CÓRDOBA / Salvador Vázquez y la OdC aciertan con una humanísima ‘Eroica’

Córdoba. Gran Teatro. 28-XI-2025. Orquesta de Córdoba. Salvador Vázquez, director. Obras de Alderete y Beethoven.
Recuerdo la última vez que la Orquesta de Córdoba puso en los atriles la Sinfonía “Eroica” de Beethoven. De eso hace ya ocho años. Entonces nos dejó una impresión decepcionante: una interpretación rígida, altisonante, excesivamente centrada en los aspectos marciales de la partitura y ayuna de toda carga filosófica, sin atisbo de su condición de acto inaugural de una nueva emoción y de una nueva perspectiva sonora que, convenientemente traducidas en música, logran prender el espíritu del oyente como una tea ardiente. El inevitable fuego de Prometeo. Eran malos tiempos. La formación cordobesa atravesaba una crisis artística profunda —la económica sigue ahí—. Pero aquello se logró superar. Los ocho años que van de aquella Eroica a ésta quedan poéticamente resumidos en la diferencia entre ambas lecturas: de la rigidez a la flexibilidad, de la grandilocuencia a la proporcionalidad, de la inmediatez a la reflexión. Ahora, la Eroica suena en la Orquesta de Córdoba muy humana, tanto en concepto como en ejecución, y eso, visto de dónde veníamos, apunta a un rumbo venturosamente enderezado.
El programa se completaba con la obertura del ballet Las criaturas de Prometeo, op. 43, del propio Beethoven —emparejamiento inevitable— al inicio, y, antes de la pausa, con el estreno mundial de Problema sinfónico, obra del hispano-cubano Igmar Alderete Acosta (1969), compositor y violinista de la Orquesta. Alderete se incorporó a la formación en 1994, apenas dos años después de su fundación, de modo que es un testigo privilegiado de sus avatares, desde el origen casi primigenio hasta la situación actual. Además, la orquesta se enriquece al servir de vehículo principal para la divulgación de su música. Ahí está, como muestra, el estreno en 2022 de su Concierto para trompeta y orquesta «Mambí», que permitió traer a Córdoba nada menos que al prestigioso trompetista Pacho Flores.
En las ocasiones en que hemos escuchado en vivo la obra de Alderete reconocemos en ella la voluntad de situarse al margen de ciertos experimentos vanguardistas que sacrifican la capacidad disfrutable de la música mediante la renuncia al ritmo, la melodía o la consonancia, en favor de la pura abstracción sonora o tímbrica. El propio compositor invoca en las notas al programa la influencia de Shostakovich, Ravel o Prokofiev. Es Ravel a quien nuestro músico declara como inspiración para Problema sinfónico, aunque no resulte fácil identificarlo, pues las tonalidades oscuras y mordaces de su primer movimiento remiten más bien a Bartók y, de forma más generalizada en toda la obra, a Prokofiev, con ecos puntuales de Shostakovich y una atención continua al pulso rítmico, algo esperable en un músico de origen caribeño. El oyente es conducido en todo momento por unas coordenadas estéticas familiares, lo que facilita que la obra se escuche con interés y placer. A las luces mortecinas del segundo tiempo, expuestas con gran sentido del misterio por orquesta y director, siguió un percutivo tiempo de marcha que cerró la pieza con brillantez sin renunciar a ese humor mordaz que recorre la partitura de principio a fin.

La obertura de Las criaturas de Prometeo que abrió el programa, con una introducción lenta y bien paladeada y un desarrollo correcto aunque no lo suficientemente ágil —algo cuadriculado en el discurso, pese a algún destello creativo aquí y allá—, no permitió entrever la Eroica que llegaría tras el descanso. El saldo precedente del maestro Vázquez con Beethoven tampoco invitaba a aventurar nada: en la temporada pasada, a una Quinta irregular siguió una Pastoral bien delineada. El reto era importante: una creación mayúscula, limen y cruce, resumen de todo lo anterior e impulso de todo lo que vendrá en la música centroeuropea a partir de ella. Pocas obras del repertorio mantienen ese hálito de trascendencia y pocas plantean, por tanto, la dificultad interpretativa de escoger el punto de vista adecuado para abordarlas: si desde el futuro, si desde el pasado o si desde el propio umbral que la obra constituye.
Los acordes secos y cortantes del arranque dieron paso a un Allegro con brio vivo y apremiante. Se elegía la vía intermedia, que renuncia tanto a la inflación romántica como a la aspereza barroquizante. Sonoridad controlada, aliento corto, baquetas duras y una ligereza clásica bien entendida —el recuento de cuerda fue 8/6/5/5/3—. A diferencia de lo ocurrido en la obertura de Las criaturas de Prometeo, el pulso se mantuvo firme en todo momento, y sobre él emergían, aéreas, frases y detalles llenos de sentido. Destacó la efusión melódica lograda en toda la sección de la coda que cerraba el primer movimiento. La Marcia funebre que vino a continuación fue más serena que doliente, trabajada con un gran sentido de la agógica, compás a compás. La sorpresa llegó con el singular arranque de la fuga, más amortiguada en volumen que de costumbre, para impactar a continuación con un repentino incremento de intensidad a mitad de la misma, creando un efecto muy sugestivo. Muy sugerente el color aportado por las baquetas a lo largo del movimiento. Igual de sugerente resultó el tratamiento dolce de los episodios de trompas en un impecable Scherzo, de nuevo ágil y ligero. Las vibrantes variaciones del Finale, bien construidas y con detalles instrumentales inusuales, remataron una versión irreprochable en lo filológico, creativa en los detalles y viva en el pulso. Incluso algún leve desliz de la orquesta —entregadísima— no hizo sino sumar humana imperfección a una ejecución admirable que, sin reverencia excesiva, bajaba la obra de su pedestal para acercárnosla con cálida humanidad.
C. Crespo García
Fotos: Rafa Alcaide


