CÓRDOBA / Una ‘Quinta’ de Beethoven sin heroísmo ni grandeza

Córdoba. Gran Teatro. 10-X-2024. Orquesta de Córdoba. Isel Rodríguez, violín. Nazaret Kiourtkchian, contrabajo. Salvador Vázquez, director. Obras de Smetana, Bottesini y Beethoven.
La inauguración de la tenencia artística de la Orquesta de Córdoba por parte de quien será su titular para los próximos dos años, el malagueño Salvador Vázquez (1986), con nada menos que la Quinta de Beethoven en el programa supone, por emplear un símil naipesco, empezar la partida de mus lanzando un órdago y dejar, por fuerza, todas las cartas boca arriba. La apuesta era arriesgada, y de éstas hay unas cuantas a lo largo de una temporada en la que de forma indisimulada se ha apostado por el gran repertorio —repasen: 101 de Haydn, Mozart, Segunda, Quinta y Sexta de Beethoven, Escocesa de Mendelssohn, Cuarta de Schumann, Segunda y Tercera de Brahms, Cuarta de Chaikovski…— que asegura el público más complaciente. Un claro paso atrás en comparación con los atrevimientos y experimentos de los años recientes, tan estimulantes como fructíferos, por el ensanchamiento melómano y artístico que han supuesto tanto para público como para orquesta. Veremos.
Primero constatemos que cada nueva escucha en vivo de la Quinta de Beethoven reafirma su condición de prodigio. El Guerra decía que clásico era aquello que «no se puede hacer mejor», y desde ese punto de vista la Quinta es clásica hasta el extremo. La inevitabilidad melódica, rítmica y tonal de la composición, y no solo de su celebérrimo primer movimiento, es tal que la experiencia de la escucha se asemeja a un mágico acto de anamnesis, de reminiscencia de algo que ya conociéramos y que llevamos con nosotros alojado en lo más profundo de nuestra psique. Su potencia sigue incólume desde el mismo arranque, caja de Pandora abierta que desata las furias que nos arrastran, a golpes, en un viaje espiritual de las tinieblas a la luz.
La música contiene en sí misma toda la fuerza cinética necesaria para encender la chispa y descargar una corriente rítmica por los cuarenta minutos por donde se mueven las duraciones habituales de esta sinfonía. Este impulso exige una orquesta entonada y entrenada capaz de sostener la tensión sin desmayo. La Orquesta de Córdoba se mostró en eso atenta y capaz en todo momento, en muy buena forma. Sorprendió una amortiguada sección de viento que no llegó a tapar como suele a una cuerda que se vio beneficiada por ello. Cuestión aparte sería considerar si, precisamente, para esta obra se trata de lo más conveniente, porque mayor pegada y catarsis hubieran sido deseables en la resolución de las tensiones. Un recién incorporado Daniel Egido al oboe no pudo tener peor —por el reto— ni mejor —por el resultado— debut con la orquesta. Bienvenido.
La interpretación, sin embargo, fue harina de otro costal. Correcta, apegada a la letra y algo alicorta en el aliento, lo que restó heroísmo e hizo que pareciera tímida por momentos. Serían en los pasajes de transición entre episodios, tan críticos, donde —ay— echamos en falta una mayor claridad de ideas: en el Allegro con brio inicial, por ejemplo, el pasaje pianissimo de notas repetidas y silencios de los vientos madera, doblados por la cuerda a la distancia de un compás, estuvo ayuno de misterio — calma tensa o jadeo exhausto son dos posibles opciones expresivas— antes del retorno atronador del fatídico tema principal. O en el Scherzo-allegro, donde las formas del pasaje pizzicato que precede al túnel que nos llevará in crescendo al cuarto movimiento se exageraron hasta lo danzable, deformando la típica sobriedad beethoveniana y esfumando la gravedad del momento. Decisiones rectorales desafortunadas que empañaron una ejecución de buen pulso y que solo pueden explicarse en una batuta aún en proceso de búsqueda de sí misma. En cualquier caso, la suficiencia y seguridad de la ejecución la hizo merecedora de los calurosos aplausos cosechados a su finalización.
Abrió el programa la obertura de La novia vendida de Smetana (1824-1884), sin mención alguna, por cierto, a este año del bicentenario del nacimiento del músico bohemio. Interpretación ágil, resuelta y directa. Aquí ya se preludiaba ese fervor por la rigidez que vendría a continuación en la sinfonía beethoveniana. Y fue una pena, porque si algo pide esta música es una mano más suelta, más flexible, para engolfarse en la delectación melódica de inspiración popular tan propia de la música checa. Entre ambas obras maestras no se entendía la inclusión del Gran dúo concertante para violín y contrabajo de Giovanni Bottesini (1821-1889), obra originalmente compuesta para dos contrabajos que Claudio Sivori, alumno de Niccolò Paganini, arregló para violín y piano. Bottesini, a la sazón director del estreno de Aida de Verdi en El Cairo y aclamado virtuoso del contrabajo, plantea un dúo instrumental en claves operísticas, con una participación de la orquesta reducida a acompañaje. Si en su forma se identifica el mundo carnoso y melódico del romanticismo italiano, en el canto y las piruetas virtuosas de los solistas se detecta la influencia belcantista, especialmente en el violín, quien se beneficia del plus paganiniano añadido por Sivori. Irreprochables Isel Rodríguez al violín y Nazaret Kiourtkchian al contrabajo, que elevaron en la medida de sus capacidades, que son muchas, la intrascendencia de una música hecha para el deleite pero para ser disfrutada en otro tipo de espacios y no figurando en medio de dos obras de tanta energía, con el consiguiente bache de concentración que introdujo. La razón de su programación fue una más de las incógnitas que nos llevamos a la salida del concierto.
C. Crespo García
(foto: Rafa Alcaide)


