últimos Mahler parece exprimir al máximo la agonía del pianissimo, la suya propia. Es como un final que tiene que llegar pero que se intenta alejar, por no deseado. Comienza ese pasaje indicando adagissimo – pp, con sordina. Apenas cuatro compases más tarde, marca “Lento y ppp hasta el final”. Siete compases antes del final, prescribe “extremadamente lento – pppp”, y sobre el calderón final, aparece la indicación ersterbend (“muriendo”). Más que un recuerdo (por otra parte innecesario, porque la misma indicación aparece salpicada varias veces antes), parece casi una agotada rendición. No hay silencio indicado al final, pero es evidente la intención de que la música se desvanezca, muera, en un silencio que, para alcanzar la emoción buscada, debe prolongarse con un largo calderón imaginario. Igual que el inicio de la misa verdiana es emocionalmente imposible sin un silencio total previo, la sobrecogedora tristeza de la conclusión de la Novena de Mahler sólo es posible si el pianissimo muere para que nazca un largo silencio que es mucho más que una ausencia de sonido, es el largo apagón final de una vida.

Les dejo aquí dos muestras de esos 27 compases finales, unos minutos aparentemente interminables, en los que el silencio muere en varias ocasiones por cada vez más tenues y repetidos pianissimi, que también a su vez se difuminan en silencios hasta el desvanecido acorde final. De todas las interpretaciones que circulan en Youtube de la Novena de Mahler, es quizá Leonard Bernstein quien tal vez lleva más al extremo las extremas (permítanme la redundancia) indicaciones del compositor. En 1975 dejaba en vídeo esta interpretación con la Filarmónica de Viena:

Pero diez años después, en 1985, llevaba el agónico desvanecimiento a una suspensión casi inverosímil, una en la que la frontera entre el silencio y el sonido es tan borrosa, tan delgada, que a veces pareciera haber sonido donde no lo hay, o incluso silencio donde en realidad hay sonido. La Orquesta del Concertgebouw llevada al absoluto límite de sus posibilidades. No puede uno sino contener la respiración, poner el granito de arena necesario para que se haga realidad una de las muertes más estremecedoramente emocionantes de un pianissimo en toda la historia de la música: