ALICANTE / Diáfano y trascendente Bruckner, por José Antonio Cantón

ALICANTE / Diáfano y trascendente Bruckner, por José Antonio Cantón

Alicante. Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). 08-III-2019. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Director: Valery Gergiev. Bruckner, Octava sinfonía.

José Antonio Cantón

Una de las citas más relevantes de la presente Temporada Sinfónica del ADDA ha sido la protagonizada por la Orquesta del Teatro Mariinsky con su titular al frente, el omnipotente Valery Gergiev, unos de los grandes directores artísticos generales existentes actualmente en el mundo, que gobierna el enorme complejo Mariinsky con la eficacia y sagacidad de un gran mariscal de campo de la música. Su capacidad de adentrarse en los secretos que encierra Anton Bruckner ha quedado sobradamente de manifiesto en esta su tercera visita al ADDA, dirigiendo uno de los grandes monumentos del sinfonismo romántico como es su Octava sinfonía, obra que requiere un exigente ejercicio de introspección por parte de quien se proponga dirigirla y de quienes, desde sus respectivos instrumentos, hacerla sonar con ese sentido trascendente y místico que contiene.

En esta ocasión fue más que interesante la disposición en el escenario de la plantilla orquestal en una manifiesta intención de encontrar unos vectores sonoros que favorecieran la expresividad de conjunto, acentuaran la presencia de cada sección instrumental y reforzaran el diálogo interno, que constantemente desea el autor en aras de demostrar la rica diversificación de estructura y la complejidad de concepto que encierra. Así, el maestro Gergiev, situando la formación lo más próxima al final del escenario, contrabajos izquierda al fondo, violonchelos y violas en un eje central izquierdo, ambas secciones de violines contrapuestas a medio escenario, sección de madera en el fondo, como vértice superior de la orquesta, timbales en el ángulo superior derecho del trapecio orquestal, y el metal ramificado en la disposición general ocupando parte importante del plano derecho del espacio sonante, favoreció la convergencia de sonido en un punto ideal de ecualización acústica que, desde los primeros sonidos de las trompas sobre el trémolo de los violines, se hicieron manifiestos. Tales efectos, con los que se abría el primer movimiento,
auguraban que el concierto iba a resultar una auténtica experiencia para el oyente.

A partir de esta primera impresión, muy bien equilibrada por el maestro, jugó con la disposición fónica para entrar en el pensamiento extramusical que anima la obra. Así, en el Allegro inicial realzó la reexposición paradójicamente con un esclarecido sonar fúnebre y cargó la coda con transparente sentido de resignación, dejando la sensación en el espectador de que estaba ante una versión de sorprendente belleza y marcada autoría interpretativa. La sorpresa continuó con la construcción ‘wagneriana’ que utilizó, que hacía recordar una singular aria de la ópera El buque fantasma del ínclito operista lipsiense, sin caer en la imitación ni vincular en demasía los efectos salidos de la musicalidad creativa de Bruckner. Quiso reafirmar en la coda el sentido sombrío de este tiempo llegando a transmitir una sensitiva desesperanza.

Con una sorprendente estilística expresiva, Gergiev dirigió el Scherzo utilizando esa nerviosa y zigzagueante gestualidad que le caracteriza favorecida por el ilimitado espacio de dirigir sin pódium, circunstancia que le permitió esbozar algún paso de danza, enriqueciendo su personalísimo sentido del “celibidacheano” espacio eufónico. Imprimió a su dirección ese carácter rítmico propio de la música popular que, como quería el autor, ensalza a sus héroes y realza sus ancestrales anhelos. Así, supo proyectar musicalmente ese mensaje ‘bruckneriano’ que intenta revalorizar a ese ciudadano medio alemán que es bien conocido en la cultura germánica como Deutscher Michel, tan utilizado en la política alemana del último tercio del siglo XIX. Una exquisita dirección del trío reforzó esta intención, confirmada por la excelente acción del arpa y la trompa, ambas con rara perfección en sus dialogantes modulaciones.

Después de un Adagio en el que demostró la calidad de su pulso, activando esos hilos invisibles que lo unen a cada músico de su orquesta, Gergiev mantuvo la tensión emocional de este movimiento siendo fiel a las indicaciones del autor, que pide una solemne lentitud sin demora para que se mantenga ese clima de activa calma que requiere todo ejercicio de reflexión religiosa, que se veía potenciada desde la enorme musicalidad de esta formación que, como en su época Mravinsky con su legendaria filarmónica petersburguesa, Katz con su esplendoroso instrumento orquestal de Novosibirks o Karajan con sus admirables filarmónicos berlineses, queda en la actualidad como principal referente de un paradigmático grado de existencial simbiosis musical entre director y orquesta.

Entendida esta actuación de la Orquesta del Teatro Mariinsky como que había sido llevada en constante crecimiento expresivo a lo largo de la primera hora de actuación, tal sensación quedó culminada con ese soterrado expansivo carácter militar del Final de la obra en el que Gergiev expuso todo su potencial al servicio de uno de los movimientos sinfónicos más elocuentes escritos en la historia. La construcción de su enorme arquitectura sonora fue marcada por la exactitud en el detalle y el resultado expansivo de sonoridad alcanzado, que hacía olvidar interpretaciones efectuadas por formaciones más numerosas. El estudio previo de disposición de las distintas secciones instrumentales realizado por Gergiev, aprovechando el poderío sonoro del conjunto y el implemento de proyección acústica que procuraba el escenario, ha sido fundamental para alcanzar la brillantez y solemnidad de este tiempo en el que los vientos fueron determinantes para su esplendoroso resultado, culmen de un Bruckner diáfano en sonido y trascendente en concepto.

Una vez más el maestro Gergiev alcanzaba los límites de la excelencia con una recreación válida a la vez que personalísima de una obra que, necesariamente, requiere para su interpretación unos poderosos recursos técnicos y artísticos parejos en calidad, versatilidad y agilidad expresivas. La Orquesta del Teatro Mariinsky los tiene, realidad que la sitúa actualmente entre las formaciones de mayor impacto en el mundo.

(Foto: Basilio Martínez)